Dadas las circunstancias que atraviesa la Europa Vieja del sur del continente, los cambios profundos tanto en la política como en toda la
sociedad son absolutamente imprescindibles.
Jaime Richart
Cuando están tocando las trompetas del Apocalipsis, y no sólo en Grecia sino en el mundo entero como
consecuencia de un cambio del clima global que parece irrevocable cuyos efectos
en las cosechas y en el agua potable ya hace tiempo que se vienen haciendo
notar, no son oportunos análisis
minuciosos de lo que nos espera; lo mismo que es un dicho popular, que no es
prudente hacer cambios en tiempos de tribulaciones. Pero esto es hasta ayer,
porque dadas las circunstancias que atraviesa la Europa Vieja del sur del continente en los que para muchos precisamente son tiempos
de tribulaciones, los cambios profundos tanto en la política como en toda la
sociedad son absolutamente imprescindibles.
No obstante y pese a que peligran la estabilidad de esa Europa y
los intereses de los grandes poseedores, la vida no se acaba con la crisis
griega ni con la futura crisis española ni con la de ningún otro país. Con euro y sin euro, lo que piden a gritos millones de seres
humanos es remover la brutal desigualdad social. Y para ello es preciso un
cambio de mentalidad. Un
cambio brusco de mentalidad, tanto de los
gobernantes que debieran
dar un ejemplo que no dan, como la de los gobernados con un pasar o sencillamente
acomodados.
Pues lo que está en juego por encima de todo es la vida del planeta y la vida humana en el planeta. Por
eso es efectivamente ineludible la austeridad que imponen casi manu militari
unos aunque no se la aplican a sí mismos, para afrontar las graves carencias y carestías para todos que se vislumbran ya en el horizonte.
Por eso mismo, porque quienes combaten la austeridad han de saber esto pese a ser jóvenes, hemos de colegir que no
es la austeridad en sí
misma lo que rechazan, sino el humillante reparto
de las cargas y privaciones entre los dirigentes y sus socios, sus bancos y el
poder financiero, por un lado, y las grandes masas de población por otro; que la solución macroeconómica ha de pasar por la fina
elección de prioridades en el gasto de los Estados y la más fina selección de
los recortes.
Porque la
vida, tal como la hemos vivido hasta ahora, se ha terminado; no ya para la
mayoría de los habitantes de la Europa Vieja gobernadas
por ricos acreedores, sino para la mayoría de los seres humanos. No había ninguna necesidad de llevar política y económicamente en Europa hasta sus últimas consecuencias, y sobre todo de la manera que la exigen, la austeridad después de dos décadas
celebrando la abundancia. Hubiera sido deseable el ejemplo
ostensible de los dirigentes apretándose el cinturón.
Y eso hubiera bastado, para hacer luego llamamientos
a los pueblos a soportar las restricciones. Sin embargo, no sólo no ha sido ni es así, sino que han llevado demasiado lejos los abusos contra grandes
bolsas de población y contra la Naturaleza. Así, entre los que han venido abanderando la dirección de los
países y los que han confiado equivocadamente en ellos, el cambio climático, la desecación del planeta, la pérdida colosal de las cosechas, el derretimiento de
los glaciares y la licuefacción de los
polos, y la galopante reducción de los
filones de agua dulce son la consecuencia de una mentalidad perversa de unos y necia de otros que lo han consentido. Pues ese estado de cosas ha ido acompañado del incremento considerable de la riqueza, de los privilegios y de las retribuciones de grandes
minorías;
y en España, acompañado además del saqueo metódico y literal de las arcas públicas. Todo lo cual
ha desembocado en el miedo de sus gobernantes quienes, para espantarlo, no se
les ha ocurrido otra cosa que promulgar una provocadora ley preconstitucional
que atenta contra las libertades en general y contra la libertad de expresión en particular.
No obstante,
aunque unos cuantos reductos de hombres y mujeres en cada país sigan poseyendo la Tierra, la privación y un grave tedio irán llegando a todos sin necesidad de forzarlos por vía política como si fuera un fatum, una fatalidad. Siempre habrá desalmados libres de toda amenaza a los que no les va a faltar de
nada. Pero esos seres bañados en riqueza ¿serán capaces verdaderamente de gozarla viendo cómo progresivamente más y más seres humanos perecen por falta de energía moral antes
de que el alma les abandone para siempre? Vayan a donde vayan, estén donde estén, ante sus ojos se abrirá el terrible efecto de la caducidad. Pues el universo tiende a
distribuir la energía uniformemente; es decir, a maximizar la entropía. Lo que significa que el sufrimiento, después de aniquilar a los desposeídos irá alcanzando
sucesivamente a los poseedores. Lo único que cabe, pues, es retrasar este proceso.
Mientras
tanto y mientras tengamos un techo y podamos comer y beber, dediquemos todos
nuestros esfuerzos a expulsar del poder a quienes a toda costa quieren
imponernos la austeridad desigualmente repartida. Y luego, una vez logrado el
empeño, entonces sí, a asumir la austeridad para sobrevivir y para retrasar en
lo posible a nuestros descendientes, el espectáculo dantesco de la lenta o
súbita desaparición de la vida en el planeta. Y digo esto, no haciendo el
papel sombrío
de agorero, sino porque no son pocos los
sociobiólogos que desde hace tiempo vienen vaticinando con argumentos el
suicidio más o menos voluntario de la Humanidad.
DdA, XII/3017
No hay comentarios:
Publicar un comentario