martes, 17 de octubre de 2017

LA MEMORIA HISTÓRICA COMO COMBUSTIBLE PARA LA CALDERA DE LA HISTORIA


Margaret MacMillan
Margaret MacMillan
José Luis Ibáñez Salas

El intelectual francés Paul Ricoeur (padre de la nueva hermenéutica) estudió con detenimiento la relación entre el pasado y la memoria. Para él, como nos enseña el historiador español José Antonio Vidal Castaño (quien por cierto tiene dicho de la Historia que “representa en su más alto grado la utilidad de lo inútil”), “la memoria no se reconstruye sólo a golpe de conmemoraciones y monumentos; requiere de algo más que buenas voluntades o visiones dogmáticas”.
Es necesario evitar los abusos de la memoria de los que nos previene el intelectual búlgaro nacionalizado francés Tzvetan Todorov. De hecho, estoy con la historiadora canadiense Margaret MacMillan cuando afirma que “haber estado allí no permite necesariamente conocer mejor los acontecimientos; en realidad, más bien, ocurre justo lo contrario.”
Y el gran escritor argentino Jorge Luis Borges escribió un poema que finaliza así:
Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes,
ese montón de espejos rotos
La memoria es sin duda un montón de espejos rotos. Como explican los psicólogos es algo engañoso; es, como apunta MacMillan, “selectiva y maleable”. El escritor británico Harold Pinter, premio Nobel de Literatura en 2005, consideraba que “el pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar”. Y uno de los más grandes memorialistas del siglo XX, el italiano, judío, superviviente del Holocausto Primo Levi tiene mucho que decir al respecto. Por ejemplo, esto:
“Un recuerdo evocado demasiado a menudo y expresado en forma de Historia tiende a convertirse en un estereotipo cristalizado, perfeccionado, adornado, instalándose en sí mismo en el lugar de la memoria pura y dura, y creciendo a sus expensas”.
Por eso hablaba más arriba de “evitar los abusos de la memoria”. El historiador español Joaquim Prats se pregunta que si eso es la memoria individual, qué no será la memoria colectiva, esa memoria que muchos llaman memoria histórica pero que en realidad es una fase anterior de ésta: memoria colectiva es en realidad un concepto creado por el intelectual francés Maurice Halbwachs, muerto en el campo de concentración nazi de Buchenwald en 1945, que nos habla de los recuerdos preservados por la sociedad civil para destacarlos sobre otros; que, en definición de MacMillan, “nos habla de las cosas que pensamos que sabemos con toda seguridad sobre el pasado de nuestras sociedades”. La historiadora canadiense redondea el asunto cuando escribe:
“La memoria colectiva, en realidad, trata más del presente que del pasado, porque es esencial para la imagen que un grupo tiene de sí mismo”.
El propio Halbwachs sentencia que sirve para “redefinir el presente colectivo” estableciendo la relación entre la colectividad con el pasado colectivo. Dado que la memoria colectiva no siempre se basa en hechos, es por eso que el hecho de enfrentarnos al pasado y decidir qué versión queremos o qué es lo que queremos recordar y olvidar puede tener una carga política tan significativa.
Para el historiador francés Jacques Le Goff (fallecido en 2014), la memoria colectiva es “un recuerdo o conjunto de recuerdos de una experiencia vivida y/o mitificada por una colectividad, alimentada por una identidad de la que el sentimiento del pasado es parte integrante”, es una construcción social que “construye representaciones del pasado forjadas desde el presente” y “aporta cohesión social, legitimidad, valores y hasta confianza a un grupo o comunidad humana”. Como la individual, la memoria colectiva es “una visión filtrada por el presente”.
Qué no será la memoria colectiva (de la que el ensayista estadounidense David Rieff dice que su función esencial “es la legitimación de un criterio particular y un programa político y social, y la deslegitimación de los opositores ideológicos)… Qué no será asimismo la memoria histórica, añado yo. Esa de la que el historiador español Francisco Martínez Hoyos dice que “no es sino una coartada para el maniqueísmo”.
Hay ideología, como suele ser habitual en los campos de las ciencias sociales (al que pertenece la Historia), en la expresión, y en su uso aún más, memoria histórica, un marbete que parece que tiene en el historiador francés nacido en 1931 Pierre Nora a su padre y que se refiere al esfuerzo decidido de cada grupo social, o del conjunto de varios grupos engarzados, o no, en una nación, para dar con el pasado necesario de una manera claramente reverencial. (La cursiva es para fijar tu atención en esto que considero un hallazgo de mi propia definición.)
