martes, 29 de agosto de 2017

A LOS DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE UMBRAL

Mi estimado Luis Arias Argüelles-Meres rescata el obituario que escribió hace una década con motivo de la muerte del escritor y columnista Francisco Umbral, sobre cuya vida y obra nos recomienda una biografía de Anna Caballé que desconozco: Francisco Umbral: el frío de una vida. El tiempo pesa sobra los libros del autor vallisoletano, pero coincido con Luis en que hay uno entre todos que mantiene todo su vigor literario: el que Umbral escribió a la muerte de su hijo Francisco a los cinco años de edad, Mortal y rosa. El libro data de 1975 y se reeditó hace dos años con motivo del cuadragésimo aniversario de su publicación. Hay quien dice que, desde entonces, Umbral hizo el resto del viaje herido. Este Lazarillo es de esa misma opinión. Siempre que alguien recuerda al afamado columnista que empecé a leer de muy joven en el diario La Voz de Asturias, no puedo evitar el recuerdo de la relación que mantuve más tarde con él, cuando fuimos convecinos en el mismo barrio de Madrid y estaba, además, entre los colaboradores de la revista semanal ubicada no muy lejos de nuestros respectivos domicilios. En esa publicación fui redactor-jefe en los inicios de la Transición, con las firmas entre otros de Manuel Vicent y Rosa Montero. Escribir es la forma más profunda de leer la vida, dejó dicho Umbral. Fue, en ese sentido, un lector muy vital.


EL NOVELISTA DE SÍ MISMO
(En la muerte de Francisco Umbral)

Como columnista no fue Larra, ni Clarín, ni Ortega, ni D´Ors. Como narrador, no alcanzó grandes cumbres en el género, excepción hecha quizá de Mortal y Rosa, libro publicado en el mismo año que La Verdad sobre el Caso Savolta. Medite el lector con qué título se quedaría. Como biógrafo, con voluntad de ponerse frente a frente con Valle- Inclán, quedó muy por debajo de Ramón Gómez de la Serna en la misma tarea de recorrer la trayectoria de aquel genio irrepetible.
Umbral siguió al pie de la letra aquello que escribiera Ortega sobre la invención de sí mismo: “Se olvida demasiado que el hombre es imposible sin imaginación, sin la capacidad de inventarse una figura de vida, de “idear” el personaje que va a ser. El hombre es novelista de sí mismo, original o plagiario”.
Hay más de un Umbral. Aquel columnista que comparecía bajo el título de “Glosa ligera”, con innegables connotaciones de Eugenio D´Ors, que llegó a escandalizar a uno de los pocos articulistas de derechas realmente finos en la forma y en el contenido. Hablo de don Luis Apostua, del que fuimos asiduos lectores. Inolvidable una columna suya, en días de matanzas en Madrid, cuando le clamaba a Alberti que no regresase aún. Inolvidable por su lirismo. También por la contestación que recibió de parte de un escritor falangista que había novelado fidelidades de infantería. Dos artículos que entonces sí representaban dos Españas frente a frente. Fue en su etapa en el diario “El País”, cuando escribió seguramente sus mejores artículos. Allí polemizó con el que fuera publicista del invicto caudillo, con don Ricardo de la Cierva, a quien nuestro columnista nombraba por parte de su apellido. También tuvo sus más y sus menos con el señor Roca tras un artículo demoledor contra Pujol.
En Umbral hay también un antes y un después del felipismo. Cuando restan muy escasos meses para que se cumplan los 25 años del irrepetible triunfo electoral de Felipe González, hay cosas que escribió Umbral cuyo rescate resulta obligado: "Felipe ni siquiera posaba, sino que se dejaba coger con la barba de tres días, la camisa de cuadros arrugada, la melena moderna, pero no desaseada, y cierta pinta de chico que ha encontrado su primer empleo, su primer trabajo en un taller, y estaba aprendiendo el oficio con aprovechamiento. Había millones de Felipes en España. Cómo no le iban a votar. Se votaron a sí mismos." Y también: "Toda esta sociedad que se escalofría de orfandad cuando FG amaga una puerta, es lo que cabalmente podríamos llamar socialfelipismo, en paralelo con el socialfranquismo que, a su pesar o no, ha heredado. Un inmenso colectivo de trescientas personas que va de la rabadilla sagrada de Nati Abascal desde al palo mayor del yate de Sarasola, de la nómina del funcionario a los balances de oro de Mariano Rubio". Esto lo escribió Umbral en el 91, cuando la política era escándalo.
Hablamos de un Umbral desencantado con el felipismo. Ni que decir tiene que le sobraban los motivos para ello. Distinta cosa es que ese desencanto y ese distanciamiento, tan inevitables como obligados, tuviesen que llevarle a él, como a otros muchos, a guiños con un conservadurismo, bautizado por el propio Umbral como “la derechona”. Medite el lector acerca de los pronunciamientos públicos de nuestro escritor cercanos a personas inequívocamente situadas en ese espectro político. Medite el lector sobre su admiración por el último Cela, literariamente nulo, públicamente poco edificante.
En el recuerdo público queda aquel Umbral airado con una periodista actualmente instalada en la telebasura. Sin embargo, lo que su figura representa va mucho más allá de una algarada televisiva.
A los interesados en su biografía, les remito al libro de Anna Caballé, Francisco Umbral: el frío de una vida.
Y, en todo caso, hay episodios de Umbral que merecen ser recordados. Por ejemplo, las vicisitudes de un libro suyo, Travesía de Madrid, que no obtuvo el premio al que fue presentado. Por ejemplo, releer su libro antes citado, Mortal y Rosa, acaso el más lírico de cuantos escribió.
Desde el Valladolid de la posguerra al Madrid del tardo franquismo y la transición. Desde el arranque del diario “El País” hasta la consolidación del desencanto que fue el felipismo. Desde sus provocadores artículos beligerantes con los guardianes de la ley y el orden hasta sus amistades con destacados personajes de la derechona.
Umbral, inventor de maestros que no fueron suyos, con independencia de la admiración que les tuviera. Maestro a su vez de aficionados a la pequeña columna que no perduraron apenas.
Nos duele su muerte, al tiempo que su trayectoria nos abre caminos para entender mejor los últimos cincuenta años de un país al que seguimos llamando España.
Inmensa obra la suya que necesita ser desbrozada entre los estudiosos y el tiempo que nos queda.

DdA, XIV/3619