jueves, 5 de marzo de 2015

PODRÍA DERIVAR EN ALGUNA DESGRACIA IRREPARABLE EL CASO DE LOS PREFERENTISTAS


Félix Población

Decenas de preferentistas esperaron ayer a que el expresidente de Caja Madrid, Miguel Blesa de la Parra, llegara a las puertas del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, donde tenía cita obligatoria para declarar como testigo sobre la filtración de sus correos electrónicos. Lo hizo Blesa (¿señor?) durante una hora, sin reconocer que fuera el autor de esas misivas filtradas a la prensa y que le fueron entregadas al juez Elpidio Silva, siendo éste titular del Juzgado número 9 de Madrid.

La gran mayoría de los preferentistas siguen esperando a que se haga justicia y puedan recuperar todos el producto de sus ahorros, robado por una entidad financiera en la que 78 de sus consejeros están pringados en el nauseabundo escándalo de las tarjetas negras. Ayer, a la salida de la sede judicial, pudimos observar que una treintena de manifestantes de edad avanzada -todos ellos preferentistas a quienes una panda de miserables arrebató su patrimonio de trabajo- se abalanzó contra el pequeño vehículo de Blesa de la Parra, al que llegó a zarandear y golpear con resultado de alguna abolladura y un retrovisor dañado.

El expresidente de Caja Madrid escuchó durante unos minutos toda la rabia y la impotencia que llevan dentro unos ciudadanos que al término de sus vidas se encuentran con un Estado incapaz de resolver su caso, insólito en cualquier otro país de nuestro entorno. La violencia que desde las instituciones inoperantes de ese Estado se está ejerciendo contra estos preferentistas no sólo está dañando su salud sino acabando en algún caso en graves enfermedades y hasta fallecimiento. 

Mucho me temo que de persistir esta bochornosa dilación en resolver una de las más graves lacras que está padeciendo este país actualmente -y ya son muchas-, lo que ayer fueron gritos, rabia, importencia y golpes sobre un vehículo a la puerta del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, derive en alguna desgracia irreparable. Porque hay ocasiones en que la desesperación no conoce límites y a veces tengo la impresión de que se está condiciendo a buena parte de la ciudadanía más allá del límite.

Puntos de Página


DdA, XII/2938