miércoles, 12 de septiembre de 2018

LA LEYENDA DEL ACCIDENTE DEL GENERAL BALMES Y EL HONOR DE FRANCO

Artículo que firma en su blog nuestro estimado y admirado historiador, en el que alude a la cólera en que debió montar un autor al que no cita, después de leer el libro publicado por Ángel Viñas y otros dos colaboradores en el que demuestra que el accidente del general Balmes no fue tal, sino el primer asesinato de Franco, tal como se titula la obra, previo al golpe de Estado que dió lugar a la guerra de los tres años y a la dictadura de los muchos más con su estrambote. En opinión de Viñas, el no mentado autor rechaza ese libro sin ofrecer ningún argumento:

Ángel Viñas

El curso pasado dediqué varios posts al caso del general Balmes. No puedo pedir a los amables lectores que lean el mamotreto que a finales de enero publiqué con dos colegas, mi primo hermano Cecilio Yusta Viñas y un eminente patólogo, el Dr. Miguel Ull. Desgrané, eso sí, en varios posts y en lenguaje sencillo sus conclusiones. Balmes no se mató. Lo mataron. Hicimos, incluso, consideraciones varias sobre quién habría podido ser el autor.

 

En las pasadas vacaciones he visto que a un autor nuestra argumentación no solo no le convenció. La rechaza sin ofrecer ningún argumento. Debió de ojear el libro -no digo leerlo- cuando estaba a punto de terminar una obra suya. Montó en cólera contra nosotros o, para ser más exactos, contra servidor. Su opus salió a la calle, si no recuerdo mal, a principios de mayo. Se me ocurre pensar que para aprovechar la Feria del Libro madrileña. Tres meses después del nuestro. En consecuencia, tuvo que hacer un esfuerzo para introducir una reacción inmediata y un tanto visceral. Hay que pensar que su texto estaría ya en primeras o segundas pruebas y que entrar a debatir en profundidad nuestras tesis hubiese descolocado la paginación y retrasado la publicación. Es comprensible.
Aun así, lo intentó. Hay dos formas de hacerlo: con cambios mínimos en el texto o pasarlos a las notas a pie de página si, como ocurre con frecuencia, estas figuran al final. Es lo que prefieren muchas editoriales porque disminuye el trabajo de repaginación. Si no recuerdo mal es el enfoque que prefirió Espasa antes de publicar la biografía de Franco del profesor Stanley G. Payne y del periodista Jesús Palacios. Por razones que se me escapan ambos debieron de considerar que era muy importante introducir una referencia al “destape” de Jordi Pujol y lo pasaron a las notas de al final. Su libro salió, creo, en septiembre y la “confesión” del expresident de la Generalitat se produjo a finales de julio.  Supongo que con ello quisieron contraponer la figura de Franco, austero, sencillo, desprendido, con la más que dudosa ejecutoria financiera del Sr. Pujol. (Si fue así no tuvieron mucha suerte porque al año siguiente me permití demostrar en La otra cara del Caudillo que el general Francisco Franco dejó literalmente en pañales al político catalán en lo que se refiere a hacer jugadas financieras, sobre todo para allegar una fortunita durante la guerra civil mientras sus soldados morían y se desangraban como chinches en las trincheras y en los hospitales en un conflicto que intentó prolongar todo lo posible).
En el opus de ese autor no convencido, escrito a la mayor, a la inmarcesible, a la inmortal gloria de Franco y aparecido bajo el atractivo título de Así comenzó la guerra civil: del 17 al 20 de julio de 1936: un golpe frustrado hay una introducción en la que arremete por los más diversos motivos contra los errores de numerosos historiadores. Uno por mencionar la sublevación de capitanes generales cuando estos ya no existían (correcto), otro que afirmó que el piloto del Dragon Rapide no era inglés sino galés (también correcto, con la salvedad de que en muchos casos a los británicos se les denomina en el continente con el genérico de “ingleses”, aunque se trate de ingleses, escoceses, galeses o norirlandeses y que el concepto de “británicos” es de un uso relativamente moderno). Otro historiador es objeto de sus iras por utilizar el término de “Legión Extranjera” cuando lo correcto es el “Tercio” (OK, pero eso no quita el hecho de que fuese sustancialmente una copia de la Legion Étrangère cuyos orígenes se remontan al siglo XIX).
Pero, en fin, todo lo que contribuya a esclarecer los hechos y a dar a cada uno el título, grado, empleo, etc. que le corresponda es bienvenido. Vivimos en la época del “copia y pega”, como él dice, una “técnica que hace estragos incluso en el ámbito profesional académico”. Yo diría que no solo en este ámbito (véase el ejemplo del Sr. Casado, hoy flamante presidente del PP) aunque como es sabido las Universidades que están más al día (también las españolas) han ido adoptando sofisticadas técnicas de identificación del plagio, mucho más fácil de detectar que antes.
