jueves, 11 de enero de 2018

LA INQUISICIÓN EN EL PALACIO DE LOS OLVIDADOS


Félix Población

Hará bien el visitante que llegue a Granada, si su agenda se lo permite, en hacer un hueco para entrar en el Palacio de los Olvidados, llamado así porque el escudo de la familia que lo habitara en el pasado hubo ser borrado para convertirse al cristianismo, tras la conquista del reino nazarí y el correspondiente edicto de los Reyes Católicos.

Eso al menos es lo que dicen las guías oficiales, que también nos informan del contenido que actualmente alberga el edificio y que, al menos, ocupará dos entretenidas horas al viajero, a poco que se deje llevar por un mediano interés. El palacio nos muestra, por un lado, una perspectiva bastante pormenorizada de la vida cotidiana de la comunidad sefardí en Granada, cuyo nombre algunos dicen que es de origen judío, aunque más parece proceder del latín (granatum “granado”) o del árabe (gar-anat “colina de peregrinos"). La colección de objetos expuesta es numerosa y la iluminación para leer la información que los acompaña, precaria. Nada digamos para tratar de hacer lo propio con los documentos originales exhibidos.

Pero si esta muestra es ya de por sí interesante, la complementa desde hace más de un año otra de carácter permanente sobre los instrumentos de tortura de la Inquisición, tribunal que tan activo se mostró en la persecución de las comunidades judía y musulmana, y que sorprende muy favorablemente por su excelente carácter didáctico. Solo hay que ponerle un reparo: olvidar al último rey (Fernando VII) que, tras eliminar el llamado Santo Tribunal, lo volvió a instaurar, con una última ejecución inquisitorial en la persona del maestro Ripoll, que lo era de Ruzafa.

 Estadística del fuego inquisitorial: donde dice Fernando VII debe decir Fernando VI,
y  falta entonces Fernando VII, tras Carlos IV

En la exposición podrá observar el visitante hasta setenta instrumentos de tortura, entre originales y réplicas, que llegarían a sobrecoger aún más si se pudieran distinguir la diferencia. Todas esa maquinaria responde a la práctica habitual de la tortura aplicada por la Inquisición en Europa desde la Edad Medía al siglo XIX, si bien instrumentos como el garrote vil o la guillotina tuvieron más larga vida. En el caso de España, es de recordar la ejecución mediante garrote vil del anarquista Salvador Puig Antich y su compañero polaco Heinz Chez en 1974.

De entre todas esas herramientas infernales, me llamaron la atención dos que no comportaban la muerte de la víctima. La primera, el llamado violón de comadres, que se utilizaba generalmente contra las mujeres excesivamente cotillas o que habían hecho acusaciones falsas. En Estados Unidos se usó contra los esclavos hasta 1865 y en Europa se empleó hasta finales del siglo XIX. La piel del cuello y las muñecas se resienten al cabo de unas horas, y su aplicación tenía más de tortura psicológica y humillación.


Junto a este instrumento se exhibe otro que en este caso se empleaba contra vagos y renitentes a misa, y se solía acompañar para mayor escarnio de un sambenito, si se trataba de reincidentes. En ocasiones -leo- eran atados a la picota para regocijo del vecindario, que se encargaba de provocarles lesiones más o menos graves. Los renitentes a misa eran obligados a llevar estos pesados rosarios a modo de recordatorio de su falta. De persistir en su actitud, eran acusados de apóstatas y sometidos al correspondiente proceso inquisitorial. [El susodicho y pesado rosario apenas se puede ver en la imagen por error de toma del que suscribe. Lo siento].



A continuación mi interés y espanto se centraron en las llamadas Máscaras infamantes, aplicadas mayormente a las mujeres y con formas por lo general de animales, para así servir además de burla.[Esto de unir tortura y burla es de resaltar en el largo historial de los tormentos]. Algunas máscaras incluían piezas bucales con pinchos que atravesaban la lengua y se clavaban en el paladar, obligaando a la sufriente a mantener la boca cerrada, por aquello quizá de que "Mulier taceat in ecclesia", o sea, la mujer calle en la iglesia, tan propio de aquellas calendas. De ahí venimos y de ahí proceden, entre otras muchas consecuencias, que la mujer no votara en España hasta 1933. [El actual obispo de Alcalá de Henares se ha mostrado hace bien poco partidario de conculcar ese derecho].



Finalmente, y a modo de colofón escalofriante a medida que el visitante va sumando penalidades visuales de esa y peor entidad, tenemos una última pieza -en este caso de tortura y muerte- muy identificada con la iconografía ibérica: el toro. Se llama Toro de Falaris, nombre que responde al de un tirano de Sicilia, del siglo V antes de nuestra era. La víctima era introducida en el vientre hueco de la figura, vientre que coincidía con las llamaradas de una hoguera. El condenado moría literalmente asado en esa panza/horno, mientras sus gritos se dejaban oír a través de la boca del toro a modo de mugidos de dolor. Se cuenta -leo- que su diseñador, un tal Perilo, murió víctima de su propio invento, dicen que por hacer el tal Falaris una prueba de fuego con el artífice. 


La visita al Palacio de los Olvidados, en la Cuesta de Santa Inés, concluye con una vistosa imagen desde la terraza, con las torres de la Alhambra en lo alto. Que en ese lugar esté ubicada una horca, a modo de identificación de la exposición, no deja de ser una alegoría histórica con ese fondo panorámico. Por no faltar, hay hasta una bandera republicana entre los tejados, como si se nos invitara a  recordar que si los nazaríes perdieron su reino a partir de una guerra civil interna, algo así le ocurrió a la enseña tricolor siglos después. En cierto modo, los tribunales de la dictadura franquista siguieron el ejemplo de los inquisitoriales, como el llamado Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Leer sus expedientes evidencia hasta qué punto perduró en los represores el celo inquisitorial de venganza y castigo, mutilando la vida y el porvenir de tantos represaliados.

DdA, XIV/3742