sábado, 11 de noviembre de 2017

RAZÓN Y RAZONES DE EMILIO LLEDÓ*

Félix Población**

Gracias a la valiosa y cuidada publicación de un libro de conversaciones con el filósofo Emilio Lledó Íñigo (1927), cuyo magisterio admiro y trato de seguir en sus obras, este último verano ha sido para mí de lo más instructivo, con la obligación a posteriori de indagar más a fondo -si no me entretienen en demasía otros afanes- en los textos de quien, a mi juicio, es una de las personalidades más sabias de las que podemos disfrutar en este país nuestro, tan desconsiderado con la cultura y la educación.

Recomiendo por eso sin ninguna duda Dar razón, una edición llevada a cabo por Juan Á. Canal y publicada por KRK ediciones de Oviedo, en la que se incluyen hasta treinta y ocho conversaciones con don Emilio, difundidas en su día en diversos medios de información a lo largo de los últimos cincuenta años (1965-2017). Pocas figuras de nuestro actual panorama cultural podrán ofrecer un historial de entrevistas tan atractivo como el que depara la lectura de las que se incluyen en este libro. De hecho, ya en 1997 se publicó un primer compendio de interviús con Lledó bajo el título de Palabras entrevistas, en el que se integraban treinta y siete, sin que Dar razón sea por ello una mera redición de aquellas, pues como aclara Canal en la presentación veinte años de vida y actividad pública en don Emilio requieren una obligada actualización de contenidos. 

Se prescinde, por lo tanto, de siete de aquellas charlas, se añaden siete más y se introduce el libro con una mucho más larga que mantiene con Lledó el propio editor de la obra. Viene a ser ésta, una síntesis del volumen y sirve de pro-lógoi al mismo. En cuanto a lo apropiado del título, Dar razón evoca una expresión griega, empleada repetidamente por Platón, en el sentido de que el filósofo ha de ofrecer logos a sus interlocutores, dar en palabras cuenta y razón de lo que piensa.

En tanto que intérprete de lo humano y de la realidad social y política en las últimas dos décadas, el profesor Lledó reflexiona tanto sobre el trascendental legado de los filósofos de la antigüedad clásica, que tan a fondo conoce, como sobre el arte, el lenguaje, la enseñanza, la democracia, la literatura, la corrupción, lo que él llama totalitarismo ultraliberal, la ética, la felicidad, los medios de comunicación, la política los sentimiento, la memoria como esencia de nuestra personalidad, etc.

Aunque él rechace llamarse filósofo y prefiera identificarse como profesor de filosofía, estamos ante alguien que ejerce la filosofía crítica, entendiendo esta como un medio fundamental para que el latido –según sus propias palabras- prevalezca sobre el detritus. Todo empezó, tal como el propio don Emilio recuerda a menudo con agradecimiento, el día en que un maestro de la Institución Libre de Enseñanza sembró en un país en guerra la semilla de la curiosidad en un jovencísimo alumno. Cada uno es hijo de sus genes, afirma Lledó en una de las conversaciones, pero sobre todo de sus maestros. Defiende don Emilio el subsuelo humanístico que conforma nuestro bienser y sin cuyo soporte -constantemente dañado y pervertido por las autoridades educativas y un sistema y una sociedad consumados en lo superfluo y aparencial- el porvenir humano no tendría horizonte.

Incide repetidamente en estas interviús el profesor Lledó en la importancia de la cultura escrita, sin cuyo testimonio no solo desaparecería buena parte de nuestra memoria colectiva, sino nuestro presente. Sometidos a un presente sin ecos, acabaríamos esclerotizados por la presencialidad de las imágenes, que acabaría por convertir la oralidad en puro ruido. El ser humano se diluiría al perder el pie mental del lenguaje, sin cuyo concurso no tendríamos capacidad reflexiva. En este sentido apunta la importancia de las sintaxis griega y latina, despreciadas y ninguneadas en nuestros planes de enseñanza, como instrumentos mentales que desarrollan la inteligencia.  Para Lledó, la memoria es consciencia. Ser es ser memoria.

Tiene don Emilio algunas cosas muy claras porque son el fruto de su dilatada, intensa y lúcida biografía. La educación es el núcleo de la vida humana. Necesitamos una educación que se cargue de humanidades y de letras y que esté, por supuesto, en la frontera de la creatividad técnica. Recuerda a este respecto el profesor sevillano que en la Escuela Técnica Superior de Berlín hay un departamento de Lingüística y otro de Filosofía. La enseñanza tiene que ser una escuela de cultura moral y ética,  además de cultura técnica, por encima de fundamentalismos, confesionalismos o nacionalismos.

La educación, para Lledó, es la única que puede despertar en uno la posibilidad de ser un yo, de ser alguien en este mundo lleno de nadies y seres vacíos, aunque esos don nadies vacíos tengan poder. A nuestro admirador profesor le gustaría habitar en el territorio de la gente libre, la gente que piensa y se comunica, del ser más y no en esa otra del aparentar, del tener más. La educación, tanto como transferencia o itinerario de contenidos, debe transmitir amor hacia la materia que se enseña. La vida intelectual es una transmisión amorosa y debería caminar paralelamente a la curiosidad que nos constituye. La curiosidad –esa misma curiosidad que incentivó su maestro institucionista en la niñez de don Emilio- se halla dentro de nuestra naturaleza. La naturaleza nos hace abiertos,  curiosos, creativos. 

Hoy en día, por mediación de la tecnología audiovisual masiva, convivimos con el horror continuo. Los ojos humanos no han tenido nunca la oportunidad de ver tanta crueldad, hasta el punto de insensibilizarnos a base de vaciarnos. Los miasmas educativos que se perciben en el ambiente, fruto de la televisión,  influyen en la mente de jóvenes y no tan jóvenes.  Lledó cree en  los derechos de los ojos como forma de expresar también los derechos humanos. Una estúpida idea del entretenimiento ha llevado a perder el respeto, en la televisión convencional y en todos sus canales abiertos, a los ojos, a la mirada humana. La manipulación e ilustración de nuestra sensibilidad por la ignorancia,  el poder o el ansia de dinero es algo inhumano y reprobable. En 6 meses la televisión al uso y abuso puede  convertir a un país en país de cretinos satisfechos. 

No puede faltar entre los análisis que hace don Emilio a lo largo de estas entrevistas el que trata de discernir las señas de identidad de la izquierda y la derecha en nuestros días. Para Lledó esas señas en la izquierda están definidas en primer lugar por la idea lo público, como carácter fundamental, y la idea de una educación crítica, creativa. (Lledó confiesa su admiración por la enseñanza pública alemana, país en el que completó su formación en la lejana posguerra). Además de eso, es imprescindible una idea renovada y llevada al extremo de la justicia y la solidaridad. Eso implica -en sus palabras- la desacralización del dinero y la desacralización del egoísmo personal. El hombre ha hablado –mantiene el profesor- porque ha sentido la necesidad de ser algo con el otro que tiene enfrente, y eso es lo que crea la sociedad y la cultura, y también la cultura de la solidaridad. La ciudad existe –añade con Platón en La República- porque el hombre es indigente, porque necesita de los  otros.

*Dar razón. Treinta y ocho conversaciones. Ed. de Juan Á. Canal. KRK ediciones, 2017. 668 páginas.
**Artículo publicado en el número de noviembre de 2017 de El viejo topo. 

DdA, XIV/3688