viernes, 4 de septiembre de 2015

CATALUÑA, FELIPE GONZÁLEZ, EL MIMETISMO Y LA CRIPSIS

 Su amigo Willy Brandt solía decir que quien a los veinte años no es de iz­quierdas es porque no tiene corazón, y quien a los sesenta no es derechas es porque no tiene cabeza.

Jaime Richart

La naturaleza del político común -y en España el político común es mayoría por la escasa experiencia de la política con mayúsculas en el país y por la idiosincrasia del español- perte­nece, según los casos, al mimetismo o a la cripsis. La diferen­cia entre el uno y la otra radica en que el mimetismo consiste en que un ser vivo se asemeja a otros de su entorno, y la cripsis en que el ser vivo se asemeja al propio entorno donde vive para asegurar su supervivencia.

La ordinaria en el político común es la del mimetismo desvergon­zado, cuando no la del escorpión que aguijonea con ucases (decretos del zar) o recurre al cuartelazo para mantener su poderío... La propiedad de la cripsis en el político es, o puede ser, coyuntural, como lo es en este momento el trance catalán.

La alta política, la política "noble" (si existe) es la que evita el cuerpo a cuerpo. Pero eso y la flexibilidad de que se hace acompa­ñar es una cosa y otra muy distinta la adaptabilidad ram­pante del político villano  que se resiste a perder protago­nismo o por simple extravagancia. Me refiero al político que aprovecha el hecho de que el entorno más allá de la Cataluña estricta no le es favorable a este territorio más que para presu­mir ante el mundo de las grandes cosas y lugares que le pertene­cen.

El caso es que a juzgar por la carta del ex presidente González publicada en un periódico de primera línea sobre el derecho a decidir de Cataluña, la cripsis a que me refiero es el rasgo que destaca en este caballero. Y digo esto, porque el entorno que predomina en una España dominada desde el principio de esta dudosa democracia por fuerzas visibles e invisibles herederas de la dictadura y por factores que se encuentran desde en la línea editorial de los medios oficialistas hasta en la amenaza subyacente del estamento militar, es mucho más proclive no ya a la no secesión, sino a impedir que Cataluña ejerza su derecho a decidir. Y a esta tendencia se apunta este expresidente, falso socialista y consejero "hidroeléctrico" con más de  cien mil eu­ros euros de paga al año que, para su mayor baldón, él mismo privatizó.

Pero hay que recordar que no siempre fue así. González  y su partido en los inicios de este régimen reconocieron en su día la pluralidad del estado español, hasta el punto de admitir para Cataluña el derecho de autodeterminación. Ahí están los docu­mentos escritos por el partido durante la clandestinidad. En ellos se recoge la idea de que Cataluña, en una España democrá­tica, debería tener el derecho de autodeterminación, que no es ni más ni menos que el derecho a decidir por parte del pueblo catalán sobre su futuro. Un derecho ampliamente apoyado según las encuestas, por el 80% de la población que vive en Cataluña.

Por eso digo que González es un miserable. Primero por no percatarse de que la "transición" en la que se apoya, primero pudo no ser tan modélica como él la califica al dominar de punta a cabo en el clima social la derecha que llegaba de la dicta­dura, segundo porque su vida personal contradice al socia­lismo (los renegados son los mayores enemigos de la fe reli­giosa o de la fe ideológica que profesaron), y tercero porque no es capaz de descubrir en sí mismo que desde hace mucho viene haciendo buena la diagnosis de su entonces amigo Willy Brandt, que solía decir que quien a los veinte años no es de iz­quierdas es porque no tiene corazón, y quien a los sesenta no es derechas es porque no tiene cabeza.

En resumen que la diferencia entre la derecha española y este ex presidente español consiste, exclusivamente, en que en la mayoría de los casos aquella se ha enriquecido súbitamente desva­lijando lo público, mientras que él se ha enriquecido paulati­namente, ha traicionado al pensamiento socialista y a quienes lo siguen profesando, y olvida bellacamente aquellos sus papeles que reconocían el derecho a decidir de Cataluña.

DdA, XII/3069