Como afirma Prats:
“Todos tenemos derecho a recuperar nuestro pasado, pero no hay razón para erigir el culto a la memoria por la memoria; sacralizar la memoria es otro modo de hacerla estéril. [Y, como ya sabemos:] La memoria histórica es en realidad un combustible para la caldera de la Historia, ya que si la Historia sólo fuese memoria, ya no sería Historia.”
El historiador italiano Francesco Benigno confronta la Historia como disciplina con la memoria histórica, de manera que si en la primera ve “Historia racional”, en la segunda ve “Historia emotiva”; si la una es la Historia “filtrada por los intérpretes profesionales”, la otra es la “Historia democratizada”; si a aquella la considera la “Historia de los historiadores”, a esta última, a la memora histórica, la tiene por la “Historia de los testigos oculares”. Por su parte, el filósofo alemán Andreas Huyssen habla de la “obsesión memorial”, y dice que “a un tiempo orientado al progreso y al futuro, le ha sucedido un tiempo definitivamente vuelto al pasado”.
Hoy no es extraño que al evento cardinal revolución, propio de la Historia tradicional, se le contraponga el trauma, propio de la memoria histórica, y así se acaba por enfrentar a la comprensión que adorna a la disciplina de la Historia con la identificación que se inscribe como un sello en la memoria histórica, la cual obedece, en palabras de Benigno, a “un súbito proceso emotivo de reconocimiento” (atención, proceso súbito, no el meditado y estructurado acto de re-conocimiento que ya vimos cómo interpretaba el propio historiador italiano). La memoria histórica sería, así, una “narración trágica, centrada en el sufrimiento, de carácter sacro, litúrgico.” A la memoria histórica ni siquiera la ve utilidad el historiador italiano (nosotros sí, luego lo matizamos), pues la considera repetición, no catarsis, ya que para él “desemboca en la redención de la tragedia reviviéndola pero no por ello superándola.”
Existe una escuela historiográfica que comete el error de querer sustituir la Historia de los vencedores con la Historia de los vencidos. Pues algo así podríamos decir de la prevalencia de las denominadas políticas de la memoria basadas en el uso y abuso de la memoria histórica.
No obstante, dicho todo ello, aunque, como dice Prats, “el conocimiento de la Historia es mucho más transformador y revolucionario que recrearse en los recuerdos o las memorias de unos contra los otros”, trabajar a favor de una memoria histórica, en el sentido de memoria social, “puede tener claras funciones de saneamiento de las sociedades que han sufrido traumas históricos”, de manera que se enseñe a “renunciar al olvido interesado”.
Una puntualización, es evidente que la memoria individual no es la Historia, pero también es cierto que el historiador recurre a las memorias individuales, a las que tiene por subjetivas pero no por falsas en sí mismas a priori, y las confronta entre sí, y con otras fuentes, para establecer los hechos históricos. Pero, eso sí, la Historia contribuye a controlar la memoria histórica, pues, como dice el historiador español Marc Baldó Lacomba, es una “herramienta crítica contra el mitólogo, el distorsionador del pasado, el que ‘no recuerda’ y el que ‘no quiere recordarlo’ (lo ‘echa al olvido’)”. Y esa es una de las funciones cívicas de nuestra disciplina.
Sobre todo esto, sobre la memoria y la Historia, Ernst Nolte, el polémico historiador y filósofo alemán fallecido en 2016, tiene algo que decir cuando nos habla de los periodos históricos que “se niegan” a transformarse en Historia “verdaderamente desinteresada” y se empeñan en ser una Historia “anormal”. Es “el pasado que no quiere pasar”. Algo que está relacionado con las experiencias traumáticas sufridas por las sociedades civiles, por las naciones. La Guerra Civil del siglo XX que sufrió mi país en la década de los años 30, sin ir más lejos.
Es interesante, a todo esto, referir a continuación algo de la visión que de este asunto tiene el filósofo de la Historia holandés Chris Lorenz, para quien el boom de la memoria colectiva, de la memoria histórica, que él data en la década de los 80 del siglo pasado y considera impulsado por Pierre Nora, está relacionado con el hecho de que los historiadores académicos estaban, y están aún, añado yo, perdiendo su privilegiada posición de especialistas de la interpretación del pasado en favor de otros, especialmente los medios de comunicación.
