domingo, 9 de diciembre de 2018

ENTREVISTA CON PEDRO OLALLA: PARA SOBREVIVIR A LO QUE VIENE, EUROPA NECESITA UN CAMBIO DE SIGNO*


Félix Población


Pedro Olalla (Oviedo, 1966) reside desde hace casi 25 años en el país donde tuvo su cuna y se desarrolló la cultura antigua que más ama y ha estudiado, que es a la vez a la que más debemos, de la que él es un reputado investigador: Grecia. Helenista, por lo tanto, escritor, profesor y traductor, es asimismo fotógrafo y cineasta. Tiene en su haber algo más de una treintena de obras en varias lenguas, así como numerosos artículos y traducciones, con una especial dedicación a la literatura, la arqueología, las humanidades y la historia. Una entrevista con Olalla siempre le puede deparar al periodista un manojo de titulares porque sus respuestas, además de gozar de una precisa y rica expresión,  están dotadas de una profundidad conceptual y un interés incuestionables, hasta el punto de que puede ser temerario y hasta improcedente resumirlas. Por disfrutar más a fondo de sus conocimientos, no me limitaré en esta interviú  a una serie de preguntas sobre su último libro (De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón, Ed. Acantilado), sino también a cuestiones relativas a esa Unión Europea vigente o decadente, cada vez más vaciada de contenido democrático, a la necesidad de reconquistar la política para enfrentarse a la cosmovisión globalizadora y neoliberal, a su último film documental Grecia en el aire –basado en su libro homónimo-, que sigue presentando con expectación por diversas ciudades de España, y también a la deplorable situación socio-económica que vive Grecia, después de haberse sometido a la imposición de la dictadura financiera, con un número creciente de ciudadanos propensos a creer -allí donde afloró la democracia- que la solución a los efectos perversos del capitalismo puede llegar acaso de la mano del fascismo.

-La mitad de la población europea con derecho a voto supera los cincuenta años y, a pesar de eso, sostienes que esa no es la única razón para afirmar que nuestra sociedad está políticamente envejecida, sino que lo está más aún porque nuestra deficiente democracia ha perdido su ímpetu transformador. ¿En qué valores se basaba ese ímpetu y por qué han ido en regresión?

-Definitivamente, si la democracia se encuentra envejecida, no es, a mi parecer, por el incremento de la edad de los llamados a tomar parte en ella, sino por una causa mucho más profunda: porque ha dejado de ser fiel a su esencia, que es lo que de verdad la nutre y hace de ella un proyecto eternamente joven. Ha dejado se ser fiel a su esencia de sistema ideado para que el ser humano pueda aspirar a realizarse como animal político; de sistema que aspira a corregir las injusticias derivadas de la desigualdad económica y social usando como medio la igualdad política; de sistema pensado para tratar de conseguir la igualdad y la libertad de las personas a través de la máxima identificación entre los gobernantes y los gobernados; de sistema que propugna que el interés común sea definido y defendido por el conjunto de la sociedad; de sistema altruista que creó la Política como arte de conciliar la voluntad de todos para combatir el egoísmo. Me parece vital que, si queremos conservar la democracia, no perdamos nunca de vista estas definiciones deontológicas nacidas de la experiencia griega.

-Te refieres al objetivo de rejuvenecer una democracia envejecida con una población también envejecida para recobrar el impetus de sus valores originales, y afirmas que eso pasa por reconsiderar el posicionamiento marginal y pasivo de la llamada tercera edad. ¿Cómo?

-Rejuvenecer la democracia con una población envejecida. Sí, suena como una paradoja, pero ese es, a mi modo de ver, el gran reto presente y futuro de nuestras deficientes democracias: convertir en verdaderos ciudadanos a una exánime población de votantes, consumidores, beneficiarios y súbditos, cada vez de mayor media de edad, e ilusionarla en el proyecto individual y colectivo de protagonizar la reconquista de la política. La demografía nos dice que este reto no es ni será una tarea exclusiva de jóvenes, sino, más bien, de hombres y mujeres de todas las edades, y, en un grado creciente, de edad madura y avanzada. Por eso, a la luz de los avances técnicos y científicos de nuestra sociedad –que están incrementando la longevidad y el mantenimiento de las plenas facultades–, debemos operar también un cambio de mentalidad que nos conduzca a reconsiderar el posicionamiento marginal y pasivo de la llamada tercera edad, a integrar ese sector creciente de la población en la vida social y política, y que nos permita beneficiarnos de su enorme potencial para el bien común. ¿Me preguntas cómo? Abriendo los ojos, abriendo la mente, desmontando tópicos y prejuicios con argumentos y con hechos. Es así como se han obrado siempre los cambios profundos.



