domingo, 15 de abril de 2018

LA REALIDAD NO ES LO QUE PARECE

Jaime Richart

Todo cuanto discurrimos y decimos creer se acopla a al­guna de una serie de figuras retóricas que a su vez respon­den a al­guna de las construcciones mentales que el ser humano ha ido elaborando desde la noche de los tiempos y a lo largo de su evolución camino de más evolución. Esto su­cede desde que abandona el gruñido,  cambia a ruidos gutu­rales y estos luego tornan a sonidos articulados por activa­ción de impul­sos nerviosos. La causa eficiente de esta trans­formación nos es desconocida, y las conjeturas sobre ello pue­den flore­cer...
Si eres creacionista no sigas leyendo, aunque también pue­des atribuir esa transformación a la obra de tu creador; lo que no afecta a la médula de la presente tesis. Pero si eres evolucionista, no creo que tengas reparo alguno en admitirla como proposición.
No creo que seamos pocos (y si somos pocos también se­guiría siendo irrelevante) los que, al argumentar, no olvida­mos nunca el punto de partida expuesto en el párrafo ante­rior. Pero, al igual que sabemos que hemos de morir pero no insistimos en pensar más que ocasionalmente en el inevita­ble desenlace pues si la idea fuese persistente nos conduciría a la enfermedad o a no vivir, del mismo modo al hablar, al es­cribir o al pensar debemos dejar a un lado el principio que acabo de ex­poner de que todo aserto, definición y creencia son una construcción mental: pues olvidarlo coyuntural ente es lo único que puede preservarnos de la esquizofrenia. Y así, ol­vidándolo, lo mismo que obviamos saber que no so­mos in­mortales pero discurrimos y actuamos como si fuése­mos eter­nos, es como nos incorporamos (aunque dificultosa­mente) al torrente de las ideas que se han ido vertiendo al oc­éano de los conocimientos para combinarlas, centrifu­gar­las o rebatirlas. En el último escalón del razo­namiento siem­pre nos queda la idea de que llevar dema­siado lejos la porfía es absurda pues estamos reprodu­ciendo una construcción mental, propia o ajena. Sea como fuere, el alma de la natura­leza dictamina que bien, mal, justicia, absoluto, libertad, leal­tad, amor... son palabras y conceptos que, por sí mismos, sin la descripción elaborada ahora o in illo tempore por uno mismo o por otro, carecen de sentido.
El hecho de que, una vez constituida la sociedad, para inte­grarnos en ella, para comunicarnos, para entendernos, para entretenernos e incluso para sobornarnos la consciencia, y al­gunos también la conciencia moral, admitamos todas las pro­posiciones y premisas que caben en el pensamiento cono­cido y también en el desconocido hasta que un libro o una pa­labra nos lo revelen, no significa que no flotemos en la pura sugestión y en el autoengaño. Y de acuerdo a ello nos ex­presamos para satisfacer el yo y de paso para deleitarnos poniendo en un orden inteligible y práctico el pensar.
En todo caso, si nos empeñamos en que exista pese a todo “la verdad”, la verdad material o formal de la respectiva cul­tura, ésa sería es el resultado del consenso de unas minorías dentro de cada cultura y dentro de cada una de las superes­tructuras del saber. Y si afirmamos la verdad moral o espiri­tual, ésa sería la que cada cual elija de conformidad con su li­bertad de elección. Más allá de eso, no hay más. Pero ésa no es la verdad absoluta que busca el que no ha despertado... Ésa es la inexistente a la que me refiero.

En todo caso, el ser humano no huye tanto de ser engañado como de ser perjudicado mediante el engaño; en este estadio tampoco detesta en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas, hostiles, de ciertas clases de embustes. El ser humano sólo desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; pero es indiferente al conoci­miento puro de las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.
Porque es, por tanto, desde las profundidades de nuestro pen­samiento desde donde mantenemos ese principio de que todo cuanto decimos y pensamos está preconstituido y pre­construido,  para luego, entre lo que se nos ofrece de tanto edi­ficado, elegir un edificio, un esquema, una ideología, una religión o una filosofía que mejor se avengan a nuestra natu­raleza, a nuestra cuna, a nuestra circunstancia, a nuestra expe­riencia y a nuestra conveniencia psicológica y ontoló­gica.
Digámoslo ya. Cada verdad absoluta no es más que una apa­riencia elegida entre la caterva de ideas y tendencias inte­lectivas y sensitivas relacionadas con la vida, con la muerte y con la hipotética trascendencia. En todo caso, la cultura, me­jor dicho, las sucesivas capas que configuran cada cultura a lo largo del tiempo sepultan la indiferencia de la naturaleza hacia nuestra preocupación obscena por alcanzar la verdad inexistente, material o metafísica, acerca de todo cuanto existe según la convención. Lo que no significa que no vi­va­mos de acuerdo a dicha convención. Pero será como era la vida de los antiguos , quienes no creían real­mente en sus mi­tos pero vivían como sicreyesen en ellos, y adoraban el lo­gos, como si no chocase frontalmente con ellos.
El nihilismo tiene mucho que ver con esta tesis y con la del antiguo griego Gorgias que afirmaba: "nada existe, si algo existe no es cognoscible por el hombre; si fuese cognoscible, no sería comunicable". Pero hay dos versiones del nihilismo. El nihilismo negativo niega la realidad y niega lo que pre­tenda un sentido superior, obje­tivo de la existencia puesto que dichos elementos no tienen una explicación verificable. En cambio el nihilismo positivo es favorable a la perspectiva de un devenir constante o concéntrico de la historia objetiva, aunque sin ninguna finali­dad superior o lineal. Es partidario de las ideas vitalistas y lúdicas, de deshacerse de todas las ideas preconcebidas para dar paso a una vida con opciones abiertas de realización, una existencia que no gire en torno a cosas inexistentes... Pero ninguna de los versiones lo expli­can a satisfacción. En cambio mi negación de la verdad, muy próxima al nihilismo positivo, se refuerza situando ese mo­mento preciso en que comienza a manejarse la verdad en el tránsito del lenguaje más tosco, al lenguaje propiamente humano, retorcido hasta la náusea y absurdamente sofisti­cado.
Y para terminar, el afán del ser humano de alejarse del es­tado natural y salir de algún modo de este mundo de las ideas es un hecho que no precisa demostración. Pero el ser humano, antes de salir de este mundo volverá a la natura­leza para que su especie no se diluya en la nada como el azu­carillo en un vaso de agua, pues es allí, en la naturaleza, donde, si existiese, úni­camente puede estar la verdad...

DdA, XIV/3820