miércoles, 25 de noviembre de 2015

ALGO HUELE A PODRIDO EN CATALUÑA

¡Si Companys levantara la cabeza!, vería a Mas respondiendo a Montoro al ritmo de ranchera: “amb diners i sense diners jo faig tot el que vull i la meva paraula es la llei”.

Esperanza Ortega

No me negarán que el olor a estiércol que invade la capital catalana desde el miércoles pasado –Día Internacional del Retrete- podría interpretarse como correlato simbólico de los sucesos políticos. Y pongo a Dios por testigo de que, hasta hace muy poco, mi cariño y admiración hacia la ciudad de Barcelona coincidía con los que Cervantes expresó en su elogio: “archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos, y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única.”. Quizá esta empatía tenía origen en mi cuarto apellido: Company -no es mérito mío, es que una de mis abuelas era menorquina-, aunque solo domino el catalán cantado, -de eso tiene la culpa Raimon,  Mª del Mar Bonet, Serrat, Lluis Llach…-.Sin embargo, no voy a ocultar que en los últimos tiempos, al descorrerse la cortina, no me ha gustado nada lo que había detrás. ¡Sí, soy de esas tontas que creían que Cataluña estaba más lejos de la imagen esperpéntica de la España que Valle Inclán definía como “una deformación grotesca de la civilización europea”. Y resulta que no, resulta que los catalanes pueden ser incluso más grotescos que nosotros. Dos ejemplos:  el “juego de las urnas”, al que se prestaron igual que los niños en un cumpleaños aburrido, o la proclamación de la República Catalana, tan semejante al anuncio de IKEA. ¿Y qué decir de Mas, el heredero de Pujol? Lo dice Espriu en estos versos: “a veces puede ser necesario que un hombre muera por un pueblo, pero nunca que todo un pueblo muera por un solo hombre”. En lenguaje figurado, es lo que pide Mas a los suyos, que se sacrifiquen y hagan un castell hasta el cielo entre todos, encima de la tapadera que oculta su propia corrupción. Me doy la vuelta y, al hacerlo, ¡qué susto!, me topo con Albiol, el gigante del sastrecillo valiente, ¿Es que los del PP no tenían más que a ese impresentable? Mientras los socialistas bailan al son que más calienta, solo nos queda la Bella Ciudadana, un piquito de oro que parece que sabe lo que quiere, Pero ella también se acopla al papel que le asigna la situación escénica. Si no, ¿por qué se puso aquellos coturnos para hacerse la foto a la puerta del juzgado el día que denunció ante el Tribunal Constitucional al parlamento independentista? Aquellos tacones cambiaron su look virginal a lo Murillo por el de una Cruella de Vil cualquiera. Dirán que es rastrero criticar a una política por sus zapatos, pero es que me temo que los zancos tenían la función de ponerle a la altura de Albiol, a quien nunca debería haberse arrimado. Así las cosas, si la CUP fuera menos parecida a un partido político de los tebeos de Mortadelo y Filemón, pensaría que, por ahora, están siendo los más coherentes. “Nunca la tuve, pero me tiene”, decía un trovador catalán. Eso podían decir antes los independentistas catalanes sobre su amada tierra, añorada, ideal, cuando el aire de las Ramblas aún olía a rosas recién cortadas. Hoy se ha esfumado ese perfume, hoy huele peor que Dinamarca en los tiempos de Hamlet. ¡Si Companys levantara la cabeza!, vería a Mas respondiendo a Montoro al ritmo de ranchera: “amb diners i sense diners jo faig tot el que vull i la meva paraula es la llei” Y recitaría tristemente, de nuevo con Espriu, antes de regresar a la tumba: “Quizás mañana vengan otra vez lentas horas de claridad”. Porque los muertos son así, nunca renuncian a sus ideales.