lunes, 8 de febrero de 2016

BLACKSTAR


Ana Cuevas

Una lágrima negra se desliza en la mejilla. Una rara perla sin valor que nace con la misma espontaneidad que se evapora. Suspendida de una soga de tristeza que parte de un bulbo raquídeo agotado de intentar sobrevivir a la ejecución de la alegría.
Mi gato negro se acurruca en el regazo. Mi perra negra clava su limpia mirada en mi mirada. Es una comunión auténtica en la que sobran las palabras y, por ende, las mentiras. En el siglo VI a. de C. hubo un poeta griego llamado Epiménides que aseguraba haber pasado cincuenta y siete años durmiendo. Plutarco corrigió al embusterillo afirmando que solo fueron cincuenta. A mí me sucede algo parecido. Llevo más de medio siglo sumida en un profundo sueño del que no consigo despertar. Un sueño tiznado de negras pesadillas que cabalgan a lomo de proposiciones necias y falsas premisas. Epiménides  acusaba a los cretenses de ser unos mentirosos. La paradoja es que, el propio Epiménides, era un cretense. ¿Debíamos creer entonces sus palabras?. Si algo define a un mentiroso es que siempre hace aseveraciones falsas. Pero... ¿Dónde se esconde la verdad? ¿Acaso existe?
A la verdad le sobran los sofismas, los guarismos, los silogismos envenenados en origen. La verdad se abre paso en el emocionado abrazo de tus hijos, en los labios carnales que mordisquean los amantes, en el gozo indescriptible de un bebé que se ríe ante las enajenadas muecas de un adulto. Intentamos traducir con adjetivos o grandilocuentes frases el sentimiento que nos producen los acontecimientos cotidianos. Convencer al prójimo de que somos poseedores de la única realidad aunque ni nosotros mismos la creamos. Monos irracionales y tramposos. Prepotentes homínidos parlantes .
Desde la estrella negra en la que yazco me llegan aldabonazos de miseria. Un planeta hostil con tendencias autofágitas abre su imaginaria boca para soltar un grito desgarrado. Millones de seres y de especies sobreviven como pueden hacia una muerte cierta, verdadera, de la que nadie regresa para relatarnos que nos espera más allá de la carne podrida y los gusanos. Siempre podemos engañarnos. Inventarnos motivos celestiales que justifiquen tanta injusticia, tanto sufrimiento gratuito. Se nos da bien manipular los hechos constatables. Imaginar dioses que juegan a ser dioses con muñecos terrenales. Exorcizar los terrores primitivos a la oscuridad, al sueño eterno, a la intrascendente presencia de todos y cada uno de nosotros. Apostar por querer ser inmortales.
En esa estrella negra que me sirve de refugio fantasmagóricos árboles me mecen en sus ramas para salvaguardar mi siesta de peripatética poetisa sin versos ni poemas. ¿Qué es poesía? Y otra vez la mirada de mi perra, más humana que la mía, se clava en mi pupila.
Ya dijo Pessoa que el hombre no es animal (¡Ay quién pudiera!) sino carne inteligente. Pero casi siempre enferma. Todo cuanto escribimos y mentimos es igual que las flores iluminadas por la luz. Dependiendo de los ojos que las miran cambian los matices pero, en realidad, no quieren decir nada. Solo son lo que son. Flores de un día.
La felicidad no existe a solas, en esta estrella negra. Cohabita con el dolor y el sufrimiento. Igual que no se puede entender la noche sin el día. Ser feliz constantemente es como ser constantemente idiota. También el sol se entierra en el ocaso para cubrirse con un manto de negrura. Para dormitar y olvidar las amarguras que ilumina.
También el sol se está muriendo. Es el destino de todas las estrellas. Pero al contrario que nosotros no necesita edulcorar su suerte con mentiras.

DdA, XII/3207