jueves, 21 de junio de 2018

LA DISTANCIA MENTAL ENTRE EL POLÍTICO Y EL CIUDADANO COMÚN


 Lo que sí influye, y mu­cho, en la condición del político en el poder y en su posi­bilidad de atemperarse, son estas dos cosas: una es el tiempo de permanencia. Cuanto menos tiempo lo ostente, menos probabilidad de corromperse. La otra es la forma de Estado.

Jaime Richart


El oficio y profesión ejercidas en tanto que especialidad, si bien aquilatan la solvencia y eficacia de un quehacer, im­primen carácter al individuo y al tiempo deforman en cierto modo su percepción de la realidad respecto a quien no es especialista. Pues es norma y normal la dificultad que experimenta el profesional para salirse del objeto de su habitual estudio o examen y tomar distancia suficiente de esa visión y de sí mismo para contemplar  la “otra” realidad como los demás mortales. Reflexiona poco fuera de la materia que domina. Es más, cuanto más celo menos reflexiona sobre lo que no es “lo suyo”, y más se deforma como pensante. Por ello el especialista, y el político lo es, suele hablar por clichés, eslóganes y tópicos...

En efecto. Hay numerosas situaciones en todos los países vertebrados en democracia de partidos, pero sobre todo en España, que ponen de manifiesto la distancia mental exis­tente entre el ciudadano común y el político. Sobre todo cuando el político ya está en la gobernanza. Cuando os­tenta el poder, unos más y otros menos, el polí­tico es irremediablemente corrupto. Fuerzas colosales aje­nas a él, por más empeño que ponga en evitarlo, condicio­nan su voluntad lo bastante como para hacer muy pro­blemática su exacta integridad y su coherencia de una ma­nera permanente. Entre lo que piensa y siente, lo que dice, lo que quiere hacer, lo que hace... y lo que puede hacer, apenas hay correspondencia salvo en asuntos de es­caso fuste. Unas veces porque se ve obligado a hacer lo que no quiere y otras por verse obligado a desistir de lo que quería hacer, el político gobernante más honesto es un ju­guete de los poderes fácticos evanescentes: el econó­mi­co, el religioso y el castrense. Antes de llegar al poder, su afán se lo oculta, pero luego va comprobando que al inten­tar llevarlas a la práctica, sus ideas o su ideo­logía se malo­gran. Si el político sigue en el poder, espe­rando la oportuni­dad que unas veces nunca se presenta y otras tarda mucho en presentarse, para quienes no somos políti­cos el dirigente ya está en cierta manera corrompido. Pues su  actitud, y llegado el caso su conducta, entre pasi­vas y frustradas por la impotencia, invitan a la ciudadanía a imi­tarle. Pues de ese modo puede ésta enmascarar y justificar su corrupción, aunque ante la justicia no le sirva de nada, al igual que la monarquía y la dictadura generan imitado­res del dicta­dor o del monarca, en los aspectos más sombríos de ambas instituciones.
Digamos que lo expuesto no tiene solución. Sólo remien­dos y pública condescendencia. Pero lo que sí influye, y mu­cho, en la condición del político en el poder y en su posi­bilidad de atemperarse, son estas dos cosas: una es el tiempo de permanencia. Cuanto menos tiempo lo ostente, menos probabilidad de corromperse. La otra es la forma de Estado. Una República favorece mucho menos la corrup­ción que la Monarquía, pues aun estando siempre expuesto a ella, el dirigente de la República está más cerca del pueblo y de su modo de ver las cosas que el monarca rodeado de las élites. Mientras que el gobernante de la mo­narquía, está más lejos del pueblo de igual modo que el rey lo está de sus plebeyos.
Que no sea posible evitar todo eso porque la política y los políticos son imprescindibles y preferibles a cualquier otra forma de gobierno y de estado, es algo tan discutible como tantas otras cosas, pero en todo caso asunto a tratar aparte.  Eppur si muove...

DdA, XIV/3884