Lorenz aporta la explicación que de la Historia da el historiador francés François Hartog (nacido en 1946) a la hora de afrontar el asunto de la memoria y nuestro oficio. Para Hartog, desde la década de 1990 asistimos a un nuevo régimen de historicidad, el régimen de la historicidad presentista. Sí, el presentismo de que ya habláramos vuelve a hacer acto de presencia: recuerda, la legitimación del presente a través del acercamiento intencional del pasado. La Historia magistra entendía la historia desde el punto de vista del pasado, pero si seguimos con Lorenz a Hartog en “el régimen moderno la Historia era escrita desde el futuro. El presentismo implica que el punto de vista es explícita y únicamente el del presente”. El presentismo sería la consecuencia del “colapso del futuro” y la concepción lineal del tiempo, progresiva, sucesora de las historias iluministas como la cristiana”. Para Lorenz, desde 1980, el presentismo “implica la presencia de un pasado traumático, claustrofóbico y acechante” (sí, aquel pasado que no quiere pasar, de Nolte). Esa “experiencia traumática se basa en una concepción del tiempo diferente de la lineal e irreversible (que apuntaló la Historia académica y la Historia iluminista antes que eso)”: si el origen de la Historia académica se basaba en la experiencia de una ruptura radical entre el presente y el pasado, el trauma no puede ser explicado por la historia académica y su concepción lineal e irreversible del tiempo, “porque el trauma del pasado permanece presente”.
En este sentido de la memoria colectiva, histórica, como archivo noqueado por el trauma, el historiador estadounidense especialista en el Holocausto, nacido en 1929, Lawrence Langer —nos sigue explicando Lorenz—, distingue entre tiempo cronológico, que es el tiempo normal, fluido, el de la historia normal, y el tiempo duracional, que se resiste al cierre, a la clausura, y “persiste como un pasado que está siempre presente”.
Existiría, dentro de este orden de cosas, una mezcla particular de Historia y memoria de la que habla el historiador indio nacido en 1948 Dipesh Chakrabarty, quien dice —nos sigue conduciendo Lorenz pero estas que vienen son palabras de aquél—:
“Los hechos históricos no son iguales a las verdades históricas, pero las segundas constituyen una condición de posibilidad de los primeros. Las verdades históricas son generalizaciones amplias y sintéticas, basadas en la investigación de colecciones de hechos históricos individuales que pueden estar equivocados, pero están siempre disponibles para la verificación mediante los métodos de investigación histórica: los hechos históricos son, por otro lado, una mezcla de Historia y memoria y por lo tanto su verdad no es verificable por los historiadores. Los hechos históricos no pueden crearse, sin embargo, sin la existencia previa de verdades históricas”.
Nora define muy bien el presentismo con esta frase:
“Ya no buscamos la génesis, sino el desciframiento de lo que somos a la luz de lo que ya no somos”.
El presentismo ha sustituido la resurrección del pasado por la representación del pasado. Si para Nora, el presentismo “implica el reconocimiento de que nuestra relación con el pasado es inevitablemente moldeado por nuestros modos presentes de representación”, para Lorenz, “ya es tiempo de transformar a la presencia (y la ausencia) del pasado en un objeto renovado de reflexión histórica y teórica”.
Regreso brevemente al asunto del olvido. Para Hartog, la “mirada museificada” es aquella que nos hace estar “atrapados como estamos entre la amnesia y el deseo de no olvidar nada”. Para él, “el pasado golpea a la puerta, el futuro a la ventana y el presente descubre que no tiene un suelo sobre el que mantenerse en pie”.
Sí, como afirmara el intelectual Christoph Ransmayr, nacido en 1954, “el tiempo es un estanque en el cual el pasado sube hacia arriba en burbujas.”
Tiene mucho sentido el ingenioso razonamiento de Lorenz sobre el pasado, el presente y el futuro de los humanos puesto en relación con la visión que del pasado, el presente y el futuro ha tenido cada fase de las culturas humanas. En general, se supone que las culturas tradicionales se caracterizan por una orientación dominante hacia el pasado, las culturas modernas tienen como característica una orientación avasalladora hacia el futuro y las posmodernas se inclinan por una orientación hacia el presente.
En eso, Lorenz reconoce que sigue a Hartog, el cual consideraba que el pensamiento occidental sobre la Historia está caracterizado por una sucesión de lo que él llamaba tres regímenes de historicidad: uno de orientación al pasado, régimen de historicidad que llega hasta la Revolución Francesa; otro de orientación al futuro, que abarcaría hasta la década de los 80 del siglo pasado; y un tercero de orientación al presente, que se viene dando desde aquellos años ochenta.
