domingo, 20 de mayo de 2018

SOBRE EL CHALÉ DE IGLESIAS/MONTERO Y UN DELEZNABLE SARCASMO

Félix Población
 
Desde que nació Podemos y obtuvo reiterados e inéditos resultados electorales en un partido recién fundado, sus adversarios políticos  -tanto tiempo apoltronados en el bipartidismo turnante- no trataron de combatir a la formación morada a través del debate de ideas, sino tratando de hacer creer a la ciudadanía que Podemos y sus dirigentes eran de la misma pasta que la casta a la que criticaban sus líderes. Fue así como el nuevo partido soportó reiterados acosos y acusaciones mediáticas, que en todos los casos fueron desestimadas por los tribunales. 

Sabido esto, es de suponer que cuando Pablo Iglesias e Irene Montero decidieron hipotecarse treinta años para pagar honradamente un confortable chalé en la Sierra de Guadarrama, aun a sabiendas de que el primero había hecho en sus día declaraciones que podrían chocar con ese nuevo estilo de vida, los dos deberían haber previsto que quienes tanto difamaron al secretario general de Podemos no iban a desaprovechar la ocasión para originar lo que han originado: que una decisión privada, gestionada legal y legítimamente por la pareja, haya derivado en asunto público sobre el que casi todos los medios y la mayoría de adversarios políticos se han cebado para acusar a Iglesias de falta de coherencia.

Dado que el asunto ha alcanzado esas dimensiones, con reiteradas aperturas en los telediarios y debates en algunos platós como el de La sexta noche en el que no había ni un solo representante de Podemos, me parece irreprochable la decisión del secretario general de ese partido y de su compañera y portavoz parlamentaria de poner sus cargos a disposición de las bases. Acabamos de asistir con ello a un acto en verdad insólito en la política española, que creo debería servir de precedente y ejemplo para quienes se apalancan a los sillones a toda costa. 

Que yo sepa, ha bastado la crítica del alcalde de Cádiz haciendo valer su pisito de currante frente al confortable chalet adquirido por Iglesias/Montero para que estos hayan planteado a los inscritos en el partido la alternativa de confirmarlos en sus puestos o hacerles dimitir de los mismos. No hubo otra voz pública en Podemos que se uniera a la del señor José María González en ese mismo sentido, pero cabe pensar que podría haberlas. En evitación, por eso, de que ciertos medios -tan inquisitorialmente investigadores de la intimidad de la pareja, llegando a extremos en verdad inaceptables que podrían afectar a su seguridad-, vuelvan a abundar en las discrepancias internas de Podemos a cuenta esta vez del chalé de La Navata, Pablo Iglesias e Irene Montero han tomado la única decisión posible ante el cuestionamiento de su credibilidad y las derivaciones que del mismo podrían darse dentro de su partido.

Es de esperar que los inscritos e inscritas se atengan a la mejor de las alternativas, que no puede ser otra que la de la continuidad de uno y otro en sus puestos. Incluso cabría esperar que ese refrendo fuera todo lo rotundo que aconseja un partido sobre el que han llovido tantas diatribas e infamias a lo largo de su corta historia. 

Para la solidez y consolidación de Podemos, es esencial la permanencia de Iglesias y Montero en los lugares que ocupan. Eso lo deben saber las bases del partido tan bien como quienes, desde que surgió la formación morada, han convertido a Pablo Iglesias en el líder político más difamado de los últimos cuarenta años, convencidos -como dijo aquel dirigente socialista de bochornosa memoria- de que atacarle a él es atacar al corazón del partido, al que se ha pretendido y se pretenderá dividir para debilitarlo.

Sería en verdad de un sarcasmo deleznable que en un país donde se han sucedido en el Gobierno dos partidos implicados en escándalos de corrupción, que han traicionado sus programas electorales o que mantienen en la jefatura del ejecutivo a un presidente indiciariamente corrupto, uno de los líderes con un currículum académico más brillante y una de las mujeres políticas más lúcidas de las últimas décadas -ambos de una honradez incuestionable- se vean abocados a dimitir por falta de coherencia, al hipotecarse para comprar un confortable chalé con el fruto de su trabajo.


DdA, XIV/3854