martes, 20 de marzo de 2018

¿POR QUÉ FRANCO HIZO MATAR AL GENERAL BALMES?

Al presentar EL PRIMER ASESINATO DE FRANCO ante la prensa y en diversos lugares una de las preguntas que se nos han hecho se refiere a las razones que Franco pudo haber tenido para matar, por persona interpuesta evidentemente, a su compañero de armas. He solido responder que si los designios del Señor son inescrutables, los de Franco también lo eran con gran frecuencia. No fue un hombre dado al autoanálisis. Que sepamos no dejó memorias (salvo unos apuntes que hay que descriptar y su famoso Diario de una bandera, demasiado tempranero). Sí fue autor del guion de una película, Raza, que retrata indirectamente cómo  se veía a sí mismo y a su familia. Nosotros no hemos intentado abordar la vertiente sicológica de Franco. Hay varios libros, y buenos, sobre ella. Tampoco hemos deseado escribir en términos biográficos. Siguen siendo válidas dos obras de Paul Preston al respecto. Lo que hemos intentado es inferir pautas para comprenderlo mejor a partir de su comportamiento.

 

Ángel Viñas

Ahora bien, nada de lo que antecede significa que no hayamos desarrollado una interpretación de sus motivos para desear el asesinato de Balmes. Hemos especulado solo cuando ha sido absolutamente necesario para apoyar nuestra argumentación. La hemos llevado a cabo en base a evidencias documentales, incluso con el riesgo de empujar nuestro empirismo demasiado lejos. Nuestras inferencias siempre han tendido a ser limitadas. Este blog ofrece un margen mayor. Lo aprovecho para plantear dos tesis.

A la primera aludió un tanto crípticamente el embajador y exalférez provisional José Antonio Vaca de Osma al afirmar que Franco no podía dejar el archipiélago en manos republicanas. No ofreció un argumento demasiado convincente. Dijimos de tan eminente diplomático que su interpretación de la figura de Franco era una de las más notables que hemos leído (aunque añadimos que nos parecía desequilibrada y sin fuentes). Tan distinguido “francólogo” (que dejó chiquitos a Ricardo de la Cierva, Suárez, Payne e incontables autores menores) parece haberse basado en la suposición de que Franco no era el hombre que quisiera dejar tras de sí una situación irresuelta. Es decir que, muerto en accidente su supuesto compañero de sublevación, no podia abandonar Canarias sin que el archipiélago quedase asegurado para el GMN.

Pero Franco pudo salir de Los Rodeos con su familia sin preocuparse de lo que pasara en Las Palmas. No lo consideró tan pronto decidió que Balmes debía morir. Esta es la tesis desarrollada en el libro. Con todo, el motivo subyacente pudo  abarcar otras facetas. A Balmes los conspiradores hubiesen podido pegarle cuatro tiros, detenerlo o hacerle un consejo de guerra. El triunfo en Gran Canarias no estaba necesariamente predeterminado a favor a los leales a la legalidad.

Nosotros hemos subrayado el hecho de que su esposa e hija tenían que salir de Las Palmas el 18 de julio precisamente, porque no había otra posibilidad para dejar el archipiélago y partir rumbo a Europa. ¿Y qué hubiera pasado con ellas, con el tiempo tan medido, si la sublevación de la guarnición encontraba problemas? El primo hermano, factótum y ayudante de Franco, el ulterior teniente general Francisco Franco Salgado-Araujo, cuenta en sus no siempre fiables memorias que previamente, el 13 de julio por la tarde, había sacado los billetes en el trasatlántico alemán que debía llevarlas a Francia. Y hemos demostrado hasta la saciedad que esto lo hizo cuando el Dragon Rapide estaba en Casablanca y le faltaban 24 horas para aterrizar subrepticiamente en Gando.

A esta necesidad familiar imperiosa podría haberse unido también una necesidad “profesional”. La combinación de ambas no dejó a Franco, trazado su plan, margen de maniobra.  Sobre esta segunda necesidad no hemos especulado, pero muy bien pudo existir. Para dar algún soporte a la misma he de recordar que no se sabe mucho con qué esperanzas Franco se sublevó en Canarias. Ciertamente, las que entonces tendría era encabezar la sublevación del Protectorado y ponerse al frente del Ejército de África.

