viernes, 27 de octubre de 2017

EL ENEMIGO Y LAS BANDERAS


Jaime Richart

Está claro que el grueso de la España dominante necesita permanentemente un enemigo; unas veces latente y otras manifiesto. Igual que Estados Unidos. Estados Unidos, para reafirmar por un lado su rotundo imperialismo y por otro su identidad como nación. Razones ambas que expli­can esa profusión de banderas estrelladas en aquel país, que en una ocasión vi incluso sobre una cloaca...

En cuanto a España, mantengo un recuerdo vivo de hace muchos años. Cuando no se hablaba de independencia, en uno de mis círculos, el segoviano y conservador com­puesto de universitarios de postín, se profesaba una hostili­dad gratuita y manifiesta, precisamente contra todo lo que tuviese que ver con Catalunya, con lo catalán y el ca­talán. Y también, en justa correspondencia, recuerdo mi repulsión secreta hacia aquella necia visceralidad y ton­tuna impro­pias de personas a las que presuponía instruídas e inteligentes...

El caso es que, como digo, España, esta España, no la otra, la republicana, la sensata, la ponderada y tolerante que nunca acaba de reinar, siempre ha necesitado un ene­migo a toda costa para descargar sus frustraciones y la pe­queñez mental de sus sucesivos mandatarios. Y, a diferen­cia de otros países históricamente homogéneos cuyo ene­migo ha estado generalmente fuera, esa España pre­domi­nante lo ha buscado siempre en su interior. De ahí que las guerras libradas por aquí hayan sido invariable­mente intes­tinas, fratricidas; y de ahí que esa España carezca de la sen­sibilidad que otros países europeos han debido culti­var para facilitar la coexistencia con vecinos contra los que en otro tiempo no demasiado lejano combatieron...


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Y en estos momentos cruciales por los que la España del Estado está atravesando, mientras unos onde­an su este­lada reivindicando ante ese Estado un dere­cho, patriotas de pacotilla descargan sobre ellos el escarnio envueltos en la bandera sin emblema duradero que muchos cuelgan en balcones, como si de una preguerra se tratase. Y todo por­que los jerarcas que van desfi­lando por la historia del país siguen empeñados contra na­tura en aunar pueblos hete­rogéneos en torno a un Estado granítico y artificial. Igno­rando los muy necios, que la natu­raleza de esos te­rritorios dice otra cosa; del mismo modo que la natura­leza corrige a menudo la obra de ese humano que desvía el cauce de un río o de un torrente.

Así es cómo se gesta la vergüenza y la torpeza habitual que caracteriza a los gobernantes españoles que han desta­cado siempre mucho más por su cortedad de miras, por su cazurrez y por su intransigencia hacia el débil que por su tacto, su magnanimidad o sus aptitudes diplomáticas. Y así, con esa misma mezquindad es cómo responden tam­bién ahora al ca­talán, como en otro momento respondie­ron al vasco. Respuesta, por cierto, que se pa­rece mucho más a la de sus antepasados recha­zando legítimamente al invasor francés, que la que corresponde a compa­triotas dis­crepantes pero merecedores de diálogo y respeto.

Lo dicho: esa España siempre necesita un enemigo. Y si no, lo in­venta. Como Estados Unidos. Cuando no han sido los vascos fueron los masones, y cuando no los infieles y cuando no los comu­nistas, y cuando no y a rebufo del impe­rio, el musulmán. Está visto que en estos precisos mo­mentos, en lugar de afrontar una reforma a fondo de una Constitución elaborada y aprobada más o menos por los que habían servido a la dictadura, y con la excusa de un artículo enarbolado como el eterno dogma sobre el que se levanta la historia entera de España, el enemigo ele­gido ahora  es Catalunya... 

DdA, XIV/3672