-Llegas a decir en tu libro que la democracia es hoy un nombre vacío, usurpado por los poderosos, y que un sistema no puede ser conceptuado como democrático si no aspira a una justa distribución de la riqueza. ¿Qué interpretación se puede hacer de ese criterio aplicada actualmente a los países de la Unión Europea?

El sistema globalizador y neoliberal quiere la democracia como una cara amable, una máscara hueca que legitime sus acciones sin levantar sospechas; pero la odia como proyecto que aspira a organizar la sociedad tomando como base la dignidad y la realización del hombre, porque es incompatible con ella. Los intereses del capital y los de los ciudadanos están en un conflicto natural. Si la democracia es la participación del conjunto de los ciudadanos en la definición y la gestión del interés común, entonces es totalmente incompatible con las aspiraciones del capitalismo globalizador y del libre mercado, pues estos últimos aspiran a la acumulación de la riqueza y a la transmutación del poder económico en poder político, mientras que las aspiraciones de la verdadera democracia son diametralmente opuestas: compensar la desigualdad económica -y las desigualdades derivadas de las prerrogativas de la sangre- a través de la igualdad política, para, de este modo, tratar de conseguir que la libertad, la justicia y los recursos –bienes sin los que el ser humano no puede realizarse plenamente– existan de verdad para todos.

En los últimos años, nuestra Unión Europea –y no sólo ella, claro está– se ha alineado de lleno con la cosmovisión globalizadora y neoliberal, asumiendo dudosos y tendenciosos postulados económicos como incuestionables dogmas políticos, y elevando toda su teoría y su praxis a la categoría de dogma, de Único Camino. A resultas de ello, la soberanía de facto reside hoy en los mercados financieros. Grecia es testigo. Hoy, el dinero manda sobre la economía, la economía sobre la política, y la política, de forma coercitiva, se impone sobre la sociedad y la naturaleza; y esto es el mundo al revés, el mundo a la medida de la conveniencia y del egoísmo de unos pocos. Porque lo que nos dicen la honestidad y la filosofía es que la jerarquía de prioridades debe ser la contraria: lo primero es respetar a la naturaleza y armonizar la sociedad con ella, obrando nuestros propósitos sin poner en peligro su existencia y la nuestra, y haciendo que sus bienes, sin llegar a agotarse, alcancen a cubrir las necesidades cabales de todos; lo siguiente es que, a la consecución de dichos fines, venga a servir cumplidamente la política, no como dictado de la voluntad de los más fuertes en provecho propio, sino como tarea colectiva de definir y defender de forma consensuada el interés común; y lo último es que, desde esa posición de legitimidad, sea la política la que regule las fuerzas de la economía –la gestión de la casa, como su nombre griego indica–, procurando que aporte al bienestar de todos, evitando tendencias hacia la explotación de unos por otros, y haciendo que el dinero vuelva a ser meramente un instrumento creado para servir a sus rectos propósitos y no el arma ominosa de unos pocos para constituirse en amos.

ES NECESARIO RECONQUISTAR LA POLÍTICA

-También aludes, en tu diálogo epistolar con Cicerón, a la existencia de un imperio nuevo, sin césar ni rostro, ni fronteras concretas, ni freno a su ambición, que avanza conquistando la política para sus propios fines por medio de la deuda y la corrupción. ¿Cómo cabe oponer resistencia a esa marea?

Sólo hay una manera: conciencia, organización y acción. Por eso es necesario reconquistar la Política.