Ahora bien, imaginemos un posible temor: él se iba Tetuán; en Marruecos todo se desarrollaría bien pero, con Balmes en Gran Canaria, la sublevación en la isla no tenía éxito o topaba con dificultades. En tal hipotético caso Franco habría sido un general que hubiese dejado un enemigo a sus espaldas, un enemigo que eventualmente hubiera podido dañar a su imagen. Sus oponentes (Goded lo era, Queipo quizá, Cabanellas era republicano) podrían aducir que, en definitiva, Franco habría salido corriendo.

Esta posibilidad tenía que ser insoportable para él. Sobre todo por un motivo muy preciso. Hemos recurrido al testimonio de Pedro Sainz Rodríguez quien afirmó en sus igualmente no siempre fiables memorias que durante el período de preparación de la sublevación, Sanjurjo había hecho sondear a los generales comprometidos acerca de las apetencias que albergasen para después del triunfo. Franco había manifestado su deseo de ser nombrado Alto Comisario de España en Marruecos.

Esto es algo que me parece absolutamente lógico y explicable por tres motivos: su pasado africano, porque el puesto era uno de los más deseados del Ejército español y, no en último término, porque también era el mejor pagado. Conociendo lo que Franco hizo a las pocas semanas de que se le nombrara Jefe del Estado, soy de quienes atribuyen a la “pela” un papel nada desdeñable para explicar su comportamiento. No todos los generales sublevados se hicieron millonarios en la guerra utilizando los procedimientos a que acudió Franco, aunque obviamente hubo entre varios de ellos ciertas similitudes.

Es decir, en su vuelo a Tetuán Franco podría haber estado relamiéndose con las brillantes perspectivas que se le abrían, porque nos parece imposible que desarrollara los argumentos que el superpelota de Bolín adujo en sus hiperfalaces memorias. Sin embargo, para un futuro Alto Comisario de España en Marruecos la posibilidad de que, tras su marcha, la situación en Canarias se degradase tenía que ser profundamente desagradable. Era mejor dejar todo “atado y bien atado”. Balmes debía morir.

A no ser que también especulemos sobre otra posibilidad. Franco había concebido su plan y no dudamos de que había pensado en él detenidamente. Una vez decidido a pasar a la acción, ¿por qué había de cambiarlo? No olvidemos que fue el 11 de julio cuando el señor marqués de Luca de Tena comunicó a Bolín, en Burdeos, a bordo del Dragon Rapide que el destino debía ser no Casablanca sino Las Palmas. Ni tampoco que Orgaz había hablado con Franco la víspera en Santa Cruz de Tenerife. No hay que ser demasiado listos para pensar que tal vez al señor marqués se le advirtió por teléfono de lo que se deseaba en el archipiélago.

Y como tres pares de ojos ven más que uno o incluso dos, no nos sorprende que, en tales circunstancias, Orgaz quisiera evitar cualquier contratiempo contactando con el representante de Lufthansa. ¿Por qué? Porque tanto Franco como él debían de saber que el cambio de destino del aparato implicaba la posibilidad de que pudieran plantearse problemas en la escala en Cabo Juby, ya que no llevaba la autorización preceptiva para aterrizar en ella.

Lo que antecede no significa que los conspiradores (con Orgaz in situ vigilando la operación) no tuvieran que improvisar. No sabemos si se habrían puesto o no, como cualquier planificador militar o diplomático suele hacer, en el escenario del peor caso posible. Es decir, que la persona elegida para llevar a cabo el asesinato pudiera fallar. Balmes no falleció en el acto y, en consecuencia, hubo que improvisar. Que El Diario de Las Palmas publicase la noticia en la misma tarde anunciando que la bala había entrado por el hipocondrio izquierdo (por debajo de la axila) hubo de despertar todas las alarmas. Menos mal que los médicos militares estarían al quite y reaccionaron rápidamente.

Los amables lectores habrán comprobado que en ningún momento hemos enfatizado la supuesta conexión entre el asesinato de Calvo Sotelo y el de Balmes. El primero no llevó al segundo y ni siquiera al estallido de la sublevación militar, ya en semi-final, y tampoco se preveía. El de Balmes, sí. Demostrar documentalmente ese supuesto vínculo se lo dejamos a los autores pro-franquistas que quizá no tarden en hacer valer ante el tribunal de la historia su buen hacer y su manejo de fuentes en condiciones de libertad de expresión y de prensa, y no como las que se dieron en aquellas, de extraordinaria placidez, por las que tanto suspiran.



Próximo y último post: “Despidiéndome del “caso Balmes” con un interrogante”.

DdA, XIV/3798