martes, 14 de marzo de 2017

MIGUEL DE UNAMUNO Y LAS DOS DICTADURAS

 Durante su destierro en París, Unamuno escribió un duro poema contra la dictadura de Primo de Rivera, que posiblemente se hubiera quedado corto ante la masacre de Guernica que anunciaba la dictadura de Franco.

Félix Población

Los venideros se encontrarán perplejos ante el montón de leyendas, contradictorias entre sí, con que se les presentará esta que llamamos revolución y la que llamamos contrarrevolución.
Unamuno, “La historia en plano”, Ahora, 2-5-1936

Coincidiendo con el octogésimo aniversario de la muerte de Unamuno, se estrenó el año pasado un film de Manuel Menchón, “La isla del viento”, y se publicó recientemente el primer libro inédito de don Miguel, “Apuntes de un viaje por Francia, Italia y Suiza”. La película se basa en el destierro que el rector de Salamanca sufrió en Fuerteventura durante la dictadura de Primo de Rivera, con una interpretación sobresaliente de José Luis Gómez reviviendo el dramático episodio del Día de la Raza de 1936. El libro recoge las impresiones de un joven de 24 años, muy enamorado de su novia Concha, que visita París, Roma, Nápoles, Milán, Florencia y nos deja unas magníficas notas de paisajista y muy personal crítico de arte.
En la presentación del libro en Salamanca estuvo Jean Claude Rabaté, quien con Colette Rabaté escribió una de las más completas biografías de Unamuno y trabaja desde entonces en su copioso epistolario (30.000 o 40.000 misivas), del que ya publicó 300 del destierro. Rabaté dará a conocer esta primavera el primer tomo de los 8 de que constará el epistolario, pero no dispondrá -tal como nos comentó- de la carta que el escritor dirigió a Nina Infante Ferraguti. Esta epístola, fechada el 1 de diciembre de 1936, fue la respuesta que don Miguel dio tras recibir una postal desde Roma en la que la poeta lo saludaba con un  “¡Viva España!, ¡Arriba España!”. La misiva, publicitada en Google, fue comprada por 1.800 euros hace tres años y lleva por cebo una única frase: “Extensa e importantísima carta de D. Miguel de Unamuno”.
Jean Claude Rabaté  nos hizo notar esa posible relevancia cuando le dijo al doctor Pablo de Unamuno que quizá podríamos leer en ese texto lo que su abuelo pensaba en verdad de los vencedores. Don Miguel, destituido como rector honorario y arrestado en su domicilio por el ejército faccioso desde que el Día de la Raza pronunció en el paraninfo de la universidad su conocido discurso (“Venceréis pero no convenceréis”), había tenido que sufrir el asesinato de dos de sus mejores amigos republicanos (el pastor protestante Atilano Coco y el médico y exalcalde de la ciudad Casto Prieto Carrasco), por lo que bien podría ser esa epístola una prolongación aún mucho más acerba de la crítica expuesta públicamente el 12 de octubre en presencia del general Millán-Astray.
A falta de ese texto, me parece oportuno recurrir a un poema escrito por don Miguel en París y que Francisco Madrid recoge en su libro Los desterrados de la dictadura (Madrid, 1930). Es muy probable que la expresividad del pensamiento sentiente de Unamuno en esos versos, con respecto a la bandera de aquel primer régimen dictatorial, fuera menor como diatriba a la que pudo pergeñar ante esa misma enseña enarbolada por la dictadura franquista naciente, no sólo porque el llamado Alzamiento al que en principio había apoyado conducía a eso, sino porque se gestaba como en su juventud sobre una nueva guerra civil, marcada en su senectud por una crudelísima represión. 
En ese poema pide don Miguel -siempre obsesionado con la muerte- que si fallece en la dulce Francia lleven su cuerpo al maternal y adusto páramo que se hermana con el cielo. También reclama que se le envuelva en un lienzo de blancura/ hecho del lino del que riega el Duero/ y al sol de Gredos luego se depura. Afirma ser villano de a pie, no caballero, y renuncia a ser envuelto en ese harapo gualda y rojo –bilis y sangre- que enjuga a la espada. / Honra y honor, estoy libre de antojo; / embozo de verdugo no es mi almohada. / Si caigo sobre esta tierra baja, /subid mi carne al páramo aterido, / por Dios, por nuestro Dios, el de la guerra, / mas no el de los ejércitos, lo pido.
Los últimos versos suenan a epitafio, muy distinto al que figura en su nicho del cementerio de Salamanca, tras fallecer repentinamente treinta días después de escribir a Nina Infante esa “importantísima carta”: Subidme allá; se hará mi carne roca, / y allá, en el yermo, clamará su credo; / daré al desierto de mi patria, boca/ de gritar a los sordos por el miedo.

*Artículo publicado en el número de marzo de la revista Atlántica XXII.

DdA, XIV/3489