lunes, 16 de abril de 2018

EL PRÍNCIPE SAUDÍ, EL COLOR DEL DINERO Y LOS "MORANCOS" NACIONALES

Ana Cuevas

Será porque los jeques nunca vienen en patera. Ellos son más de yates o aviones privados de súper-lujo. El caso es que aquí no se les trata igual que a un "moro" cualquiera. El color de la piel, el extremismo religioso o sus "exóticas" leyes y tradiciones se desdibujan detrás de la incalculable montaña de dinero que exhiben como tarjeta de presentación. A cambio de una suculenta propina, hasta se puede olvidar que esta gente cuelga a los homosexuales de las grúas. Tienen sus cosas, pero son majos.

Eso debe pensar nuestro monarca cuando estrecha la mano del príncipe saudí. Viene a comprarnos barcos para una guerra. Pero cualquier atisbo de escrúpulo se evapora delante de los dos mil millones de euros que el Mohamed promete soltar por el capricho. 
Estos no regatean cuando quieren algo. Y el negocio es el negocio, dirá Felipe. Además de apuntarse un tanto por el business con el lobby de la muerte incrementa la añeja relación que une a las dos familias reales. ¡Tan entrañable todo! Que a uno se le pasan por alto las "travesuras" del régimen saudí.
Nimiedades como que, solo durante el 2017, 147 personas fueron decapitadas y miles sufrieron castigos como la flagelación o la mutilación de uno de sus miembros. Y si eres mujer u homosexual, tus problemas se multiplican. Un animal doméstico tiene más derechos. Porque los derechos humanos en Arabia Saudí son como los yates, muy exclusivos. Y el populacho debe conformarse con sufrir la explotación, crueldad y despotismo de un estado sátrapa. Ese puede ser el motivo, y su manía de exportar conflictos y apoyar el terrorismo en otros países árabes con las armas que les vendemos los cristianos, de que oleadas de seres humanos se vean obligados a emigrar para salvar la vida.
Pero nada de esto turba el colegueo. Monarquía y gobierno se ponen el traje de morancos  y doblan la cerviz ante el ilustre invitado. Un periodista quisquilloso interpela al ministro de justicia si piensan aprovechar para pedirles apertura en cuestión de derechos humanos.
Catalá se indigna ante el despropósito: Hay que ser respetuoso. A nosotros no nos gustaría que nadie nos dijera como hacer las cosas.
Pues mire usted señor ministro, a las mujeres, homosexuales o personas que acaban decapitadas o mutiladas a lo mejor sí. A lo mejor les gustaría que un estado civilizado y garante de los derechos elementales tratara de abogar mínimamente por ellos. Y en cuanto a lo venderles armamento... ¡hay que tener cuajo!
Pero la conciencia nunca ha sido una rémora para que nuestro país comercie con la guerra.  En el 2015, el gobierno de Rajoy, que tanto odia al régimen bolivariano, le vendió armas por valor de 23 millones de euros.
Es verdad que comparado con lo de Mohamed, lo de Venezuela es el chocolate del loro. Será por eso que con Venezuela no son tan respetuosos como lo son con Arabia Saudí. Y por eso también se toman la licencia de meterse en su manera de hacer las cosas y callan sobre las otras "cositas" que pasan en el reino del amigo Mohamed. 
Defiende el ministro de justicia que, por cuestión cultural, en algunas democracias hay matices. Bueno, que te corten una mano o la cabeza puede parecer algo más que un matiz al que lo sufre. Pero hay que ser respetuoso... con la pasta y el trapicheo mercantilista que enriquecerá aún más a los de siempre.
Para dar lecciones de moral y democracia, ya tenemos Venezuela. Si Maduro quiere ser tratado igual que un jeque, ya sabe, ¡qué afloje más guita!   Sin un lucrativo negocio, aquí no hay respeto que valga. O como diría mi abuela: "Por el interés te quiero, Mohamed".

DdA, XIV/3821