martes, 27 de noviembre de 2018

LA POLÍTICA Y LA LÓGICA FORMAL

Jaime Richart

Siento una marcada hostilidad hacia la política española, que sigue a la repulsión que me provocó el modo de ejer­cerse durante estos cuarenta años en los que la política se ha aproximado tanto a una parodia de democracia. Y no sólo por las fechorías cometidas por cientos - quizá mi­les- de políticos, sino sobre todo porque hemos ido compro­bando a lo largo de ese tiempo que la separación de pode­res, esencial para distinguir una democracia, aun de míni­mos, de un régimen autoritario ha sido inexistente. 

Pues bien, la causa de esa hostilidad viene de haber ido constatando además en tan corta experiencia política com­parada con la de otros países europeos (hasta el punto de que ni el propio político parece haberse dado cuenta de ello), que la distancia en la mayoría de los casos y de los asuntos tratados entre el razonar usual del político, esté en la oposición o en la gobernación, y el sentido de las cosas que tiene el ciudadano corriente parece insalvable... Y si a su vez luego hemos comprobado que los Tribunales esta­ban trufados de tendenciosidad, es decir; de parcialidad a favor de los poderes fácticos en lugar de estarlo a favor de la ciudadanìa y en contra de los abusos de estos, el senti­miento de hostilidad, añadido al de repulsión me ha aca­bado provocando náusea...

Para saber de leyes hay que haberlas estudiado,  ser ju­rista. Para interpretarlas ser además exégeta. Pero para dis­tinguir lo justo del injusto no es preciso conocer las le­yes ni ser jurista. Si acaso sólo las leyes administrativas. Es más, ser especialista es a menudo un obstáculo para el sen­tido común en materia de justicia. Lo mismo ocurre con la eco­nomía. En un sistema en que el dinero es cada vez más sofisticado y su recorrido cada vez más sinuoso e intrin­cado, hay que saber  Economía, ser economista. Pero para saber cómo debe ser la economía a secas, ser especia­lista también puede ser otro escollo, pues tropieza con otro sentido simple que es el saber con­tar.

En España, la mayoría de los políticos, por no decir to­dos,  salvo algunos médicos y algunos iletrados, son juris­tas o economistas. Esas dos especialidades son las que do­minan la escena política, la económica y en definitiva la vida pública. Salvo excepciones, no hay filósofos, ni filólo­gos, ni historiadores, ni científicos en los parlamentos. Esta cir­cunstancia aleja considerablemente la mentalidad del polí­tico de la mentalidad de la gente del montón. Se pa­rece mu­cho al oscurantismo religioso de siglos. Re­cuerda aquel preservar el “saber” y los conocimientos en los reductos cle­ricales para mejor dominar a los fieles. Los periodistas, cuando opinan, y opinan sobre todo, dicen a menudo: “no soy jurista, pero...”. Porque en efecto, no hay que serlo para opinar y a menudo para opinar con más ri­gor y elasti­cidad que el jurista o juez que no tienen pre­sente lo que en su jerga se llama epiqueya, que es el propó­sito, en su interpretación, de ajustar la letra de la ley al espí­ritu de la ley... 

En todo caso, lo que quiero decir es que la situación (que a cualquiera de la vida civil le cubriría de vergüenza y reti­rarse de la escena) de criticar, censurar o atacar, a veces sa­ñudamente, el político lo que hace su adversario habiendo hecho él lo mismo o haciéndolo él después, es tan fre­cuente y grotesca en España que mueven a despre­cio. Porque no son casos aislados, es norma, como acredita la hemeroteca. La facilidad con que el político en la oposi­ción hace promesas y afirma con con­tundencia medidas si gobierna, que en la mayoría de las ve­ces quedan luego en humo cuando han pasado a gober­nar, resulta ya  tan ver­gonzosa que cada día nos obliga a más ciudadanos a no querer saber nada de impostores y ver en el político sólo a un charlatán. Decir y desdecirse, prometer e incumplir, en España se ha hecho ley; al menos la de Murphy.

Ese otro especialista, el estudiante o el licenciado en Lógica formal, lo tiene que pasar fatal viendo desfilar por su vida a legiones de políticos que le recuerdan con viveza a un vendedor de crecepelos en la feria... Porque en polí­tica la lógica es lo de menos. Es más, es evidente que si el político espa­ñol trata de ajustar los silogismos a un razona­miento equili­brado, elocuente y al mismo tiempo efi­caz, puede sufrir un ataque de nervios. Ese ataque que por el contrtario al ciudadano común sensato y honrado le daría, si le pillasen en dos o tres renuncios.  Sin embargo, el político es capaz de retor­cer una y mil veces los argu­mentos y la lógica formal hasta extremos entre ridículos e insultantes.

¡Cuántas peldaños subiría el prestigio por los suelos del político si, tanto gobernando como en la oposición, se expre­sara con la humildad acorde a las limitaciones reales de su poder cuantas veces compareciese en público o en los parlamentos! ¡Cuánto sonrojo nos evitaría y se evitaría se se expresase aproximadamente así: “mi partido va a in­tentar, va a hacer todo lo posible para...”!

En todas partes ocurre lo que ocurre en España. Pero la di­fe­rencia entre lo que sucede en los demás países y lo que sucede en España es que en aquellos la basura que existe es poca y apenas se ve, mientras que en España la basura que dejan los tres poderes del Estado pueden llegar a for­mar un estercolero...

                        DdA, XV/4.022