sábado, 28 de noviembre de 2015

POR DIEZ BARRAS DE PAN


 Ana Cuevas
El sector de limpieza de edificios y locales en Aragón arrastra una larga historia de precariedad y abusos patronales. Hablamos de una actividad que desarrollan básicamente mujeres que pertenecen a los estratos más humildes de la sociedad. No son mileuristas ni en sus mejores sueños. Sus sueldos rondan entre los seiscientos y los ochocientos euros mensuales. Si añadimos a ello que la gran mayoría son tareas a tiempo parcial y contratos que no superan los seis días, comprenderemos que las limpiadoras encabecen esa nueva modalidad de trabajadores pobres que se ha impuesto desde que comenzó la crisis.
Sus reivindicaciones para el nuevo convenio, tras muchos años de congelación salarial, se centran en un incremento de cien euros brutos al año. El equivalente a diez barras de pan mensuales. Pero las empresas del sector han lanzado la insultante propuesta de una subida salarial de entre el 0,2 y el 0,4 %. Ninguna mejora en sus condiciones laborales, cobertura de bajas ni categorías profesionales. La oferta de las empresas supone algo menos de un euro al mes para quienes tengan la "suerte" de tener una jornada completa.
Se trata de empresas archiconocidas como Eulen, Valoriza, ISS, Grupo Norte o Ferrovial que han encontrado un filón de explotación en el que los costes de materiales son escasos y los sueldos ridículos.
Paradójicamente, dichas corporaciones trabajan, con mucha frecuencia,  para instituciones oficiales. El pastel se reparte entre poco mas de 15 empresas que, como es de suponer, anteponen el beneficio empresarial a la prestación de un servicio satisfactorio y a la mejora de las condiciones laborales de los empleados. La administración cierra los ojos  convirtiéndose en cómplice de las malas artes de la patronal.
El resultado del desprecio con el que se trata a este sector sirve para convalidar un hecho deleznable: Hoy en día se puede ser pobre por convenio.
Las limpiadoras no cuentan con la posibilidad de una movilización proporcional a su situación. Las trabajadoras están diseminadas, apenas tienen capacidad de reacción y sufren graves presiones por parte de sus contratadores. Son una presa fácil para la avaricia y el despotismo patronal.
Apelar a que el, recién creado, observatorio de la contratación intervenga en este asunto es imprescindible. ¿Acaso no estamos viendo la luz al final del túnel? En sus manos esta´ evitar que la luz que vislumbran las limpiadoras proceda de un tráiler dispuesto a reventar su dignidad. Si es que es posible hundir aún más en la miseria a este colectivo. 
Hace un par de años cayó en mis manos un libro: Le Quai de Ouistreham. Su autora, la periodista francesa Florence Aubenas, decidió meterse en la piel de una mujer de mediana edad y con escasa preparación que buscaba trabajo como limpiadora. Nos situamos en Francia, donde las condiciones son mejores que en nuestro país. Sin embargo, Florence pudo comprobar en carne propia la inestabilidad y los abusos que padecen este ejercito de humildes trabajadoras que componen la ultima trinchera de la precariedad laboral.
Recomiendo su lectura. En él Aubenas da voz a las sin voz. Es un libro imprescindible para entender la realidad cotidiana de muchas mujeres que la sociedad mantiene en la invisibilidad. Ellas limpian nuestras escuelas, nuestros centros oficiales. Ponen orden y aseo pese al caos laboral y la marginación de las que son objeto. A veces lo esencial es invisible a los ojos, ya saben.
Son diez barras de pan. En nuestro país somos testigos de escándalos de corrupción que han "limpiado" nuestras arcas para engordar las cuentas en Suiza de unos "piernas" con pedigrí y ningún escrúpulo. Ahora se habla de la remontada tras el saqueo y la mala gestión. A los políticos se les llena la boca con esa supuesta fulgurante recuperación económica. Si  les queda algo de vergüenza no pueden permanecer ajenos mientras las empresas que se han lucrado durante las vacas gordas escatiman unas migajas a las trabajadoras que han engordado su buchaca.
La lucha de este colectivo debería ser la de todas y todos los trabajadores. Son nuestro buque insignia contra la indignidad patronal y el cinismo de las instituciones. La delgada línea que separa a esta sociedad de lo execrable esta´ trazada por esas diez barras de pan.
En 1912, un grupo de trabajadoras del textil en Masachusets hicieron popular este himno: "Nuestras vidas no serán explotadas del nacimiento a la muerte;/ los corazones padecen hambre, al igual que los cuerpos./ ¡Pan y rosas!, ¡Pan y rosas!"
El pan es un buen comienzo. Pero no podemos olvidarnos de la dignidad de las rosas. Toda mi fuerza y millones de rosas compañeras. No estáis solas.
DdA, XII/3142