viernes, 15 de enero de 2016

HABLAMOS DE LO COMÚN, PERMITIDME LA EMOCIÓN

Sofía Castañón

El día de ayer fue histórico. Cambió la media edad en el Congreso. Hubo menos corbatas y más palabras de lo acostumbrado en un inicio de legislatura. Hubo también más lenguas y nunca antes hubo tantas mujeres. El Congreso ayer se parecía más a las calles y las plazas. En el Congreso ayer muchas voces dijeron que nunca más un país sin su gente, nunca más un país sin sus pueblos.
El día de ayer fue elocuente. Comprobamos con la composición de la mesa cómo PP, PSOE y C's se entendían muy bien repartiendo sus votos y facilitando con sus abstenciones. Vimos cómo el partido más votado no proponía a nadie para presidir la mesa. Y vimos cómo se puede hacer un reparto bastante "apañado" de espacios de poder si tres fuerzas se ponen de acuerdo. Poco tiene que ver este entendimiento a tres con lo que la gente votó el 20D.
El día de ayer fue un cambio de paradigma que nos coloca frente a nuestras propias contradicciones. Quizás tendemos a ver escénico lo que es cotidiano en otros contextos. Quizás pensamos que pedirles a los políticos que acudan a una sesión de fotos en chandal es más disfraz que entender que lo harán en chaqueta (servidora tiene varios pantalones para correr y tan sólo una chaqueta). Quizás buscamos relatos que justifiquen lo que no precisa justificación (una de las cosas que me da confianza de estar en Podemos es ver bebés y niñas y niños en las asambleas, en las reuniones, en los actos...) Quizás pensamos que usar una lengua propia es un ejercicio de cara a la galería, mientras normalizamos que usar una lengua gremial que se nos hace incomprensible es cómo se ha de gobernar para todas y todos.
El día de ayer fue empírico. Y comprobamos de cerca cómo la mala educación que veíamos desde casa por la tele es más patente y agresiva desde dentro. Cómo se insulta, cómo no se respeta la palabra, cómo se quiere dar lecciones cuando no se tiene ningún, insisto, respeto. Es verdad que hay abucheos, que se dan golpes en el suelo, que interrumpen y hablan por encima de quienes en ese momento tienen el turno de intervención. Igual que es verdad que ayer escuché 68 voces valientes, que sin ninguna amplificación dijeron aquello que entendían debían decir, porque tomar la voz es tomar la responsabilidad.
Y sin duda, la mayor emoción la encontramos donde nunca se puede dejar de estar: en la calle. Desde ahí hacemos esto, para ahí el trabajo.
Hablamos de lo común. Con toda la importancia que tiene eso, permitidme hoy también la emoción.

DdA, XII/3185