viernes, 21 de agosto de 2015

MÁS DE MIL NIÑOS DE LA GUERRA SALIERON DE GIJÓN HACIA LA URSS

Foto de GIJÓN En Retrovisor.


Manuel de Cimadevilla

Tras desembarcarlos el destartalado carguero francés en Saint Nazaire pasó a recogerlos el buque blanco Kooperatsiia, con la bandera roja de la hoz y el martillo y tras hacer escala en Londres se repartieron con el barco Félix Dzerzinski, bautizado así en homenaje a quien había sido en 1917 el inventor de la checa soviética. Ante el avance de las tropas llamadas nacionales que se habían levantado en armas contra la II República, más de un millar de niños partieron del puerto de Gijón en la noche del 23 de septiembre de 1937 a bordo del desvencijado carguero francés ‘Deriguerina’ que tenía su base en el puerto de La Rochelle. El barco zarpó de madrugada entre lágrimas, gritos, órdenes, explosiones de obuses y bombas, según han contado algunos historiadores.
El investigador en el Área de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo, Sergio Sánchez Collantes, se hizo eco de un testimonio sobre aquella dolorosa efemérides framiliar.
«Hijos, os voy a enviar a Rusia. Permanecer aquí es muy peligroso para los niños. Ya sabéis que la aviación sublevada nos bombardea constantemente y tengo un miedo horroroso de encontraros un día sepultados bajo los escombros de casa. Por eso quiero que os vayáis».

Estas palabras –u otras similares– las escuchó de boca de su madre uno de los niños que salieron de Gijón en 1937. Quien lo trajo al mundo, con voz temblorosa y armada de valor, adoptaba así la que seguramente constituyó la resolución más difícil de su vida.
El testimonio extractado corresponde a Ángel Rodríguez. Lo recogió hace años Enrique Zafra y hoy forma parte del archivo salmantino rebautizado como Centro Documental de la Memoria Histórica. Se trata de uno de los llamados ‘niños de la guerra’, una categoría en la que los historiadores y la ciudadanía de a pie reconocen a los cientos de menores que fueron evacuados durante la guerra civil española. Desde 2005, un monumento les rinde homenaje en el paseo de la gijonesa playa del Arbeyal. Y la escultura precisamente es obra de uno de ellos, Vicente Moreira Picorel, que ya ha fallecido.
DOS HIJAS DE MI PADRE VIAJARON EN AQUEL
BARCO Y UNA DE ELLAS MURIÓ DE PENA AL
POCO DE LLEGAR A LENINGRADO
En él viajaban dos hijas de mi padre Manuel Fernández Menéndez "Manolo Jovina" –quien se encontraba construyendo fortines en el puerto de Tarna, a las órdenes del comandante republicano Manuel Sánchez Noriega “El Coritu”: Lolina –quien pasó toda la larga travesía llorando y murió de un fallo del corazón a los pocos días de llegar a Leningrado, ante la honda pena que le había causado separarla de sus abuelos con los que vivía, ya que era huérfana de madre- y Ana, a quien conocí en Gijón después de haber muerto mi padre. Ellas estuydiaban en el Asilo Pola y la autorización para que viajasen fue firmada por su tía Anita quien vivía en El Cerillero, lo que supuso un gran disgusto para mi padre cuando regresó del frente de Tarna y se enteró. Ana me contó que era un carguero oscuro, muy destartalado y en el que ni había comida para alimentarles. Tuvieron que viajar en las bodegas sobre paja y abrigándose del frío con unas mantas. Del viaje siempre guardó con amargura lo mal que todos lo pasaron.
Aunque el rumbo del carguero francés inicialmente era hacia Burdeos, el acoso en alta mar del “Almirante Cervera” les hizo variar su destino y desembarcar al millar de niños en Saint-Nazaire donde los recogió el buque soviético “Kooperatsiia” (Cooperación), en el que ya más cómodos hicieron la larga travesía hasta Leningrado. Tras hacer escala en Londres, la mitad de ellos pasaron al barco Félix Dzerzinski y ambos barcos, tras una larga travesía de dos semanas por tres mares con constantes oleajes –lo que provocó mareos y vomitonas a la mayoría de los niños- que solamente amainaron al atravesar los mares del Báltico, dos semanas después llegaron al puerto de Leningrado donde fueron recibidos por las autoridades con bandas de música, como si se tratasen de héroes.
Mi hermana Ana me contó que aquel recibimiento les emocionó, aunque a su hermana Lolina tampoco se consoló y siguió llorando de desesperación.
No había sido por casualidad el recibimiento oficial, ya que se trataba de una campaña propagandística contra el fascismo en España- A todos los niños les facilitaron medios para lavarse, ropa marinera y comida, además de ser revisado su estado de salud por parte de los médicos soviéticos.
Desde allí se les distribuyó en centros de acogida que se llamaban “Casas de niños” que pertenecían a los sindicatos e, incluso, en algunos palacetes expropiados durante la llamada Revolución de Octubre.
EL AFAMADO MAESTRO PABLO MIAJA,
AL FRENTE DE LA EXPEDICIÓN
Al frente de la expedición marcharon Pablo Miaja, un viejo maestro republicano de gran prestigio en Oviedo, y su mujer, así como otras maestras, maestros y educadores, hasta un total de cuarenta. Entre las maestras se encontraban Libertad Fernández Inguanzo, Luz Mejido, María Bayón, María Luisa Rodríguez... que fueron quienes se encargaron de su Educación, de acuerdo con el sistema soviético.
Según los datos facilitados por historiadores, a finales de 1938 había dieciséis casas en toda la Unión Soviética. Once de ellas se situaban en la actual Federación Rusa: entre ellas, una en el centro de Moscú (conocida como Pirogóvskaya), dos en la zona de Leningrado (una en Pushkin, actual Tsárskoye Seló; una en Óbninsk) y 5 en Ucrania (entre ellas, una en Odesa, otra en Kiev y otra en Eupatoria). La vida en general en las Casas de Niños es recordada por los mismos como un paréntesis alegre entre las dos guerras cuyas consecuencias sufrirían, ya que pronto también serían víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
Mi hermanastra Ana acabó residiendo en Yalta (Crimea) donde se licenció en Farmacia.

