domingo, 15 de noviembre de 2015

MALDITO TERRORISMO


Antonio Aramayona
 
Europa y la América rica se ponen de luto de vez en cuando. La penúltima vez, por el asesinato de doce trabajadores de la revista satírica francesa Charlie Hebdo en enero de 2015. La última, en la noche de 13 de noviembre, también en París, con 128 personas asesinadas y varias decenas de heridos graves. En ambos casos, como común denominador, unos exaltados que creen librar una guerra santa contra los infieles perversos porque su dios así lo dictó: ellos se creen mártires, mientras el adversario queda convertido en maligno. Por eso a veces se forran de bombas o disparan a discreción para sacrificar al enemigo (cuantos más, mejor). ISIS o Al Qaeda o quien sea reivindican sus matanzas. Su fanatismo sueña con un Estado teocrático, con la uniformidad absoluta de las ideas y las costumbres acordes con su Libro sacro. Malditos sean, sí. Y hoy, mientras escribo, también soy francés desde el mismo momento en que unos seres humanos inocentes son absurdamente privados de sus vidas, esta vez en París.
Sin embargo, hoy también vuelvo a sentirme impelido a no dejar de mirar y poner de manifiesto otras caras de este inmenso y cochino poliedro donde vivimos. Escribí estas cosas a raíz de los atentados en el Charlie Hebdo, aunque un medio nacional no lo publicó “porque no era el momento”: podía decirse “je suis Charlie”, pero no “yo soy palestino” o sirio o jordano o afgano o libio o… Las banderas a media asta se ponen cuando mueren personas del Occidente rico (y de paso, se desatan guerras, estados de emergencia, luto nacional e internacional…), muertes que –repito- condeno y desapruebo profundamente. Pero tengo en cierto modo, una vez más, el alma rota porque nunca he visto decretado luto, banderas a media asta y condenas desde el poder por las miles de víctimas inocentes por los bombardeos en el Oriente Próximo desde aviones franceses, rusos, británicos y otros países de la OTAN (esa OTAN que está jugando con sus juguetes, despilfarrando el dinero de la ciudadanía cada vez más empobrecida, desde hace semanas en nuestro país, en mi ciudad).
Dicen que ahora los “terroristas” se comunican y organizan a través de las redes de Internet y similares para asesinar más y mejor, pero también sabemos que centenares de drones, guiados desde algún búnker hipertecnificado sito en los Estados Unidos de Norteamérica, sobrevuelan no pocos países árabes e islámicos, achicharrando desde el cielo a quienes consideran líderes o cabecillas de grupos “terroristas”, que planean sembrar algún día el terror en nuestras calles y barrios, donde últimamente parece preocupar sobre todo la contaminación. Son tan condenables los unos como los otros. Es el mismo terror, son tan terroristas los unos como los otros.
Ningún Estado rico adscrito a la OTAN,  y por consiguiente aliado de un Israel intocable (así lo decreta el capital de Wall Street y otros centros financieros donde diariamente se perpetra la estafa mundial a la humanidad), se ha visto oficialmente concernido o ha decretado luto nacional o ha puesto sus banderas a media asta o ha liado una guerra por los muros de Cisjordania y Gaza, o en algunos barrios pobres y cada vez más sumidos en el aislamiento y la miseria del Jerusalén no israelí, o las vallas –de fabricación española- en Ceuta y Melilla, Hungría, Eslovenia, Serbia, etc. La UE no quiere vino de los territorios ocupados con etiqueta ”made in Israel”, pero no ha forzado alguna medida que restituya al pueblo palestino algo de su libertad y su dignidad.
¿Cuántos seres inocentes mueren cada día en Palestina, Irak, Afganistán, Siria debido a la política de mirar hacia otro lado y tener los brazos cruzados por parte de los países ricos, dueños de la energía, los alimentos, las armas y el dinero. ¿Acaso hay peor “terror” que saberse condenado a la mugre o a la muerte desde niño? ¿Acaso han mostrado esos países ricos otro deseo mayor que poseer y controlar todas las fuentes de energía y las zonas geoestratégicas del planeta?
Sin embargo, las grandes empresas de fabricación y comercialización de todo tipo de armamento necesitan venderlo, necesitan conflictos alejados de sus fronteras, necesitan el miedo de la gente, necesitan hacer de la seguridad el principio por antonomasia, necesitan de gente que considere peligrosos y alienados a quienes consideren que las armas y los ejércitos deberían irse todos –sin excepción- al carajo, que el dinero presupuestado para armas y ejércitos debe destinarse a hacer efectivos los derechos humanos de todas las personas del mundo, que así no habría otros terroristas que quienes lo están alimentando para seguir haciendo negocio. Personalmente, soy una de esas personas, aun a riesgo de que me sigan considerando peligroso y alienado. 
 
DdA, XII/3131