jueves, 25 de febrero de 2016

LONDRES, PRIMER CONTACTO


Alicia Población Brel

Los muñequitos de los semáforos para peatones hacen huelga y se niegan a caminar todos colorados de enfado y con los brazos en jarras.
La cafetería parece esconderse del trasiego que invade la hora punta de la ciudad. En una mesa alta hay un grupo de españoles con maletas muy grandes. No dejan de quejarse por todo. En otra se sientan dos mujeres muy gordas y un hombre joven. Una de ellas debe de tener mucho calor, pese a los 4 grados que hay fuera del local, porque su camiseta rosa de tirantes, notablemente dada de sí, deja al descubierto media barriga blanca y perfectamente redonda y una parte considerable de su sujetador. Grita mucho, parece contenta, como con ganas de impresionar al hombre. La otra mujer, despeinada, la mira por encima de las gafas con cara de circunstancias, de vez en cuando también suelta una voz. Es mayor, parece su madre.
Un señor con gorra de souvenir por compromiso dormita repantingado en un sofá. A su lado, otro más mayor pone todos sus esfuerzos en vencer su vista cansada a fuerza de encorvarse sobre un periódico.
-Hello? -oigo- Can I help you?
No me ha gustado mucho el tono. Me vuelvo. El camarero me saluda con un gesto amable que le ha salido burlesco. Le digo lentamente que quiero un café y un bollo. Debe pensar que me pasa algo porque no creo que adivine que el estado de empanamiento que aparento se deba al psicoanálisis de los clientes de su bar.
Al cabo de un segundo deduzco que él también es nuevo allí. Su nerviosismo cuando me ha preguntado una segunda vez qué quería se incrementa cuando su compañera le recuerda que tiene que usar el doble de veces “thank you” y “please” cuando atienda. Al final me hago su amiga cuando ve que hago malabares para llevar violín, maleta y bolso más café y madalena hasta una mesa.
En frente de mí hay una pareja. Él, con cascos, mira un vídeo en su móvil que debe estar interesantísimo. Ella mientras le mira, coge su mano para intentar llamar la atención y él se la besa sin mirarla siquiera. Ella decide ir un momento al baño. Está muy maquillada, tanto que el eyeliner le achica el perfil del ojo convirtiendo su mirada en pura tristeza. A lo mejor no es el maquillaje… Al volver con él también coge su teléfono. No les he escuchado hablar.
Detrás de mí hay otra pareja. Ellos sí hablan. A él le gusta el vino en el café y se ríe mientras se lo explica a ella. Han debido de reencontrarse tras un largo viaje.
A mi lado una mujer se va cambiando de sitio todo el rato. Pienso que va mirando las tazas vacías de las mesas, quizá buscando… ¿restos? Me da un poco de pena. Podría haberle invitado a medio muffing, yo, al fin y al cabo, me lo he tomado más por gula de aburrimiento que por hambre. Al cabo de un rato descubro que lo que buscaba no eran sobras de comida sino un enchufe para cargar su móvil. Por su avidez jamás hubiera pensado que buscara una fuente de alimentación que no fuera para consumo propio. Ahora que lo ha encontrado, se ha aposentado en un sillón y lo custodia con tedio. Me pregunto con qué cara me hubiera mirado si le hubiese ofrecido amablemente mi muffing…
La pareja de delante se marcha. La de atrás, antes enfrentados, se acomodan ahora uno junto al otro y se mimosean entre risillas. El grupo de las gordas gritonas se fue hace rato y ha sido sustituido por un par de familias con niños. Vienen con maletas. Parece que todos hemos elegido el mismo oasis antes de coger el autobús; me pregunto si no iremos también todos al mismo sitio.
Las luces de la Victoria Station me llaman desde fuera, intermitentes, parpadeando cada vez que uno de esos autobuses rojos de dos pisos pasa entre ellas y yo. Son las siete y huele a croissant a la plancha. La señora del móvil ha vuelto a cambiarse de sitio; no la entiendo bien. La pareja se ríe más fuerte ahora y yo solo puedo pensar en una de esas duchas tan placenteras de después de un viaje.
Welcome to England.

DdA, XII/3223