Por otro lado, el “copia y pega” que denuncia nuestro distinguido autor parece incluir, en mi opinión erróneamente, a un premio nacional de historia que no identifica (es un amigo mío: Enrique Moradiellos) por una obra en la que cometió el inmenso, imperdonable, error de afirmar que “la guerra comenzó en Melilla el 17 a las 17”. (En su bibliografía tan exigente caballero menciona, sin embargo, el libro de un militar titulado Marruecos, ¡17 a las 17! y otro, sin fecha, ¡17 de julio! La guarnición de Melilla inicia la salvación de España). Es decir, y sin entrar en detalles, a primera vista parece que Moradiellos no se equivocó tanto. El “copia y pega” no lo veo.
He reproducido algunos ejemplos de la introducción (que abarca muchos otros, denunciados en un tono de indignación y desprecio un tanto chocante) porque en la misma también arremete contra “un conocido hispanista británico” (quizá se refiera a Paul Preston) que, en relación con Balmes, había escrito algo que a tan exigente caballero no le gusta. Su respuesta, ante la que parece que hay que inclinarse, es una afirmación tajante: “Balmes era monárquico y ningún documento ni testimonio avala otra tesis que la del accidente”.
Debemos sorprendernos de que no se incluyan nombres en la introducción, pero, lógicamente, sí lo hace en su texto. Menos mal.
A servidor lo cita por primera vez en la nota 133 de la página 123. La explica en la página 641 de una manera un tanto chusca. Me reprocha no saber inglés. Lo pongo en negritas para resaltarlo. Reconozco ser nativo de Madrid. Uno no elige dónde nace.  Por su nombre él tampoco parece británico, pero a lo mejor tuvo la suerte de formarse en Eton, Westminster, Harrow, Rugby, Winchester o en alguna grammar school británica y hablar inglés como cualquier británico educado. Mis padres no pudieron financiarme una educación en el extranjero. Los idiomas que aprendí fueron, generalmente, con becas. Pero en lo que se refiere a inglés tengo en mi haber casi 17 años de trabajo profesional en este idioma, lo hablo diariamente en casa y algo quizá haya aprendido.
Y ¿cómo me acusa nuestro distinguido autor de no saber inglés? Pues, simplemente, porque en el primer libro que escribí sobre la conspiración del general Franco (2011) me referí a una de las pasajeras del Dragon Rapide, Dorothy Watson, como alguien que “trabajaba con pollos y que “ayudaba a la familia [Pollard] en la cría de gallinas”. Nuestro eminente autor afirma con suprema autoridad que “se trata de un error de traducción, involuntariamente cómico”. Haré de este caso un ejemplo de cómo trabaja tan ilustre caballero.
Sus razones las expone en la antedicha página 123. El capitán (no, como él afirma, comandante) Pollard “recordaría [a Dorothy] treinta años después [1966] como poultry girl, es decir, una polluela, una chica inocente”. Una afirmación que no admite, al parecer, recurso.
Pero sí lo admite. La suya es, pura y simplemente, una afirmación grotesca. Ni más ni menos. No es este un blog de gramática inglesa, pero tan ilustre autor parece ignorar que poultry es un término genérico referido a las aves de corral (criadas para obtener carne, huevos o plumas). También al lugar en donde se encuentran, en una acepción obsoleta. O su carne en libros de cocina. Son definiciones del New Shorter Oxford English Dictionary, que me parece tener alguna autoridad. No es un adjetivo. Determina la significación, eso sí, de los sustantivos a los que habitualmente se aplica. Así, por ejemplo, farm es granja, y poultry farm es una granja avícola.
La edición que tengo en casa de dicho diccionario es de 1993. No sé si en los años treinta o cuarenta del pasado siglo la expresión habría podido tener otra acepción (aunque gramaticalmente no es posible). Recurro, sin embargo, al diccionario histórico, el masivo Oxford English Dictionary de veinte volúmenes, en la reproducción en micrografía de 1994 que es la que tengo en casa. Contiene acepciones que se remontan a Chaucer, en el siglo XIV. No a anteayer. Da otros muchos ejemplos de utilización de poultry con, valgan los casos, basket, farmer, feather, feeder, flutter, house, keeper, man, market, meat, run, shop, show, stall, yard, raising, rearing, woman. Sinónimo de poultry girl es también poultry maid, aunque me parece un poco anticuado.  Por lo demás, si se acude al siempre bien dispuesto Mr. Google, cabe encontrar otras aplicaciones, pero nunca en el sentido que nuestro distinguido autor le da de “chica inocente”.
Él no se basa en diccionarios, quizá porque lo tendría difícil. Se refiere a la suprema autoridad del capitán Pollard. Pero, ¿de dónde la extrae? ¿Hay algún ejemplo en el que Pollard la utilizó en tal sentido? Podría, ciertamente, tratarse de una acepción personal. Por ejemplo, yo llamo cariñosamente a mi hija “piru” o “pirula”.  No sé por qué. Ella lo entiende. También los demás miembros de la familia. Chocaría que Pollard, inglés, forzase la gramática inglesa, pero cosas peores se han visto.
Los lectores estarán aburridos de estas disquisiciones. Lo siento. Son imprescindibles para empezar a demostrar que quien se salta la evidencia como un caballo desbocado es mi eminente crítico. Y quien se la salta una vez quizá es porque está acostumbrado a hacerlo con alguna frecuencia. No solamente en una cosa tan trivial, sino en tema más importantes. La historia no se escribe con mitos. Tampoco se escribe con camelos.

DdA, XV/3951