jueves, 18 de enero de 2018

ÁNGEL GONZÁLEZ: LA LUZ DE LA MAÑANA



Elvira Sastre
El Cultural

Abro la nueva antología poética de Ángel González, Donde la vida se doblega, nunca, publicada recientemente por Valparaíso Ediciones, por una página al azar y leo:
No creo en la Eternidad.
Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos
es el amor que pasa.
Suspiro. Cierro el libro. Lo abro de nuevo:
Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Repito de nuevo el mismo proceso, ávida por descubrir otro verso que me golpee, que me deje clavada contra el libro. El lector de poesía ha de ser un poco así, pienso, un sufridor consciente.
Y mi voluntad sigue,
inútilmente,
empeñada en la lucha más terrible:
vivir lo mismo que si tú existieras.
Es enero en Madrid. El sol de invierno alivia el frío del pequeño olivo que descansa en el patio de mi casa. Me quedo contemplando la parte que no cubre la luz natural, la que sólo es sombra y frío, y pienso en la importancia de colocarse siempre en el sitio justo, cosa que a veces es sólo pura casualidad. La vida es injusta, y eso es algo que he dejado de repetir para empezar a aprenderlo en estos últimos meses. Pero la vida también sigue –quizá eso sea lo más irrazonable de todo­–, contra y pese a todo.
Vuelvo al libro de Ángel y pienso en el poeta, en lo que me habría gustado conocerlo y en lo que me gusta no haberlo hecho para así poder saber de él a través de las bocas de los que lo quisieron, que son muchos. Sin embargo, el hecho de no haber coincidido en vida con él consigue que mi relación con Ángel González sea puramente poética, verso-ojo, y que no me preocupe nada más, ya que no hay otros elementos que puedan distraerme de su poesía. Pero lo cierto es que su obra consigue que lo sientas cerca, como un compañero, casi como un amigo mayor que te enseña todo lo que ha aprendido de la vida. Lo leo y siento que lo estoy escuchando, que estoy sentada a su lado en un banco de algún parque y que lo dejo hablar durante horas y horas, sin cansancio por ninguna de las dos partes.
Donde la vida se doblega es un libro completo y apetecible. Cuando un poeta muere, se suceden los libros sobre su obra, como un engaño de que el rapsoda sigue vivo. Uno no tarda en hacerse con ellos en un ataque de nostalgia, aunque sepa que los poemas que contiene ya los ha leído mil veces. Es una especie de agradecimiento a la poesía que nos marca, que nos lleva al dolor y nos rescata de él, que resuelve nuestras preguntas cuando no queremos formularlas y nos empuja hacia las puertas cerradas.
Ángel no vive. No volverá a escribir un poema o a publicar un libro nuevo. La muerte, sin duda alguna, es injusta. Pero hay algo que resiste y se repite cada día: la luz de la mañana. La misma que hoy se refleja sobre mi olivo y sobre este libro que me salva de la sinrazón.

(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).

                                 DdA, XIV/3749