Y es que, para Lorenz, “la preocupación del historiador profesional por el pasado simultáneamente implica una preocupación por el futuro”.
Para la mayoría de los historiadores, el tiempo es homogéneo (y está dividido en minutos, horas o días cada uno de duraciones idénticas), se compone de momentos que son puntos en una línea recta y, por ello, es lineal, direccional (fluye desde el futuro a través del presente) y absoluto (no es relativo ni al espacio ni a la persona que lo mide).
El pensador británico Preston King —para quien, aunque la Historia no sea exclusivamente escritura sobre el pasado, es falso que toda ella sea Historia contemporánea— distingue cuatro nociones distintas de presente, correlativas con cuatro nociones del pasado. Para él, según la experiencia temporal y dependiendo de su duración hay dos sentidos de presente, que encajan ambos entre el pasado y el futuro y tienen un carácter muy cronológico: existe un [uno] “presente instantáneo”, que no es sino el instante más pequeño, y en constante evaporación, que divide el pasado y el presente; y existe un [dos] “presente extendido” (un día, un siglo) que tiene unos límites arbitrariamente elegidos que le dan un cierto cuerpo de profundidad temporal. Los historiadores usan marcos de referencia más sustantivos, basados en criterios no temporales: una de esas nociones sustantivas es la del [tres] “presente en despliegue”, que es un evento o un proceso (una negociación, una guerra) que al desplegarse marca un presente, de forma que, cuando se da por completado, al tiempo en el cual comenzó a existir, a darse, se le llama pasado (si bien, siempre hay subprocesos que no están completos y que dificultan hablar de un pasado real). Por último, el otro presente, la otra noción de presente, es el [y cuatro] “presente neotérico”, que es aquel que acontece cuando distinguimos lo que sucede en el presente pero experimentamos como antiguo, convencional, tradicional, de aquellos fenómenos que percibimos como característicos del presente, esto es, los novedosos, los innovadores, los modernos. Para King, cuya teoría sobre el pasado quedó plasmada en el año 2000 en su obra Thinking Past a Problem: Essays on the History of Ideas, pero que yo he conocido a través de Lorenz, la periodización histórica se basa principalmente en la dialéctica de ese presente neotérico:
“El pasado no está presente cronológicamente. Pero no se puede escapar del hecho de que una buena parte de él está presente substantivamente”.
Palabra de King.

Antoine Prost
Antoine Prost
Y palabra de Antoine Prost, que es parte esencial en mis reflexiones sobre mi oficio de historiador, que son las de quienes mejor lo saben, sobre la memoria y la Historia. Dice el historiador francés que la demanda actual que la sociedad hace de la Historia hace de ésta “un lugar de memoria que es fuga del presente y miedo al futuro”.
La sociedad le solicita al historiador, sí, “una Historia vinculada a la memoria y a la identidad”, una Historia “con la que pueda estremecerse o indignarse”. Lo que en la actualidad debemos atender los historiadores es, para Prost, un desafío de primera magnitud: hemos de “transformar en Historia la demanda de memoria” de nuestros contemporáneos. Y es que “recordar un acontecimiento no sirve para nada, ni siquiera para evitar que se reproduzca, si uno no lo explica. es necesario hacer comprender cómo y por qué ocurrieron las cosas. Es entonces cuando se descubren complejidades incompatibles con el maniqueísmo purificador de la conmemoración”.
Es difícil no estar con Prost cuando nos dice que los historiadores hemos de “hacer prevalecer el razonamiento sobre los sentimientos y más aún sobre los buenos sentimientos”. Cuando defiende que nuestro oficio “exige razones y pruebas, frente a la memoria, que extrae su fuerza de los sentimientos que moviliza”. Imposible no estar con él cuando sentencia que “acceder a la Historia constituye un progreso, ya que es mejor que la humanidad se conduzca siguiendo razones que atendiendo sentimientos”. Sí, yo sigo a Prost a pies juntillas cuando me dice que para “ser responsables de nuestro futuro tenemos que cumplir ante todo con un deber de Historia”.
Como aprendimos del gran historiador español Juan José Carreras, “la proliferación abusiva de la palabra memoria está siendo usada cada vez más en perjuicio de la palabra Historia”. Vivimos en el mundo de las batallas por la memoria.
Creo que es una auténtica perversión que la palabra memoria posea “una dimensión ética, prácticamente mágica” —a decir del historiador francés Henry Rousso, nacido en 1954—, que supere en eficiencia a la palabra Historia.

DdA, XIV/3663