La primera vez que escuché la voz de mi hermana Ana fue gracias a un disco de cartón -que solamente se podía reproducir algunas veces- que llevaba un paisaje de Yalta con un ciervo y ella cantaba el cuplé de Juan Martínez Abades "Serrranillo"..
Mi padre tardó muchos años en lograr saber del destino de sus hijas. Debido a que no podía recibir correspondencia de la URSS, a través de un inglés quien recibía sus cartas y las cambiaba de sobre. El inglés y su esposa nos visitaron en Gijón, a finales de los años cincuenta, y viajaban en un espectacular descapotable que causó furor, ya que en aquellos tiempos no circulaban ese tipo de automóviles. 
MI VISITA A LA CASA DE ESPAÑA EN MOSCÚ
CUARENTA AÑOS DESPUÉS
En 1977 fui a Rusia y en Moscú me reuní con mi hermana Ana y sus dos hijos. Yo estaba empeñado en ir a visitar la Casa de España, que estaba en la céntrica calle Kuznetsky Most, muy cerca de la KGB, pero mi hermana se oponía hasta que le dije que iría con o sin ella. Así que no le quedó otro remedio que acompañarme. De regreso a Gijón escríbi entonces este artículo en El Comercio:
“A los españoles que encontramos en la “Casa de España” les gusta que les llamen “los españoles del alma partida”. Y la palabra Asturias despierta vivencias insondables dentro de su ser. La “Casa de España” –que está muy cerca de la Lubianka- se encuentra en el segundo piso de un viejo edificio que no tiene nada especial. En el primero se encuentran las dependencias de la Cruz Roja. Allí todo es muy normal: carteles turísticos españoles, panfletos antidictadura fascista, unos cuantos desocupados jugando a las cartas y un póster de Dolores.
Desde que el Partido Comunista de España –entonces con sede en París- protestó por la invasión de Hungría en 1956 por parte de las tropas soviéticas, allí no entró un rublo más. La “Casa de España” tiene quizás por eso un humilde salón de actos y las sillas –de madera y plegables- están de cara a la pared. En el escenario hay una gran pancarta que dice: “Viva el heroico Partido Comunista de España” y todavía se recuerda una prodigiosa actuación de Paco Ibáñez allí.
Algunos españoles de la “Casa de España” se saben de memoria “A galopar”. Francisco Fernández “Pancho”, que muy bien pudiera considerarse como un predecesor de eso que hemos quedado en llamar la “Nueva Canción Asturiana”, me recita versos de Alberti con emoción. “Pancho” es un gran hombre que escucha todas las noches la Radio Pirenaica, vive minuto a minuto lo que pasa en España y lee, cuando puede, “Triunfo”, “Cuadernos” y “Cambio 16”…
De una sala a otra, saludando a unos e interesándose por otros -alegre y vivaracha- está una mujer gordita y baja. Elena, la que había sido secretaria de "La Pasionaria".
Los españoles que vamos a visitar la “Casa de España” queremos hablar de Rusia y los españoles –que nos reciben con los brazos abiertos y llevan allí cerca de cuarenta años- quieren hablar de España. A caballo entre los dos mundos –y con sumo respeto hacia los dos- hablamos, pensamos, discutimos y comparamos. Hasta que nos dicen:
-Los problemas de Rusia que los arreglen los rusos. A nosotros, lo que nos interesa son los problemas de España y ver las posibilidades que hay para solucionarlos. Nosotros somos españoles…
Lo españoles de la “Casa de España” quieren volver. Pero no saben cómo ni cuándo… Ahora -tras unas gestiones realizadas durante el último congreso de los Partidos Comunistas de la Unión Soviética- han conseguido que la pensión de jubilación que pueden recibir a partir de los sesenta años, se la respeten y envíen en el caso de que vengan a vivir a España. Pero su tragedia es la incógnita de si esas nueve mil pesetas que les quedan como pensión, que es el máximo sueldo que ellos cobran en Rusia, les puede servir y bastar para vivir humildemente en España. Yo les digo que tal como están las cosas, no…
Los españoles de la “Casa de España” no saben qué pueden hacer. “Entonces tendremos que seguir trabajando…”
La “Casa de España” -como el Centro Republicano Español de México- es todo un rincón de nostalgias compartidas”.

Gijón en Retrovisor  DdA, XII/3060