domingo, 9 de agosto de 2015

EL CAPITALISMO FINANCIERO ES ULTRAJANTE PARA UN TERCIO DE LA POBLACIÓN

 Los nuevos gobiernos locales tienen por delante la misión ingente de superar un sinfín de obstáculos, remontando contratos cerrados, presu­puestos comprometidos y un modo de entender y de hacer política pro­pio de sociedades descompuestas. 
Jaime Richart

Para los que necesitamos escribir como el comer a cam­bio de nada y siendo España como es, este sistema y este país son una mina para el crítico y para la crítica. Ya me gustaría, no obs­tante, no tener tantas oportunida­des, pues eso me permitiría prestar atención a otros as­pectos más atractivos de la realidad y menos incompati­bles con ese montón de estridencias y di­sonancias que nos golpean el alma a los que conservamos in­tacta la sensibilidad tanto individual como social.

El sistema no tiene arreglo. Así es y así será hasta que una si­tuación extrema en todo el planeta (clima+demografía) desem­boque en una dictadura uni­versal. Pero mientras vivamos aje­nos a ese futuro, burla burlando, España, una vez más, duele. Y duele mucho por culpa de unos ejércitos de ladrones que se in­filtraron en la política de un partido que ha gobernado en mayo­ría absoluta en multitud de pueblos y ciudades, y go­bierna aún con ella en el poder central. Ese haber estado y estar fuera de todo control eficaz, hace más execrables sus actos de despil­farro y de expolio, y su cobardía más repulsivos a sus miem­bros. Los ladrones de otras fac­ciones son casi testimo­niales y comparables en número a los que pueda haber en cual­quier otro país que pueda parecernos digno de imitar.

Pero es que en España, por si fuera poco, el modelo produc­tivo asociado a lo que llamamos "el sistema" en tantos aspectos odioso, funciona con arreglo a unos en­granajes chirriantes le­gados en más o en menos por el dictador y llevados a una Constitución y a una forma de Estado que favorecieron todo lo que de escandaloso ha sucedido y que ahora se sabe. Los de­más países que gravitan en torno al sistema capitalista asu­men el modelo con cierta prudencia y discreción, pero en España lo exaltan justo los mismos que con su com­portamiento lo pros­tituyen con el único objeto de exten­der cortinas de humo y de paso denostar a los países que se rigen por un socialismo más o menos ajustado. Por eso, así como en unas naciones (por ejem­plo las nórdi­cas) el sistema puede justificarse porque la des-igualdad en ellos es casi irrelevante, no se conoce la pobreza y la indigencia acaso pueda ser voluntaria, en España, alar­dear de que éste es el menos malo de los sistemas posi­bles no puede ser más hiriente y ofensivo para grandes sectores de población. Pues ya quisieran millones de personas tener menos libertad y a cambio vivir sin de­pender de la caridad, de la generosidad ajena o de la fi­lantropía. Habría que preguntarles, además, de cuánta libertad sienten disponer aquí como no sea la de quitarse de en medio o incendiarse con todo el país.

Un sistema en el que la libertad de mercado es una qui­mera, donde el mérito y el esfuerzo son espejuelos y donde la inicia­tiva privada, que en otro tiempo pudo te­ner sentido y mordiente en los países del Nuevo Mundo por serlo, ha perdido todo su razón de ser desplazada o expulsada por la iniciativa de casino. Destructivo, histé­rico, hipócrita y cínico a un tiempo, si el ca­pitalismo fue siempre estructuralmente injusto, en España no ya el in­dustrial sino el financiero resulta especialmente ultra­jante actualmente al menos para un tercio de la pobla­ción.

Así resulta que las contradicciones, los engaños y las oportunidades para los desaprensivos, para los ladrones de lo público y para los antisociales en esta sociedad es­pañola en tantos as­pectos infantilizada y primaria por­que no ha llegado a cuajar una verdadera educación cívica atacada desde todas partes, si­guen siendo colosales. Los contrastes son de corte casi medie­val. Junto a retribuciones fabulosas de personajes de la política en activo cuya única funciona­lidad se reduce a charlatanear (y a menudo mal), y de otros ya retirados pero largamente retri­buidos cuyo pa­pel se reduce a figurar, los salarios, es decir, las retribu­ciones irrisorias de las que incluso carecen en absoluto millones de personas, son propias de siervos de siglos para ol­vidar; los derechos, los privilegios, las canonjías y las preben­das de que disfruta una parte de la sociedad en contraste con los que niega a la otra parte, son tan es­candalosos que sólo los ri­cos y los patrioteros de maga­zin pueden atreverse a justificar.

España, por todo esto y por otros aspectos que requieren aten­ción aparte, social y políticamente está a la altura de los países del mundo más disparatados. Y los nuevos gobiernos locales tienen ahora por delante la misión ingente de superar un sinfín de obstáculos, remontando contratos cerrados, presu­puestos comprometidos y un modo de entender y de hacer política pro­pio de sociedades descompuestas en las que un nutrido grupo de salteadores disfrazados de políticos se han pasado décadas ideando y trabajando sólo para ver cómo podían desvalijar a este país... y consiguiéndolo. Por todo esto es por lo que Es­paña duele.

DdA, XII/3049