viernes, 25 de septiembre de 2015

DEMOCRACIA, RESPETO MUTUO Y CONVIVENCIA

Einstein decía que los males del mundo no se deben a los per­ver­sos sino a los que les consienten: mantener el peso de esa idea en la cons­ciencia de una manera prolongada es demasiado oneroso para el equi­librio mental.

Jaime Richart

Tengo una economía holgada para mis necesidades mínimas, las pre­cisas de un espíritu austero en un cuerpo que goza de buena sa­lud. Y esto me sucede en tiempos en que la desigual­dad, que siem­pre ha existido en todas partes, se hace mucho más lacerante en España por tres causas especialmente: porque se ha conocido el bienestar para to­dos durante al menos dos décadas, porque hace mucho que se es­fumó el pretexto de que el mérito y el es­fuerzo explican y justifican la promoción social, y porque en fin la inteligen­cia crítica ha alcan­zado un alto nivel de desarrollo que le hace so­portar pero no asumir que los opu­lentos lo son, en la mayoría de los casos, por su habilidad para apropiarse de lo público. Entre otros motivos, porque si el rico rin­diera debidamente cuentas al Fisco no podría serlo hasta los extre­mos conocidos...


Me gustaría tener una vida en plenitud en lo que me quede de ella. Pero no puedo conseguirlo. Obvio los males de la humani­dad, por­que si me afectasen anímicamente mucho tiempo me aplastarían. Por consiguiente los solapo como buenamente puedo arrinconándolos en mi consciencia. Pero me es imposi­ble obviar los de mis compatrio­tas. Son tantos y tan cercanos los y las que malviven sin que los pode­res del Estado les evite el sufrimiento, que la capacidad que aún me queda para gozar de la vida está blo­queada por una mezcla de tris­teza y de suble­vación tanto interior como externa: dos sentimien­tos contra­puestos que a veces me esta­llan en el pecho. No otra cosa pro­voca la desmedida ambición y el egoísmo extremo de los poten­ta­dos, de los opulentos, de los malhechores públicos y de los consentido­res. Aunque también me llegan de manera pun­zante cuando quienes forman parte de mi relación y en lo más trivial de la conversación aflora la ari­dez de su alma en cuanto se toca cual­quier aspecto de la humani­dad doliente o de nuestros más cercanos compa­triotas deshereda­dos de la fortuna y sin esperanza alguna.


Einstein decía que los males del mundo no se deben a los per­ver­sos sino a los que les consienten: mantener el peso de esa idea en la cons­ciencia de una manera prolongada es demasiado oneroso para el equi­librio mental. Pero es un principio rector te­nerlo en cuenta en  aquellas ocasiones que podamos impedir o evitar el daño. Y con ma­yor motivo debiera serlo para quie­nes están al frente de responsabilidades públicas. Pero tampoco se puede confundir la tole­rancia que hacen noble a un indivi­duo o a un pueblo, con el consenti­miento del abuso, de la opre­sión y de la abyección. Pues esta clase de permisividad, empa­rentada con la abulia, con la pusilanimidad o con la cobardía es justo la actitud pasiva a la que se refiere el genio cuando dice que el mayor daño viene de ahí. En todo caso lo pueblos más desarrollados no se despreocupan de lo que aun no siendo pro­pia­mente suyo está ligado al bien de todos, y por eso lo prote­gen de diversos modos. Y es que en una democracia verdadera toda la ciuda­danía se implica para preservar el sistema de convi­vencia en paz hasta en la insignificancia.


Los individuos de una sociedad, en los aspectos puramente bio­lógi­cos forman como una familia de puercoespines -dice Schopenhauer: deben estar lo suficientemente lejos para no pin­charse y lo suficiente­mente cerca para no pasar frío. Las ciu­dadanas y ciudadanos de toda sociedad humana responsable saben combinar el respeto mutuo con el deber de vigilar que la conducta de todos no entrañe peligro para la colectividad. Claro que para concertarse la ciudadanía en esa tarea, an­tes debe sentir ella misma el respeto de los poderes y de las institu­ciones del Estado, y más antes todavía tener todas sus necesida­des básicas cubiertas. Confiemos que en España el nuevo impulso de­mocrático llegue con la suficiente fuerza co­mo para que gobernantes y gobernados comprendan y asuman todo esto.

DdA, XII/3089