viernes, 26 de febrero de 2016

STRATFORD: TODO UN PUEBLO VIVE DE SHAKESPEARE

Lazarillo

Este año se conmemoran los cuatrocientos años del fallecimiento de los dos más sobresalientes escritores de la literatura universal. Usaron para ello dos de las lenguas más habladas en el planeta. En Gran Bretaña son múltiples los actos en recuerdo y homenaje a Shakespeare. En España avergüenzan por su ausencia los que debería haber promovido cualquier gobierno con un mínimo de dignidad. La crónica de Alicia desde Stratford nos habla de todo un pueblo que vive de Shakespeare. Ese sueño por ver música en su ciudad natal debe cumplirse, querida Alicia. Música y sonetos para que el mundo cante de otra forma, porque esto que se asoma cada día por los telediarios -lo que se asoma y lo que cada cual indaga a su arbitrio- acumula cada vez más asco.


Alicia Población Brel

“The fool doth think he is wise but the wise man knows himself to be a fool”.
Cuando Shakespeare nació, solucionó la vida por varios siglos a todos los habitantes de Stratford.
Algunas de sus casas recuerdan a la Bretaña de Astérix, con esos tejados de paja marrón endurecida por la masa informe de lluvia y tiempo que ha caído sobre ella. Paseamos por sus calles. No dejan de aparecer cabinas rojas, que, como en Doctor Who, parece que pueden llevarte a otro tiempo. Algunas solo son cajitas adheridas al pavimento, que no han perdido su bermejo color pero sí su teléfono, y con él, su utilidad callejera. A lo mejor aquí no tienen tanto en cuenta lo práctico, y disfrutan de la estética que nació en 1900.
Me hace gracia imaginiar al pobre Shakespeare metido en una de esas cabinas, atormentado por la coagulación de palabras en sangre negándose a fluir por la pluma. Así debía sentirse cuando la inspiración no aparecía, atrapado con todo su ser y su labia en un minúsculo y alargado artefacto.
María me cuenta una breve sinopsis de un cortometraje español sobre cabinas. Como ciertos personajes se encargaban de que otros quedaran encerrados en cabinas telefónicas y fueran incapaces de salir de ningún modo; al final se los llevaban a un gran almacén lleno de cabinas con personitas dentro que habían decidido acabar con su vida, por desesperación tras el encierro.
No nos quedamos mucho hablando del tema.
La comida se nos antoja tranquila, en un local coquetuelo en el que sirve una elegante camarera con lenguaje isabelino. Tanto es así que con sus “ladies” y sus refinadas maneras para tomarnos nota nos cuesta entenderla. Dejamos que el postre se alargue hasta la hora del té para poder cumplir con el deseo de unas famosas tartas. Mientras tanto damos un paseo.
El pueblillo está completamente adecuado para turistas. Turistas cuya vida ha de acabar a las seis de la tarde, que es cuando cierra absolutamente todo, exceptuando el café del teatro, donde hoy ponen Doctor Fausto. Entramos en algunas tiendas curiosas. Una en la que el tiempo se ha detenido en Navidad, pero en la que van contando los días para que sea oficial en el resto del mundo; otra de magia, que omite poner en cualquier parte referencias de Harry Potter pero que según entras eres incapaz de no relacionar todo con la saga; otra que es enteramente de peluches; otra en la que todo está dedicado a los cuentos de Beatrix Potter… En esta última María me habla de su primer trabajo de investigación, con apenas dos años, cuando logró descubrir de qué le sonaban tanto unas ocas dibujadas en unas latitas de metal. Consiguió acordarse de los cuentos que su madre le leía y, tras alcanzar el libro con ayuda de Yoli, buscó la página y sintió la primera satisfacción de una certeza.
Acabamos nuestra rutita en una librería de viejo llena de libros de todo tipo. María se engatusa con los de idiomas, como su alma filológica le incita, yo curioseo por aquí y por allá. Encuentro un “Manual de bolsillo para arreglar tu bici” e inmediatamente se me vienen a la cabeza varias personas del Conser a las que podría serles muy útil y que quizá, con suerte, se convertiría en mi sustituto para solucionarles los problemas pedaleros. Al final pienso en papá. A él le gustaría tener este librillo. 15 libras. Bastante más de 15 euros. Bastante menos de 15 páginas. “Ya se han dado cuenta de que es un fósil, algo antiguo de mucho valor -dice María-, al que ya han sustituido un montón de avances tecnológicos y del que sólo queda este resquicio analógico abandonado en una librería shakespiriana”. Por eso será tan caro.
Le echamos una buena hora de reloj, como se merece aquel sitio atestado de libros y olor a casa de abuela, y luego seguimos nuestro paseo.
Al tiempo, no tanto el estómago como la imagen que María había creado en mi mente de las deliciosas tartas, nos hicieron ir en busca de la cafetería, pero claro, no caímos en que los días, cada vez más largos, ya no cumplen su rutina prenavideña con las horas, y al llegar a la puerta nos la encontramos cerrada. Eran las seis menos cinco.
Frustradas y golosas nos fuimos dando una vuelta encontrando todo igual de cerrado, hasta dar con la cafetería del teatro. Allí, un joven nos saludó amablemente en un español británico y nos aposentamos en una mesita a tomar té y merengue con tarta.
En el larguísimo rato que esperamos al bus de vuelta, el frío y las ganas de hablar, que no se nos quitan, crearon una idea descabellada de viaje improvisado que salvaba distancias y dineros por ver música en la ciudad natal, pero se quedó en sueño y esperanza. Algo tendría que ver el joven William, que nos inspiraría desde las cabinas, con esa magia que desprende su pueblillo como si fuera una noche casi de verano.
Bye, bye, darling, hasta el próximo soneto.


DdA, XII/3224