lunes, 23 de julio de 2018

OLALLA ESCRIBE A CICERÓN SOBRE EL POTENCIAL POLÍTICO DE LA SENECTUD*


Félix Población

Según nos recuerda Pedro Olalla haciendo memoria de lo que decía Cicerón, en el primer capítulo de este libro sumamente recomendable y que no llega al centenar de páginas, las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y la actitud vital de las personas, pues envejecer -según escribió en su día el escritor y filósofo latino en su reconocido tratado- es, en un alto grado, un empeño ético.

Olalla le plantea en esta enjundiosa carta abierta sin respuesta a Cicerón reflexionar sobre si el hecho de que  nuestra sociedad esté o no esté organizada y facultada para posibilitar ese empeño ético no hace del envejecer, también, un propósito político. Subraya en este sentido el autor la circunstancia histórica en la que vivimos, caracterizada porque en  algunos países de Europa más de la mitad de los ciudadanos superen los cincuenta años,  no siendo esa la única razón para afirmar que nuestra sociedad está políticamente envejecida. Lo está más nuestra deficiente democracia, al haber perdido el ímpetu transformador que le conferían sus valores esenciales en su lejana juventud ateniense, de la que Olalla es buen conocedor como reputado helenista. 

Esos valores tienen nombres griegos, que Olalla consigna, y son la igualdad política, la igualdad en el uso de la palabra, la virtud de atreverse a emplearla para decir la verdad, la voluntad de participación en lo común, la vocación de la ley por la justicia, el sentido de la justicia y el de la vergüenza, la justicia en sí misma, la supresión de las deudas que conducen a la esclavitud, la piedad, la educación, la excelencia, la libertad y la felicidad como realización plena de la persona y razón de ser del Estado. 

La democracia ha envejecido porque ha dejado de ser fiel a su esencia, entendiendo esta como aspiración fundamental del ser humano a realizarse como animal político. "La democracia es hoy en día un nombre vaciado de su esencia y usurpado por los poderosos como una bella máscara con la que ganar la aquiescencia mientras se sirve únicamente al interés propio". Se refiere Olalla al nuevo imperio de nuestros días, sin césar, ni rostro de nación, ni fronteras concretas, ni freno a su ambición, “opuesto firmemente al proyecto democrático de organizar la sociedad tomando como base la dignidad y la realización del ser humano, un imperio que avanza conquistando la política para sus propios fines por medio de la deuda y de la corrupción, un imperio incorpóreo y sutil, que tiene por fin último convertir la riqueza del mundo en propiedad privada de unos pocos, y lo está consiguiendo, contando como aliado con la desafección por lo común y la indolencia de las gentes”. 

Considera el autor que hemos sucumbido al engaño fatídico de otorgar a un puñado de banqueros y especuladores la facultad de financiar a los Estados y a los pueblos cobrando intereses reales por un dinero que crean de la nada en forma de deuda. Ni la sociedad ni la naturaleza han de avenirse a los deseos de los potentados gestores del dinero, pues es el dinero lo que debe servir a las necesidades de la sociedad y la naturaleza. El nuevo imperio ha conquistado la política para privarla de sentido real, entiende Pedro Olalla, y hacer de ella una quimera a su servicio. Quizá por ello resultan y resulta cada vez más irrelevante la personalidad de los políticos y el papel que juegan al frente de los respectivos gobiernos.

Es preciso reconquistar la democracia porque el ser humano dejará de serlo cuando renuncie a organizarse para buscar con otros la justicia. Nuestro objetivo ante esa democracia envejecida debe ser rejuvenecerla con una población también envejecida para que recupere el ímpetus de sus viejos principios. El autor juzga como un crimen de lesa humanidad consentir que la inoperancia redistributiva de nuestro sistema excluya del acceso a los bienes más elementales para la subsistencia a una de cada dos personas en el planeta.

Las últimas páginas de este lúcido y conciso librito de Pedro Olalla, tras ocuparse del ars vivendi y el ars senescendi, están dedicadas al ars moriendi que completa y consume los anteriores ciclos, con una última reflexión acerca de la senectus politica que viene a resumir todo lo desarrollado en el propósito de crecer haciéndonos  mejores, pues voluptate anima nulla potest ese maior: No puede existir un placer mayor para el alma.

En una sociedad donde el poder político tiende a actuar en beneficio propio, si no es espoleado por las demandas firmes de los ciudadanos, la imagen que estos tengan de la vejez en sí, y el grado de conciencia que alcancen para hacerla valiosa y respetada, se le antojan a Pedro Olalla de una importancia capital para una vida digna. Por eso resultan especialmente reconfortantes las manifestaciones públicas que cada lunes desde hace varios meses convocan las asociaciones de jubilados en Bilbao en demanda de pensiones dignas y el movimiento ciudadano que en torno a esta reivindicaciones se está viviendo en nuestro país.

Si puede corresponder a una sociedad envejecida el reto de rejuvenecer la democracia, entiende el autor que se ha de comenzar por reconsiderar el posicionamiento marginal y pasivo de la llamada tercera edad, resituarla con justicia en la conciencia colectiva, y descubrir y cultivar en ella su potencial político. Nuestros mayores son la memoria vivencial, la memoria afectiva, y eso no debemos olvidarlo ni desaprovecharlo, por más que el sistema pretenda arrumbar a la tercera edad o deplorar que su vida se prolongue mucho más tiempo después del acabamiento de su periodo productivo.

Apex est senectutis auctoritas (La culminación de la senectud es la autoridad), recuerda Olalla que sentenció Catón, entendiendo por autoridad no la que dan los años  sino la de haber vivido a conciencia, con voluntad de perfección, pues autoridad y autor encierran la noción de hacer crecer, ayudar a ser grande: autor es el que comienza a hacerlo y autoridad la condición de haberlo conseguido.

De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón. Ed. Acantilado, Barcelona, 2018. 95 páginas.

*Este artículo ha sido publicado en el número de julio-agosto de 2018 de la revista El viejo topo.

DdA, XIV/3908