miércoles, 14 de febrero de 2018

SIN MÁS GOBIERNO QUE EL DEL ALMA

Jaime Richart

 La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimien­tos sino el hecho de negarse a adquirirlos, dice el filósofo Karl Popper.

No sé si en su tiempo pudo ser acertada esa afirmación, pero en mi consideración la palabra ignorancia, empleada como una cualidad necesariamente negativa o empobrece­dora de la personalidad, aun para la mentalidad de enton­ces no tiene la misma resonancia que la de un  pensador estu­pendo. Bien porque cuanto más saber más aflicción, como dice un texto hebraico, bien porque cuanto mayor es el ansia de saber más pronto planea el desaliento. Por otro lado, la verdadera ignorancia puede ser también delibe­rada y por con­siguiente una opción. En todo caso, la propo­sición de­pende de dos cosas: del carácter del igno­rante,  voluntario o no, y de la edad.

Sea como fuere, el curioso permanente y el ávido de saber nunca satisfacen su interés o su curiosidad; no se conten­tan con lo que ya saben o creen saber. Por eso, cuando no pue­den proseguir en sus pesquisas sienten la amargura de la in­completitud. Sólo la edad avanzada les advierte de que nunca llegaron a saber apenas una sombra de lo que es la esencia de las cosas, pues lo que antes creyeron cono­cer: árbo­les, colores o flores eran sólo metáforas de las co­sas que no se corresponden en absoluto con la esencia pri­mitiva de la cosa.

Sin andarnos por las ramas, lo que llamamos verdad no es más que una cohorte en movimiento de metáforas, de meto­nimias, de antropomorfismos; en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extra­poladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera fir­mes, canóni­cas y vinculantes; las verdades son sombras en la caverna platónica, ilusiones que se ha olvidado que lo son; metáforas  gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya conside­radas como monedas, sino como metal.

Y son tantas y tantas verdades de granito las que, examina­das a través del microscopio de la edad, se desmo­ronan... Hoy, en tiempos de grandes revelaciones para el demos, a me­nos que hayamos optado por desconec­tarnos emocional­mente de este mundo o sigamos complaci­dos en confundir su sombra con la imagen verda­dera pero invisible que la pro­yecta, es ya fácil comprender que en la sociedad sobran ilusiones, apariencias, maneja­das por la erudición y metáforas asimiladas a verdades”, y falta por el contrario una considerable lucidez. Verdades y conocimientos per­tene­cientes a una suerte de contra­cultura, enemiga de es­tas tres propiedades inestimables: me­sura, fineza y pruden­cia. Verdades y conoci­mientos consensuados entre unos cuantos que, arrojados masivamente al exte­rior, provocan descon­cierto en los espíritus avisados y cierran el paso a la sereni­dad, mucho más valiosa para el cuerpo y para el alma que el mucho sa­ber. Pues el even­tual placer intelectivo que éste y las fuentes de conocimien­tos que las nuevas tecnologías nos brinda, se lo­gra a costa de menguarnos la consciencia; esa conscien­cia plena de los sesenta segundos de que se com­pone cada mi­nuto a la que Schopenhauer llama “existencia autén­tica”. Por otro lado, la avalancha de información em­puja a lo que la “in­formación” desea previamente: provocar impulsos diri­gidos a saber más de la noticia y a sumar sabe­res; ello, a su vez, a costa de la plenitud perso­nal y del equili­brio deseable natural entre cuerpo y espíritu.

Pues bien, habida cuenta todo lo dicho, se comprenderá me­jor que, le­jos de valo­rar o admirar la erudi­ción, más que inco­modarme  la de­teste...

He tratado de plantear el asunto desde la perspectiva más objetiva posible, pero añadiré que, personalmente, hace mu­cho tiempo me negué a adquirir más conocimientos que no fuesen de pasada y me conformé con los muy esca­sos que po­seo; que, una vez sabidas unas cuantas cosas in­dispensa­bles aun sospechando o sabiendo que son inevita­bles ilusio­nes de la mente, me propuse vivir sumido en la ignorancia. Sobre todo en la de los hechos sociales, tanto pa­sados como presentes. Pues el deseo de saber más acerca de una nueva "verdad" imaginaria, la certeza de que las preguntas a su propósito no me serán respondidas a mi satisfaccion, y la de que por mucho que sepa nunca pa­saré de conocer una gota en comparación con el océano que ignoro, me causan tal per­turbación que definitiva­mente prefiero vivir sumado en la ig­norancia tal co­mo la define Popper. O, para ser más pre­ciso, en la semignorancia de la que no habla, pues no creo que pueda existir otro va­lor más preciado que la sereni­dad y  la im­pertubabilidad del ánimo. Parece que al poeta romano Mar­cial le ocurrió igual cuando escribe este epigrama:


 La buena vida es para mí
 Dejar lo que se fue,
 Saber sembrar la mejor vid,
 Dar amistad sin ofender
 Sin más gobierno que el del alma,
 Con mente limpia y siempre en calma.
 Sabiduría y simplicidad,
 Saber dormir sin ansiedad,
 La mente en calma

DdA, XIV/3668