domingo, 18 de marzo de 2018

DICCIONARIO ETIMOLÓGICO DE LA LENGUA ASTURIANA: ELOGIO DEL RIGOR

 Me mueve el amor por mi lengua herida, sí, pero sobre todo la admiración por lo expresado: el rigor, la inteligencia y la constancia.
Xuan Bello

Intuitivamente pensamos que tras las palabras hay una sombra de verdad, una raíz oscura y aérea, un viento con alas que vuela tembloroso en la armonía perdida de aquel primer día del mundo. Hay algo, en el alma de la lengua, en la casa del ser, que se desentiende del espacio y del tiempo y nos muestra en lo cotidiano lo eterno. Intuitivamente pensamos que cada palabra guarda, oculta en su venero, una semilla de luz, un latigazo de sentido que se nos escapa un poco aunque lo sintamos restallar en la piel de la realidad. Sabemos, por la ciencia lingüística, que «crisis», por ejemplo, está emparentado con cribar, crimen, criticar, discriminar e incluso con otras menos aparentes como cierto, certificado o excremento. Todas ellas tienen una raíz indoeuropea, «kri», que significaba, en aquellos tiempos en la que los nuestros iban tras una vaca de niebla buscando tierra donde aposentar, separar. La palabra «gavisti» en sánscrito, relacionada por algunos con el germánico «war» y con nuestra palabra guerra, significa algo muy parecido a lo que en asturiano se expresa con el verbo «prindar», deseo de poseer más vacas. No sé si la hipótesis en cierta, hay quien le pone reparos, pero nunca he encontrado una definición más exacta y humana de lo que es una guerra.
¿Tienen las palabras un secreto bien guardado que expresamos intuitivamente, sin darnos cuenta del todo? Algún aliento de aquel primer día quedará, no digo yo que no, en ellas. Algún rastro de insospechada poesía, quizás la materia de alguna remota afrenta: las lenguas tienen memoria y cuando hablamos, si bien es cierto que traducimos cada palabra a nuestro ser, a la vez hacemos resonar las voces de todos aquellos que nos precedieron. Nuestro ser es nuestro, de cada uno, pero siendo asturianos aspira a la fraternidad de las xinestas, los toxos y las altas brañas del pensamiento
Xosé Lluis García Arias, catedrático de la Universidad de Oviedo, ha publicado esta semana, amparado por el rector de nuestra universidad y el presidente de la Academia de la Llingua Asturiana, el primer tomo de su «Diccionariu etimolóxicu de la llingua asturiana» que viene a reforzar, con razones, desvelos y esclarecimientos, el «Diccionario general de la lengua asturiana» y el normativo de nuestra Academia. Vino nada menos que el sabio suizo Michael Metzeltin, catedrático de la Universidad de Viena, a oficiar el milagro de quien descorre, a ojos de todos, el velo de Isis para mostrar desnuda en su esplendor la verdad incólume de nuestra lengua asturiana. Supongo que Xosé Lluis García Arias estará muy ocupado los próximos años revisando adendas y matizando sombras a la luz de sus nuevos descubrimientos.
Vivimos en un mundo donde se invita a la pereza, donde se pretende jibarizar el esfuerzo personal y colectivo en pos de una aparente simplicidad de espíritu que se nos vende, muy cara por cierto, como bálsamo de heridas tribales. ¿Cuándo dejaron de ser el rigor y la inteligencia, la constancia y sus costumbres, valores en nuestra sociedad? El lícito amor por la tierra de cada quisque, ¿desde cuándo es un vicio absurdo?
La pregunta es retórica; sé demasiado bien su respuesta. Afortunadamente hay corrientes subconscientes que nos llevan a indagar más allá de nuestra propia herida, impulsos hondos que combaten la superchería y sus nuevos afeites.
Este nuevo diccionario del latín que hablamos los asturianos ha sido concebido en los márgenes estrictos de la ciencia lingüística y es posible que sin una preparación adecuada alguna cosa se quede para el lector perdida a pesar del esfuerzo clarificador de su autor. Sin embargo creo que debería estar en cada hogar y ser revisado pacientemente por el lector que busca la iluminación.
Son mis palabras encendidas y quien sepa de la intrahistoria de quienes nos pusimos a recuperar la lengua de los asturianos para el mundo sabrán que no me mueve ni la servidumbre vil ni una insincera necesidad de «combayar»; me mueve el amor por mi lengua herida, sí, pero sobre todo la admiración por lo expresado: el rigor, la inteligencia y la constancia.
En la palabra «casa» habita el deseo de un mundo que está, siempre lo estuvo, «albintestate», a la intemperie del tiempo que nos desgasta construyéndonos.

DdA, XIV/3796