viernes, 15 de abril de 2016

SOBRE LAS BANDERAS REPUBLICANAS EN LOS BALCONES

Antonio Aramayona
 
Ayer, conmemorando el 85º aniversario de la proclamación de la II República española en 1931, el equipo de Gobierno del Ayuntamiento de Zaragoza (ZeC, Zaragoza en Común) decidió colgar una bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento de la ciudad, como también se hizo en otras ciudades del país.
Así, en el caso de Zaragoza se cumplió el dicho o expresión popular “éramos pocos y parió la abuela”, ya que, gota a gota, los pequeños detalles están haciendo del Consistorio zaragozano un considerable guirigay en el que cada vez se acuerdan o tratan con cierta normalidad menos asuntos entre los distintos grupos municipales y más discusiones (algunas bizantinas, otras por torpeza o impericia de las partes) se entablan ante el asombro de la parroquia. De hecho, por no poder ponerse de acuerdo, desconocíamos si el sábado siguiente habría o no habría Pleno municipal, pues podemos percibir básicamente los reproches mutuos entre las partes a este respecto.
Soy republicano y quiero taxativamente que en mi país y en mi ciudad haya valores republicanos. Otra cosa es que ayer decidiera poner  en la entrada del edificio donde vivo una bandera republicana, pues conozco a algunos de mis convecinos y sé que les irritaría. El edificio no es mío (aunque estuviese ejerciendo este año las funciones de Presidente de la Comunidad) y creo que por sentido común debería contar con el acuerdo de al menos la mayoría simple de la Comunidad de vecinos para hacer algo así, pues una cosa es decidir llamar al albañil para que reparen un desperfecto aparecido en la entrada del edificio y otra bien distinta colocar por mi cuenta un símbolo que seguramente va a crear más disensos y conflictos que otra cosa. 
El Ayuntamiento y la ciudad tampoco son del equipo de Gobierno de ZeC. Supongo en sus miembros arraigados ideales y sentimientos republicanos, pero por prudencia y por concordia deberían pensarse más algunas cosas, porque en el Ayuntamiento hay muy distintas ideologías, sensibilidades, intereses y concepciones políticas (todas con el mismo derecho a existir y a manifestarse que los suyos propios) y con los que siempre deberían contar. Coincido con ZeC en buena parte de sus objetivos y medidas, y precisamente por ello lamento tanto algunos de sus desaciertos. Es posible que hablasen previamente con otros equipos de Gobierno del mismo signo y color de otras ciudades y que acordasen colgar la bandera tricolor en los respectivos balcones municipales (las coincidencias por azar raramente existen), pero, visto como está el patio, eso no hace aconsejable hacerlo por su cuenta y riesgo, sin el acuerdo previo con otros grupos municipales. 
ZeC está ante todo para gobernar y por muy convencidos que estén sus miembros de la verdad y la bondad de su programa y de sus actuaciones, no se debería gobernar así: si en algo ha fallado el equipo de Gobierno de ZeC desde que está al mando del Ayuntamiento es en su inhabilidad (me remito a los hechos) de llegar a acuerdos y concertar medidas con el resto de los grupos municipales. Ciertamente, algunos de estos son expertos en poner zancadillas, pero precisamente por ello el equipo de gobierno de ZeC debería ser más hábil y estar dispuesto a ceder y hacer ceder desde la discreción. Un buen repaso de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, va de perlas a cualquier político de todo signo y condición.
Quien entra en mi casa, ve en su pequeño vestíbulo un aparador de mimbre sobre el que descansa una banderita republicana junto con otros objetos más de entrañable recuerdo. Es posible que esa bandera no guste a algunos de quienes vienen a mi casa, pero es mi casa y la bandera es un signo primario de la identidad de su inquilino, pero –repito- soy consciente de que no me asiste derecho alguno a imponer su visión o su presencia a otras personas en un sitio público y común. De lo contrario, sería un iluminado o un sectario, o ambos.
Una ciudad, más en los tiempos que corren, necesita sobre todas las cosas bonanza y moderación en un clima que dé pie a que se hable primordialmente de logros de y para la ciudadanía. 
 
DdA, XIII/3254