miércoles, 14 de marzo de 2018

LA GUERRA CIVIL SIGUE SIENDO EL HACHA DEL VERDUGO QUE PARTIÓ EN DOS A ESPAÑA




Jaime Richart

Sabemos de manera natural que nuestra personalidad está determinada por la cuna. Y también, que nuestros pensamien­tos, sentimientos e ideas en adelante, están condicionados por las vivencias de la infancia y de la adolescencia. Y más tarde y siempre, por cada experiencia vivida. De ahí la difi­cultad en términos generales que ha habido siempre en el entendimiento entre una generación y la siguiente. Pero am­bas, como todo ser viviente y la colectividad a que perte­nece, han de seguir coexistiendo...
 Pues bien, cuando, sabido todo esto, tratamos de superar esos condicionantes para centrar en lo posible nuestras ideas y disposiciones, y llegar a conclusiones que de algún modo puedan ser intemporales, aunque pese a todo merece la pena, el esfuerzo sólo es compensado con una pequeña porción de la objetividad y de la neutralidad buscadas. De ahí, sobre todo en lo social y en lo político, la dificultad de llegar a un acuerdo dos personas o dos colectivos, incluso de similar sensibilidad y cultura, de generaciones diferen­tes. Generalmente unos apegados a su exclusivo interés y al de su círculo, y otros, sin dejar de pensar en el interés de sí mismo, resueltos a rebajar el suyo para atender a la vida pre­caria y dignidad de los eternos perdedores. Y de ahí, de esas ideas condicionantes del pasado, del egoísmo superlativo, personal y de clase, ése que data desde la no­che de los tiempos, que siga rigiendo el pensamiento de los convencionalmente llamados conservadores españoles. Y de ahí también, que la parte más civilizada de las nuevas ge­neraciones intente superar el egoísmo primitivo: ése del que se redimieron los multimillonarios franceses cuando hace unos pocos años pidieron al Estado que les subiera los impuestos...
 Sin embargo y no obstante la enorme dificultad de enten­dimiento, no quiere decir que no sea preciso siempre dialo­gar. Estas dos actitudes, estas dos ideologías, estos dos pen­samientos absolutamente contrapuestos, tarde o temprano han de llegar al compromiso si no desean volver a hacer la guerra. Porque el avance de una sociedad, el que se supone dirigido a  mejorar la convivencia y no a empeorarla, sólo tiene lugar por dos caminos. En la de configuración burguesa, un camino es el que pasa por el resultado de las justas o disputa entre partidos políticos de las que sale uno airoso, el cual, con la eventual e interesada complicidad de otros, se impone al resto (en España, está claro que el pensa­miento sin pensamiento propiamente dicho, ése que parte del ya dado, es el que desde el mismo tránsito de la dictadura al nuevo Estado se viene imponiendo; unas veces por el derecho de las urnas, y en todo caso de hecho siem­pre).  El otro camino está en la espera del paso inexorable del tiempo histórico para que ese diálogo, hasta ahora impo­sible, se establezca desde una aproximación de la men­talidad de las generaciones subsiguientes.
 En los países europeos de la Europa Vieja, aparte de tener sus nacionales una idiosincrasia diferente, la transición, las transiciones, de una época a otra están atravesadas por gue­rras entre naciones que aquellos y todos se han propuesto positivamente olvidar y superar, por considerar la guerra la consecuencia de una fase escasamente evolutiva del  humano, y por tanto superable y evitable. Mientras que en España sigue siendo la guerra civil el hacha del verdugo que la partió en dos. Porque de una España dictatorial a du­ras penas repuesta de la pérdida de su poder colonial, pro­cede el espítu dividido de la España del presente. Todo lo que a su vez determina unas consecuencias diferenciales reseñables entre el espíritu que alienta a esa Europa Vieja y el clima psicológico asfixiante que esclerotiza a este país. Pues en España, entre la generación más vieja de los que han cumplido de los setenta a los ochenta y la generación si­guiente que está entre los cuarenta y los cincuenta no se ha encontrado las claves del lenguaje necesario para el nece­sario entendimiento, que habrá de ser, más que un acuerdo entre partidos un verdadero pacto social. Porque aquellos, los que desde el poder, político, económico y reli­gioso se siguen imponiendo, son el pasado que se resisten a serlo. Pero el mundo entero sabe que se imponen, no por su pericia o competencia sino por su habilidad para la trampa y la rapacidad. Los segundos, por su parte, son el presente que mira al futuro. Pero a estos sólo les queda el segundo ca­mino, el paso del tiempo: el único remedio posible para que España se remonte por encima de sí misma y pueda efecti­vamente progresar. Pues si no media la revolución, del otro camino ya se pueden despedir...

DdA, XIV/3793