- Ese nuevo imperio ha conquistado la política para vaciarla de sentido, de modo que el papel de los políticos es cada vez más irrelevante. Pero en ese tránsito de vaciamiento democrático cada vez es más ostensible el papel jugado por los partidos autoritarios de extrema derecha en Europa, con Trump de gran tutor, hasta el punto de recordarnos los años treinta del pasado siglo. ¿Estamos otra vez ante un caldo de cultivo propicio a repetir la historia?

-Es evidente que las grietas del sistema neoliberal y los efectos de sus políticas en las propias carnes de los ciudadanos de Occidente han dejado espacio a que el autoritarismo de derechas gane terreno entre unas poblaciones cada vez más precarias y desamparadas. Si la retórica idealista de la “Europa unida” se viene definitivamente abajo, habrá que “agradecérselo” a Merkel, Sarkozy, Barroso, Draghi, Schäuble, Lagarde y a sus respectivos círculos de influencia. Ellos no son los únicos, claro está, pero sí están entre los más visibles. Ahí donde la “Europa unida” era, desde su nacimiento, un sueño frágil e inspirador de múltiples recelos, estos personajes han conseguido en los últimos tiempos minar por completo su “credibilidad” (por usar un término resemantizado por la tecnocracia financiera neoliberal).

Pero también es verdad –y ello no debe escapar a nuestra percepción– que a este núcleo duro europeísta, y a los muchos partidos del establishment que comulgan con él en toda la geografía europea, les viene muy bien que exista un autoritarismo con esvástica, porque así pueden ellos seguir aplicando, sin esvástica, políticas autoritarias y antidemocráticas, al tiempo que nos previenen contra la amenaza del “extremismo populista” y se erigen en paladines de una especie de aurea mediocritas. Esta es una trampa muy peligrosa, y quienes nos la tienden son esos que, pervirtiendo los conceptos, se han apropiado del término “populismo” para desacreditar visceralmente a cualquiera que, por el lado que sea, ponga en duda su dogma del Único Camino. Frente a esta demoledora disyuntiva entre la globalización neoliberal y el autoritarismo fascista –qué otra cosa si no fueron las últimas elecciones en EE.UU. –, lo que Europa necesita de verdad es un cambio profundo que la convierta de una vez en un proyecto político y social en beneficio de todos y que la aparte de ese “master plan” para grandes multinacionales que guía sus pasos, que tal vez sea válido para crear negocios lucrativos pero que no lo es para organizar sociedades. Para sobrevivir a lo que se le viene encima, Europa necesita urgentemente un cambio de signo, pero mucho me temo que no será capaz de conseguirlo en un futuro próximo. Por eso, países como Grecia no pueden esperar a ese momento, no pueden seguir esperando a Godot. Necesitan reconstruir sus ruinas sobre la base de un verdadero patriotismo democrático, integrador y progresista, que defienda la nación como sujeto de soberanía y el Estado como jurisdicción de la ley; porque, mientras la Unión Europea no sea otra cosa que una estructura tecnocrática para que el poder financiero de facto se convierta en un poder de iure, habrá que seguir buscando la democracia y la soberanía en los espacios nacionales y en la cooperación entre Estados.

-El mundo se ha transformado en el último siglo más que en dos milenios y nos esperan más cambios que modificarán las estructuras existentes. ¿Qué pasará si no se invierte el actual flujo que hace que la riqueza y el poder corran cada vez a menos manos?

El futuro siempre está abierto, y los cambios que nos esperan serán muchos, y difíciles de creer y asimilar. Pero, entre tanta incertidumbre, hay una cosa cierta, y sobre ella debemos poner nuestro cuidado: que, en cualquier tiempo, las decisiones serán tomadas por quien tenga el poder; y hoy somos testigos de que el poder, unido a la riqueza, corre cada vez a menos manos. Por eso es perentorio recuperar la política –la Política con mayúscula–, porque lo que no decide la política lo decide el dinero, y lo hace siempre defendiendo sus propios intereses.



-Te preguntas y te pregunto: ¿Qué perversa falacia arroja a la categoría de lo improductivo, de lo invisible y de lo inútil toda contribución o trabajo que se realice al margen de una transacción de dinero?

