miércoles, 22 de marzo de 2017

LÁGRIMAS DE SAL DEL MÉDICO DE LAMPEDUSA



Pietro Bartolo en la costa de Lampedusa
Pietro Bartolo en la costa de Lampedusa
Merecedes Arancibia

El doctor Bartolo, quien lleva 26 años ejerciendo en la isla y acogiendo diariamente a decenas, cuando no cientos de migrantes, no solo atiende y cura sus cuerpos sino que es, sobre todo, una persona que escucha sus historias e intenta convencerles de que hay un sitio para cada uno de ellos en esta Europa que les acoge como una madrastra.El doctor Pietro Bartolo, de 61 años, quien ejerce la medicina en la isla siciliana de Lampedusa, ha publicado el 19 de marzo de 2017 un artículo en el semanario francés L’Obs (anteriormente Le Nouvelle Observateur) que en su edición digital funciona de hecho como un diario; un artículo que son extractos del libro “Lágrimas de Sal”, que ha escrito recientemente en colaboración con la periodista Lidia Tilotta, publicado en Italia por Feltrinelli y en Francia JCLattés y que en España acaba de publicar Debate.
Al doctor Bartolo le vimos recientemente, haciendo concienzudamente su trabajo, en el documental «Fuocoammare, más allá de Lampedusa», del realizador italiano Fianfranco Rossi. Lampedusa  no es una isla como las demás, es una frontera enormemente simbólica de Europa que en los últimos veinte años han atravesado miles y miles de migrantes y refugiados, en busca de trabajo y libertad.
Tampoco el doctor Pietro Bartolo es un médico al uso: durante seis años fue el único sanitario que se ocupó de todos los que llegaban a sus playas, reventados, deshidratados, agotados después de atravesar un Mediterráneo que ya es la mayor fosa común del viejo continente desde la Segunda Guerra mundial. En “Las lagrimas de sal”, que es una autobiografía, recuerda que nació en Lampedusa y que “cuando era pequeño vio cosas terribles” y fue ese recuerdo el que le animó a estudiar medicina y, una vez doctorado,  a instalar la consulta en su isla.
La historia de Pietro Bartolo se mezcla con los destinos desesperados y conmovedores de muchos migrantes que, huyendo del hambre o la guerra, han sobrevivido a un terrible viaje a través del desierto, a pesar de las agresiones y la brutalidad, y que han visto morir a sus parientes y amigos en el mar; pero no se resignan y aspiran a recomenzar una nueva vida en Europa. Pero también están los que llegan en sacos cerrados con cremalleras. Y entre ellos, muchos niños. En el libro se encuentran  las historias de Hassan y su hermano paralítico, de Sama y su gato, de Mustafá, la pequeña Favour y tantos otros héroes, tantas otras historias desgarradoras que se clavan en nuestros corazones. El sufrimiento del médico Pietro Bartolo, su sentimiento de impotencia a veces y su rabia siempre, su espanto, son también los nuestros, lo mismo que su alegría y su estupoir ante la fuerza invencible de la vida.
El doctor Bartolo comienza recordando que eran siete hermanos y su padre les reunió un día y les dijo que no podía pagar los estudios a todos, porque en Lampedusa no había instituto y para los cursos secundarios tenían que trasladarse al continente, lo que suponía un gasto que muchas familias, entre ellas la suya, no podían afrontar. Por lo que había decidido efectuar un sorteo entre los hermanos: solo que había hecho trampa y el nombre de Pietro aparecía en todas las papeletas “porque era el mayor y tenía la misión de cuidar de todos” si al paterfamilia le ocurría algo. Y así fue como a los 13 años Pietro Bartolo estudió en el Liceo de Trapani, luego en el Siracusa, y finalmente ingresó en la universidad en Catania, donde se especializó en ginecología y obstetricia.
Cuando decidió instalarse en Lampedusa, en 1988, nunca pensó que acabaría dedicándose exclusivamente a los migrantes y refugiados “porque todavía no era una tierra de inmigración. Las primeras embarcaciones llegaron en 1991. Primero eran diez, luego veinte, después treinta, finalmente cuarenta las personas que llegaban a diario. En aquellos tiempos les atendíamos en los cuarteles, en la Capitanía, no existía ninguna estructura… Cuando se encontraban bien, cogían otro barco que les llevaba a Sicilia… En 1997 se creó la primera estructura de acogida, en el aeropuerto. La Cruz Roja y otras organizaciones llegaron para ayudarnos. Ahora somos tres médicos los que nos ocupamos de los primeros auxilios de migrantes y refugiados, que antes de bajar a tierra deben ser examinados por un facultativo, para prevenir contagios en caso de que padezcan alguna enfermedad infecciosa.  Nosotros tres, somos los primeros en verles”.
Los que huyen de la pobreza y la guerra no llegan a Lampedusa en buen estado: como mínimo padecen “las enfermedades del viaje: deshidratación, hipotermia y algunos traumatismos, como brazos o piernas rotos durante el transporte. Con frecuencia las mujeres, que viajan sentadas en el fondo de la embarcación, presentan quemaduras causadas por la gasolina del motor que, mezclada con el agua salada crea un cóctel devastador. No es excepcional que  fallezcan a causa de las heridas”.
Tampoco es raro que tengan pulgas y sarna: “Nada sorprendente porque han vivido en condiciones higiénicas deplorables durante varios meses. Antes de llegar a Lampedusa han estado en Libia, viviendo en casetas repugnantes, han dormido en pajares inmundos o unos sobre otros encerrados en celdas… la sarna es la enfermedad más estúpida del mundo y solo existe un tratamiento para curarla”.

El puerto de Lampedusa es la entrada en el Mediterráneo para miles de africanos
El puerto de Lampedusa es la entrada en el Mediterráneo para miles de africanos

“Uno no se habitúa nunca al horror”, asegura el doctor Bartolo, quien en más de una ocasión se ha encontrado en una embarcación llena de eritreos adultos, ninguno de los cuales pesaba más de 35 kilos porque durante dos meses solo habían comido arroz aderezado con aceite del motor. Que en muchas ocasiones se ha encontrado con mujeres fallecidas tras haber dado a luz durante la travesía, que tenían al bebé colgando del cordón umbilical. Que más de una vez ha pasado por el trago de tener que cortar un dedo o una oreja, a un muerto, para analizar el ADN y poder darle una identidad.
Y sostiene que “nunca me acostumbraré a esa miseria que contemplo a diario… es muy duro, casi no duermo, tengo pesadillas, esas imágenes me atormentan… Mi prioridad es hacer comprender que esas personas no son monstruos, sino seres humanos, como tu y como yo… He escrito este libro para que la gente comprenda que tras la palabra “migrante hay nombres, rostros e historias. Es importante que no se olvide”.

DdA, XIV/3494