miércoles, 2 de septiembre de 2015

CARLOS SAHAGÚN: INSTRUIDO A DESAPARECER SIN QUE NOS PERCATÁSEMOS


Lazarillo

Apenas he leído en los medios referencias sobre la muerte del poeta Carlos Sahagún (Onil, Alicante, 4 de junio de 1938 - ibídem, 28 de agosto de 2015), que en 1980 obtuvo el Premio Nacional con su libro Primer y último oficio, publicado un año antes. Años atrás, había descubierto yo a este extraordinario poeta y así lo hice constar en un artículo que publiqué a propósito de uno de sus poemarios, creo que se trataba de Estar contigo, pero no lo podría asegurar.  El primero de los que publicó Sahagún fue Hombre naciente, que  data de 1955 y está compuesto por un conjunto de sonetos que luego desestimaría por creerlos demasiado adscritos a la influencia de Miguel Hernández. Dos años más tarde, con Profecías del agua, consiguió el premio Adonais, que en las ediciones anteriores habían logrado otros dos excelente poetas, Claudio Rodríguez y José Ángel Valente. 
Cuenta Ángel Luis Prieto de Paula hoy en su obituario sobre Sahagún, publicado en el diario Información de Alicante, que después de obtener en 1980 el Premio Nacional de Poesía, el poeta quiso desaparecer del escaparate literario:  "Todavía en 1995 -añade Prieto de Paula- me dio autorización para incluir poemas suyos en una antología colectiva; pero algunos años después me la negó para editar su poesía completa. Sahagún era alguien habituado a decir no: a entrevistas, congresos, fama póstuma, manuales de literatura". También aporta este artículo algunos datos profesionales y el rasgo más singular de su personalidad: "Catedrático de Instituto, se escapó de la tarima, a la que regresó tras ejercer de inspector educativo un tiempo. Su carrera docente la había empezado en Exeter (Inglaterra); para terminarla volvió a irse de una España a punto de morir de éxito, esta vez a Palermo. Era bueno, en el buen sentido de la palabra. Ahora ha muerto sin dar tres cuartos al pregonero: estaba instruido en desaparecer sin que nos percatásemos". En su libro Como si hubiera muerto un niño (1961) evoca la infancia de un niño de la primera posguerra que conoció la vejación y el dolor de los vencidos. Y aunque Sahagún es un espléndido poeta amoroso, no quiso que los gozos del amor hiciesen olvidar una guerra donde «murieron tantos justos, tantos pobres». Por su título, Estar contigo (1973) hace pensar en un volumen amoroso; y aunque lo es también, ante todo es el gran libro de poesía cívico-política de su generación. Con Franco aún vivo, hay un poema necrológico que celebra su desaparición y la democracia que vendría: «Mientras vivió, permaneció en lo alto. Hoy quedan, / retratos pisoteados, libros y panegíricos, / y algo como un horror en la conciencia / colectiva»...
"Pero la democracia que llegó lo decepcionó -termina diciendo Ángel Luis-. De esa amargura y de su pesimismo consustancial da cuenta Primer y último oficio, punto final de su obra. Ese libro está entre los más bellos, atribulados y sombríos de su tiempo histórico, quizá solo parangonable a alguno de Antonio Gamoneda, aunque más sobrio y menos desgarrado y vehemente. Es verdad que en la poesía solemos buscar una suerte de consolación; pero, paradojas del dolor, resulta difícil no sentirse redimido por esa luz crepuscular de Sahagún, que muestra la vida como un derrumbadero de sueños: «los navíos no zarparán, / las islas remotas no existen»". Con toda seguridad, esa decepción ante el tiempo político que sucedió a la dictadura fue determinante para que Carlos Sahagún se retirase de la escena pública y llegara al fin de sus días rodeado del inmerecido silencio mediático al que hemos asistido, sin que por desgracia nos sorprendiera.

 En el principio, el agua...
 
En el principio, el agua
abrió todas las puertas, echó las campanas al vuelo,
subió a las torres de la paz -eran tiempos de paz-,
bajó a los hombros de mi profesor
-aquellos hombros suyos tan metafísicos,
tan doctrinales, tan
florecidos de libros de Aristóteles-,
bajó a sus hombros, no os engaño,
y saltó por su pecho como un pájaro vivo.
Ah, no te olvido,
a ojos cerrados te recuerdo tapiando las ventanas,
sobre el papel en blanco de la vida
dejando caer tinteros y palabras de piedra.
Y era lo mismo: yo seguía puro;
los últimos de clase, los expulsados por llevar ternura
                                                           en los bolsillos,
seguíamos puros como el viento.
Antes de Thales de Mileto,
mucho antes aún de que los filósofos fueran
                                                               canonizados,
cuando el diluvio universal,
el llanto universal,
y un cielo todavía universal,
el agua contraía matrimonio con el agua,
y los hijos del agua eran pájaros, flores, peces, árboles,
eran caminos, piedras, montañas, humo, estrellas.
Los hombres se abrazaban, uno a uno,
como corderos, las mujeres
dormían sin temor, los niños todos
se proclamaban hijos de la alegría, hermanos
de la yerba verde,
los animales se dejaban
llevar, no estaban solos -nadie estaba solo-,
y era feliz el aire aun sin ponerse en movimiento,
y en el espejo de unas manos llenas de agua
iba a mirarse la esperanza, y estaba limpia, y sonreía.
(Aquí quisiera hablar, abrir un libro -aquí,
en este instante sólo-
de aquel poeta puro que sin cesar cantaba:
"El mundo está bien hecho, el mundo está
bien hecho, el mundo
está bien hecho ..."  -aquí, en este instante sólo-.)
¡Y cómo no iba a estar bien hecho,
si en aquel tiempo las palomas altas
se derretían como copos,
si era inocente amarse desesperadamente,
si las mañanas claras, recién lavadas, daban
su generoso corazón al hombre!
Aquello era la vida,
pero,
cuando entraron los lobos, después,
                                            despacio, devorando,
el agua se hizo amiga de la sangre,
y en cascadas de sangre cayó, como una herida,
cayó sobre los hombres
desde el pecho de Dios, azul, eterno.

DdA, XII/3067