La doctrina de la productividad medida únicamente en dinero, que es la que, por desgracia, opera como un dogma férreamente arraigado en nuestras sociedades. Yo me pregunto: ¿Son realmente improductivas las personas cuando cruzan el umbral de una edad? ¿Lo son, acaso, por dejar de ejercer una labor remunerada o por que la que ejercen no haya sido remunerada nunca? ¿Es improductiva la labor que los abuelos realizan con los nietos? ¿Hay que cuantificar en dinero el apoyo que prestan a sus hijos? ¿No vale nada todo lo que se haga o se diga de bien después de la jubilación, o antes incluso, si lo dicho o lo hecho no ha sido meramente trabajo tasado con dinero? ¿Son improductivas las madres por el hecho de no cobrar salario? ¿Acaso no producen nada quienes lo que producen no se comercializa en el mercado? Si asentimos a estos interrogantes, estamos asumiendo que, en un futuro próximo, cuando la mayor parte de la riqueza sea producida por la inteligencia artificial de las máquinas, la humanidad entera quedará degradada a la condición de improductiva y será tenida por parasitaria y por inútil. Y estamos asumiendo, además, que quienes tengan entonces posesión y control de los medios para la producción serán los únicos considerados productivos y, por tanto, los únicos legítimos poseedores de toda la riqueza del mundo. Casi nada. ¿Por qué hemos de asumir resignados una precariedad futura cuando vemos que el mundo es cada vez más rico? No es el problema la riqueza: es la distribución de la riqueza. Y hacerla más justa es uno de los retos mayores de la Humanidad para su propia supervivencia. Es necesario un cambio de mentalidad. Es necesario convencer a muchos de la obviedad –no meramente idealista– de que todo el mundo debe tener derecho a lo necesario para el bienestar y nadie debe tener derecho a poseer sin límites. Estoy seguro de que incluso los que, por conveniencia o ignorancia, niegan esta idea, estarían de acuerdo con ella llevados al extremo en que uno solo poseyera toda la riqueza del mundo y no quedara nada para los demás: porque entonces quedaría al descubierto la falacia, y entenderíamos que es imperioso que el derecho a poseer tenga sus límites por lo alto y por lo bajo; entonces quedaría a las claras la necesidad de redistribuir y la insuficiencia del trabajo remunerado como mecanismo para este cometido.

PRIVAR DE LOS DERECHOS DE PENSIÓN, CRIMEN DE LESA HUMANIDAD

-Supongo que estás al tanto de las manifestaciones multitudinarias de pensionistas que se dan cada lunes en Bilbao en pro de unas pensiones dignas. Para mí, entroncan con el pensamiento ciceroniano del envejecer como empeño ético, del que no parece haber tanta conciencia en la juventud.

Privar a los trabajadores de los derechos de pensión que han generado con su propio trabajo es un robo perpetrado desde el poder y, cuando alcanza ciertas dimensiones, es también un crimen de lesa humanidad. Que sean las personas de avanzada edad quienes más se movilicen por esta cuestión no debe ser justificado solamente por su condición de damnificados: es también una muestra de virtud ética y de virtud política. Cicerón, hablándonos en su De senectute de que las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y la actitud vital de las personas, dejó claro que el envejecer es, en un alto grado, un empeño ético; yo, en mi humilde diálogo con él y con su obra, he querido indagar sobre si conseguir aquellos bienes y virtudes que posibilitan una buena vejez no es también un asunto social, un desafío colectivo, y por tanto político. Creo que la actitud y la movilización de muchos jubilados pone de manifiesto ambas cosas.

-Aprovecho la oportunidad de esta entrevista a propósito de tu último libro para preguntarte por Grecia, país en el que has residido tantos años. Escribiste un artículo, en relación con los últimos y pavorosos incendios, que el Ática ardió porque los políticos griegos y sus acreedores alimentan cada día un incendio mayor. ¿Qué situación socio-económica vive Grecia hoy en día? ¿Cuál es el estado de ánimo de la población? ¿Cómo respira la ultraderecha?

