viernes, 1 de septiembre de 2017

CELIA VILLALOBOS, UNA POLÍTICA PROPIA DE OLIGARQUÍA Y CACIQUISMO


Félix Población

Anteayer tuvimos oportunidad de ver en La Dos esa excelente película de Antonio Jiménez Rico, Jarrapellejos (1988),  para la que el director contó con un reparto magnífico de actores, encabezados por Antonio Ferrandis en uno de sus trabajos más sobresalientes. 

Basada en la no menos magnífica  novela del escritor extremeño Felipe Trigo, viene a ser una ilustración fílmica descarnada de lo que Joaquín Cosa reflejó en su libro Oligarquía y caciquismo, sobre el que acabo de leer un excelente artículo de Nuria Sánchez, publicado en el último número de la revista La Circular: La inquietante actualidad de Oligarquía y caciquismo. Sostiene la autora que el lastre principal de La Gloriosa (la revolución de 1868) consistiría en haber mantenido intacta la barbarie caciquil, revestida con la hipocresía del cumplimiento de los dictados de la soberanía nacional y del sufragio universal. Para el krausista Gumersindo de Azcárate -otro de nuestros grandes intelectuales olvidados-, el caciquismo era un feudalismo de nuevo género, que escondía bajo bajo el ropaje del gobierno representativo una oligarquía mezquina e hipócrita. ¿No es la de nuestros días una oligarquía del mismo signo, pero global, bajo el ropaje de los gobiernos representativos?

Salvadas las distancias circustanciales y temporales, algo de caciquil y propio de aquellas calendas ha tenido el desfachatado comportamiento de doña Celia Villalobos, diputada del Partido Popular y profesional de la política desde hace décadas, cuando anteayer interrumpió a gritos en el Congreso la intervención de las diputada de Unidos Podemos, Yolanda Díaz, durante la intervención de ésta en la Comisión de Empleo y Seguridad Social. 

La actitud de doña Celia y su imagen -la propia de su desfachatez e incultura democrática- sintoniza más con la de los políticos más asilvestrados de la primera restauración borbónica en los tiempos de Joaquín Costa que con la de una democracia moderna, cívica y digna. Doña Celia representa la inquietante actualidad de Oligarquía y caciquismo, tal y como también observamos hace unos años con su chofer Manolo.

EL DE VILLALOBOS ES EL NIVEL DE LOS QUE HAN HECHO DE LA POLÍTICA SU PROFESIÓN


Pepe Grillo

Hay antros malolientes en los que el personal se relaciona y discute con mayor cortesía que la que se puede apreciar en gran parte de las ‘señorías’ añejas de la Cámara Baja. Y eso por no hablar de ciertos parlamentos autonómicos y otros organismos de menor entidad, en los que lo extraordinario es asistir a cualquier cosa que se parezca a un debate de ideas y no a la habitual defensa de intereses espurios.
Pero no debiera sorprendernos, porque lo que sería un milagro es que la situación fuera otra. La política institucional en España solo tiene de política la denominación, porque en realidad no deja de ser el cortijo ejecutivo particular de unas pocas familias. Es por esta razón que el caso de Celia Villalobos, más allá de su particular vulgaridad, no es excepcional. Se comporta, como no podría ser de otra forma, con la mala educación de un cacique en sus dominios. Y eso que no es uno de los peores casos, porque ‘solo’ lleva viviendo del cuento desde el año 1983, y 35 años es casi un periodo modesto comparándolo con el de otros compañeros de profesión en el que auténticas sagas familiares llevan más de un siglo haciendo lo propio (a derecha e izquierda, e incluso entre un importante porcentaje de los integrantes de los nuevos ‘partidos del cambio’).
Por esto es extraño que incluso nos indignemos. ¿De verdad queremos que esta gente piense en los demás cuando no han demostrado ninguna vergüenza por vivir como parásitos indefinidamente?
En fin, esto es lo que hay. Y aunque ahora parece que hasta C’s y Podemos quieren ponerse de acuerdo en limitar el número de mandatos de un mismo presidente del Gobierno (algo que no deja de ser un brindis al sol), apostaría a que lo que no propondrá nadie a debate es una ley que limite en general la permanencia en política institucional a dos legislaturas. Y no lo propondrán porque esa sí sería una ley que acabaría con el nepotismo.
En un mundo en el que nadie es imprescindible y en el que a partir de cierto periodo de tiempo hasta el mejor intencionado tiende a acomodarse, sobran el enquistamiento y los vividores. ¿Alguien le pondrá el cascabel a ese gato?

DdA, XIV/3622