domingo, 23 de octubre de 2016

SOY MAMÁ DE UNA ADOLESCENTE

 Si curé los raspones de tus rodillas cuando empezabas a caminar, curaré tus alas rotas para que pronto puedas elevarte en vuelos nuevos.

Pao Picenzi

Se supone que tengo que protestar. Que tengo que resoplar y poner los ojos en blanco cuando me preguntan por tu edad.
Sí, sos adolescente.
Entonces, lo que se espera de mí es que comience a desgranar mi rosario de quejas de manual.

Contra tu indómito desorden, tus contestaciones soberbias y tu manía por confrontar.
Contra tu costumbre de llevarte todas las materias habidas y por haber, apoyado en la falsa creencia de que es mejor estudiar dos meses y no un año: teoría absurda si las hay.
Contra tu apetito voraz, tu música atronadora y tu terca determinación de cambiar el mundo, empezando por lo que más te irrita: el sistema educativo.
Admito que caminar en tu cuarto sorteando obstáculos requiere la precisión de quien se mueve en un campo minado. Tu mochila es un nido de hojas sueltas, lápices mordidos y biromes sin tapita. Demostrás una seria dificultad a la hora de embocar la ropa sucia en el canasto. Y jamás lograré que seques el baño.
Reconozco que no es fácil lidiar con tu omnipotencia sabelotodo, típica de los que aún no se dieron ningún porrazo. Que lleno la alacena como aguardando un apocalipsis zombie y al cabo de tres días no queda nada. Que me angustio y elevo mis plegarias cada vez que te presentás a una mesa de exámen.
Sin embargo, el amor es un cristal que esquiva lo superfluo y se enfoca en lo esencial.
Y resulta que yo soy tu mamá.
Por lo tanto adoro la vehemencia con que defendés tus posiciones. Tu voluntad revolucionaria. Tu inteligencia y tu sensibilidad.
Tus zapatillas embarradas porque te sumaste al grupo del colegio que brinda ayuda a los barrios carenciados de la zona.
Tu mirada puesta en los grandes objetivos de la vida: el viaje de egresados y la próxima fiesta; sin dejar de pensar cómo recaudar unos pesos para que nadie se quede afuera.
De cara a tus grandezas, quejarme porque no tenés una sola carpeta completa se me antoja muy chiquito y miserable.
El otro día me abrazaste apenas te diste cuenta de que estaba triste. Ya no necesito esconderte mi fragilidad ni mis vacilaciones; incluso comparto con vos algunos de mis problemas.
Claro que también compartimos chistes, películas y charlas profundas. Son treguas, respiros. Altos en el fuego de una relación a la que, hoy por hoy, le cuestan los grises.
No importa cuán escuetas sean tus respuestas, yo puedo mirar al fondo de tus ojos y verte el alma. Así de transparente sos.
El mundo necesita con desesperación el ímpetu, la osadía, la capacidad de soñar y de crear que ustedes tienen. Y ustedes precisan, aunque lo nieguen, nuestra amorosa guía.
Cada día te delego un pedacito extra de responsabilidad. El cuidado de vos va pasando, lentamente, de mis manos a las tuyas. Es un proceso de ensayo y error. A veces creo que estás listo para lo que todavía no; y resulta que podés lo que a mí no se me hubiera ocurrido. Aprendemos juntos.
Hasta que llegue el punto en que tomes por completo el control y yo, sin estridencias, me retire igual que una ola, habiendo ya dejado en tu orilla todo aquello que fui capaz de dar.
A medida que crezcas vas a descubrir que la conjugación de los verbos irregulares y el trinomio cuadrado perfecto no eran en absoluto lo más complicado. Y en esos momentos, cuando la vida te exija, te sacuda o te golpee, quiero que sepas que voy a estar ahí.
Si curé los raspones de tus rodillas cuando empezabas a caminar, curaré tus alas rotas para que pronto puedas elevarte en vuelos nuevos.

DdA, XIII/3368