El balance de la situación es muy penoso, y sería aún muy largo de contar; pero podría resumirse en una idea, deplorable también: Grecia, si aún no de iure, ha dejado de facto de ser un Estado soberano, es decir, una “asociación política con soberanía efectiva, interna y externa, sobre una zona geográfica determinada”; pues ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo territorial, se aviene ya –aunque sea de lejos– a esta escueta definición. Grecia ya no existe como Estado soberano: es sólo una colonia de deuda. Una sociedad en dependencia continua de los mercados financieros y gobernada de facto por el Eurogrupo, ese órgano “informal” de la Unión Europea. Y, por el camino en que está, no hallará solución a sus males. Para poder cumplir los objetivos financieros que le marcas sus “socios” y sus acreedores, Grecia estará abocada indefinidamente a perseguir a toda costa el superávit primario –que es de donde cobran los acreedores–, cosa que, en el contexto actual y sin poder hacer política monetaria, sólo se consigue incrementando impuestos y recortes; es decir, con más “austeridad”. Y es sabido que todas las medidas para obtener superávit primario seguirán provocando recesión, destrucción de la economía real, enajenación de la riqueza nacional, empobrecimiento de la sociedad y dependencia total de los mercados financieros, que es donde, cada día más, reside de verdad la soberanía.

La gran mayoría de la población vive resignada, sumisa, crédula, sin capacidad de generar una respuesta organizada y eficaz proporcional a la enorme gravedad de los hechos. Y así no hay futuro. Y, pese a que los hechos son magnitudes mensurables y no meras “apreciaciones ideológicas”, son pocos todavía quienes están dispuestos a dar crédito y apoyo a una opción de ruptura; y, en cambio, como hemos dicho antes, son bastantes, por desgracia, los que, en su situación de indignación y desamparo, se tornan propensos a creer que la solución a los efectos perversos del capitalismo puede llegar acaso de la mano del fascismo. El pueblo griego necesita un proyecto de país en que creer, un empeño colectivo capaz de justificar sus enormes sacrificios, una esperanza de seguir existiendo en el futuro. Pero ninguna, ninguna de las medidas que se han aplicado y que se siguen aplicando, tiene nada que ofrecerle en este sentido.


-Últimamente presentase tu film Grecia en el aire, basado en el libro del mismo nombre, en el que reflexionas sobre la valiosa herencia y los apremiantes desafíos de la antigua democracia griega en nuestros días. ¿Por qué has llevado el libro a formato audiovisual?

-Toda obra en formato de libro ofrece una experiencia de comunicación entre quien la crea y quien la recibe que, si bien puede ser muy intensa y enriquecedora para este último, es marcadamente individual y diferida. La película, de forma complementaria, intenta ofrecer a la obra las posibilidades de una experiencia de comunicación colectiva y presencial: es decir, una dinámica distinta a la de la lectura individual que –a través de proyecciones y coloquios– está permitiendo a la obra ampliar su alcance como herramienta para fomentar la reflexión en común sobre la deontología de la democracia. Sobre su pasado, su presente y su futuro. Y sobre nuestra implicación como única garantía real para su supervivencia. Junto a esto, el hecho de ser una película financiada por micromecenazgo, distribuida por sus numerosos promotores y destinada a la organización no lucrativa de actos sociales, políticos y educativos, refuerza y amplía el carácter democrático de la obra original.

-Finalmente, Pedro, estoy contigo en que el humanismo seguirá siendo una actitud de resistencia ante el egoísmo y la barbarie, pero uno y otra no dejan de acosar el presente y el porvenir. ¿Hay motivos para creer en esa resistencia?

-No es seguro que la actitud humanista acabe triunfando definitivamente sobre el egoísmo y la barbarie. Pero sí es absolutamente seguro que el egoísmo y la barbarie triunfarán con más dificultad entre quienes hacen suya esta actitud que entre quienes la ignoran o la menosprecian. Éste es, a mi modo de ver, el principal motivo para seguir creyendo en ella.

*Entrevista publicada también en el número de diciembre de El viejo topo.

                        DdA, XV/4.030                     

No hay comentarios:

Publicar un comentario