viernes, 26 de enero de 2018

LAS MISIONES PEDAGÓGICAS ACONSEJABAN TENER LAS MANOS LIMPIAS PARA LEER


Félix Población
Dedicado a mi estimado editor errante.
Antes de la proclamación de la segunda República, el 14 de abril de 1931, el analfabetismo en España afectaba a un alto porcentaje de la población. En 1930 se cifraba en el 32 por ciento, con porcentajes en no pocas provincias que rebasaban el 60 entre las mujeres y llegaban casi al 40 entre los varones. Al recordar estos datos pienso en la caligrafía de mi madre, hija de una familia proletaria y numerosa, y la estimo como una parte substancial de la mejor y más entrañada memoria que le tengo.

La República, en palabras de uno de sus ministros de Instrucción Pública, Marcelino Domingo, heredó una tierra poblada de hombres rotos. La inmensa carencia de escuelas y maestros se remontaba a más de un siglo atrás, con un millón de niños sin escolarizar y un déficit de más de 27.000 escuelas. De los casi veinticuatro millones de habitantes, casi seis no sabían leer ni escribir. Para corregir con urgencia un atraso tan flagrante como significativo se crearon un mes y pico después del 14 de abril las Misiones Pedagógicas, encargadas de "difundir la cultura general, la orientación docente moderna y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares, con especial a los intereses espirituales de la población rural". 


Entre 1931 y 1936, la labor de las Misiones  (a pesar de los intentos de sabotaje y reducción presupuestaria que se dieron durante el llamado bienio negro del gobierno de la derecha), llegaron a cerca de 7.000 pueblos y aldeas, a través de 196 circuitos, con la participación aproximada de un total de 600 "misioneros". Hasta el 31 de marzo de 1937 se repartieron 5.522 bibliotecas, que en conjunto sumaban más de 600.000 libros. El  Coro y el Teatro del Pueblo llevaron a cabo un total realizó 286 actuaciones escénicas, y las Exposiciones Circulantes de Pintura del Museo del Pueblo pudieron verse en 179 localidades.

De aquellos años, en que los pueblos de los hombres rotos se llenaron por fin de libros y bibliotecas para abrirles horizontes hasta entonces tapiados por la intransigencia y el oscurantismo, nos han quedado testimonios anecdóticos pero tan llamativos como este marcapáginas del Patronato de Misiones Pedagógicas, rescatado por Bego Ripoll en su acogedora librería anticuaria La Galatea. En el texto se aconseja al lector que lave las manos antes de coger el libro después del trabajo, y que busque un lugar tranquilo para su lectura, porque "¡buena idea se tendrá de un pueblo donde los libros se leen mucho y se conservan limpios y cuidados!".

Muchos años después, quienes nos iniciamos en la lectura en las bibliotecas porque carecíamos de medios para comprar libros, todavía conservamos parte de aquel respeto heredado a los ejemplares en préstamo. En mi caso los encuadernaba con papel de periódico, en evitación de manchas accidentales que los pudieran ensuciar. Anotaciones o subrayados eran entonces un delito mayor, totalmente erradicado de nuestros planes de lectura.

Aconsejaría que este marcapáginas se publicitara hoy en nuestras bibliotecas públicas, y más en concreto en la de la Casa de las Conchas de Salamanca, ciudad de cultura y saberes, donde es lamentable el trato ¿vejatorio? que se le dispensa a los libros cuando -se supone- estamos en una sociedad menos atrasada. ¿O no? Puede que a los libros se les haya perdido el respeto que hace tiempo merecían.


                  DdA, XIV/3756