sábado, 27 de febrero de 2016

HAY UN HOMBRE QUE HA LLEGADO DEL MAR

Foto de Nacho González.

Ignacio González

Hay un hombre que ha llegado del mar.
Dejé la puerta abierta
y la sal de sus manos iluminó la casa.
Sé que viene de lejos.
Quizá la noche o la luz le persiguen.
Si los perros no ladran,
bendito sea el crimen del que huye,
la escudilla de luna entre sus manos
y el desierto amarillo de sus ojos.
Yo conozco esos ojos,
los he visto arribar miles de veces,
pasan entre nosotros, irisados de lluvia,
llenos de puertos que les dieron cobijo
por una historia y para una noche.
¿Cuántas veces habrá de cruzar el umbral?
¿Cuántos umbrales necesita cruzar
hasta depositar su collar de palomas
junto a las redes y los aparejos
y quedarse contigo a conjurar la muerte?
Sé cuánto vale un hombre,
ofrécele caballos,
caballos con el aro del sol sobre la frente
y estos niños desnudos por el puerto,
es todo lo que pide.
Cada uno construye sus orillas
y las deja pobladas o desnudas.
Pronto amanecerá
y si el fanal de la casa está encendido,
en tu gorra de capitán habrá otra estrella.

PEQUEÑA FLOR DE EXILIOS
Foto de Nacho González.

El olor del exilio es la rama de sándalo
que madre prende al fuego cada día
rodeada de todos sus altares domésticos.
El calor del exilio son los ojos amados
a los que la distancia ha preñado de nubes.
La mesa del exilio tiene ausencias
de hermanos ateridos,
bajo las fosas de los cementerios,
por las cunetas de las carreteras.
Las cartas del exilio son del color del beso,
apretados renglones que describen nostalgias
entre las despedidas y el olvido.
Y tiene también música el exilio,
el canto dolorido que me acuna
en una lengua extraña.
Dejadme regresar, aún es el tiempo,
la tierra tibia y los pies descalzos,
a beber en la fuente de mis antepasados,
a labrar la esperanza de los desesperados,
a repintar de cal la ciudad blanca.

DdA, XII/3225