miércoles, 10 de enero de 2018

DESDE EL PALACIO DE LA SULTANA AISHA: ¡AY DE MI ALHAMA!


Félix Población

No es fácil de localizar el itinerario que conduce a la residencia de la sultana Aisha, esposa de Muley Hacén y madre de Boabdil el Chico, el último rey moro de Granada. Al palacio de Dar al-Horra se llega por una callecita que llaman del Gallo, medio oculta entre las terrazas de los bares, que sale de la plaza de San Miguel el Bajo, en lo alto del Albaicín, sin una sola indicación que señale ese destino. [No se encuentra este barrio, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994, en el estado de limpieza y atención que requiriría por su importancia turística]. Quien lo logre, a base de preguntar a los lugareños, conseguirá desde la azotea de la torre mirador la más bella panorámica quizá de la Alhambra y Sierra Nevada, tal como se desprende de la fotografía.

Hasta ese palacio, ubicado sin duda en ese lugar para no estar lejos del que fue despedida por el repudio del sultán -enamorado de una esclava cristiana con la que se casaría-, llegó Aisha para reflexionar y conspirar en la soledad de sus estancias, y hacer valer los derechos de su hijo Boabdil al trono de Granada. Isabel de Solís, la esclava, llegaría a ser reina con el nombre de Zoraya (Lucero del alba), previa conversión al islamismo y tras abjurar de su fe cristiana. La guerra civil desencadenada entre los los partidarios de una y otra daría lugar al debilitamiento del reino nazarí, aprovechado por los Reyes Católicos para acometer triunfalmente su conquista. 


Asomado a la panorámica que ofrecen las montañas nevadas y el que sin duda es el más bello de los edificios musulmanes en Europa, se entiende la lucha emprendida por la repudiada sultana Aisha y sus miradas de anhelo, desde las ventanas de la torre mirador, por reconquistar para su hijo la fortaleza perdida con todo su maravilloso interior, foco de atención primordial de cuantos turistas visitan a España cada año. Se trata del monumento más frecuentado del país.

El palacio de Aixa, estructurado en torno a un patio central con dos plantas y un estanque central, conserva primorosa yeserías en el piso alto, con inscripciones del periodo nazarí. Después de la toma de Granada, el 2 de enero de 1492, la reina Isabel la Católica cedió el edificio al monasterio de Santa Isabel la Real. Hasta principios del pasado siglo no será restaurado el palacio de Dar al-Horra, o de Aisha la Honesta o la Fría -que esas dos acepciones se dan al término Horra o Hurra-, tal como lo conocemos actualmente. Fue declarado monumento histórico-artístico en 1922.

Reloj de candela de al-Yazary

Coincidiendo con nuestra visita, las salas del edificio estaban dedicadas a una interesante exposición sobre la Ciencia en Al- Andalus, de la que eran muy de observar las secciones dedicadas a medicina, arquitectura y relojería. Fue esta región de Europa, entre los siglos VIII y XIV, un punto clave de referencia en la historia de la ciencia, con figuras tan relevantes como el cirujano cordobés al-Zaharawi (Abuslcasis), el astrónomo toledano Azarquiel o el agrónomo malagueño Ibn al-Baytar. Destaco de la muestra el reloj de candela de al-Yazary, según reconstrucción basada en el Libro de los relojes, obra de su artífice. 

Merece la atención detenerse en la explicación de su funcionamiento para darse cuenta de lo ingenioso de su mecanismo: Una vela, situada en el interior de la columna hueca y sostenida por una plataforma "móvil" que es empujada hacia arriba por su peso, se consume en el intervalo de las quince horas vespertinas y nocturnas. Durante su uso, la vela se va consumiendo progresivamente, permitiendo que suba la plataforma que la sostiene al descender el peso principal en la misma proporción. Ambos movimientos son aprovechados, mediante varios sistemas de poleas, para que a cada hora aparezca en el pico del halcón una bolita, que cae a un recipiente. A la vez, otras cuerdas conectadas al peso principal hacen girar la figura del escriba, y este señala la hora sobre una esfera horaria de quince indicaciones.

 Laboriosa taca, hornacina situada a la entrada de las estancias y donde
 se ponía el aguamanil con agua perfumada para las abluciones

Así podría haber sido la medida del tiempo que la sultana Aisha fue contando hasta que hizo posible la coronación de su hijo Boabdil el Chico. Fuera cierto o no que este llorara al rendir Granada a los Reyes Católicos, o que su madre lo reprendiera por la pérdida de su reino,  el pesar por la definitiva ausencia de la imagen que se contempla desde la torre mirador de Dar al-Horra o desde las ventanas de la Alhambra debió quedar afincado en su pechos hasta el día su muerte. Y hasta es muy posible que su último aliento al expirar coincidiera con el sentimiento que expresa el verso reiterado en el conocido romance: ¡Ay de mi Alhama! 

DdA, XIV/3741