martes, 10 de marzo de 2015

LA INACABABLE MADUREZ

Antonio Aramayona

Como seres vivos, también los seres humanos estamos sometidos  a un proceso biológico de maduración: somos engendrados, nacemos, crecemos, alcanzamos el desarrollo pleno, nos reproducimos, envejecemos, morimos... Por otro lado, nuestra conducta y personalidad no son explicables sin tener en cuenta también el constante aprendizaje al que hemos estamos sometidos desde el primer instante de nuestra vida  y por el que nos vamos adaptando al entorno en que vivimos. Maduración y aprendizaje se unen simbióticamente para modelar nuestra vida en el mundo. 

Sin embargo, esto podría inducirnos a suponer erróneamente que la vida recorre una parábola, cuyo vértice se alcanza a una determinada edad, y más allá del cual todo parece encaminarse hacia la decrepitud. Se puede propender entonces a  empeñar todas las energías en alcanzar cuanto antes este estado (antes del cual se considera al individuo imperfecto e inmaduro) y a mantenerse en él a toda costa (pues tras él parece que solamente esperan la jubilación y el acabamiento final). Así, en unas épocas surge el culto a quien supuestamente ha alcanzado su plenitud en la vida, mientras que en otras se admira ante todo a lo joven, a su fresca belleza y a sus presuntas inagotables ganas de vivir, al mismo tiempo que pulula en el ambiente una cierta prevención contra lo gastado, lo viejo.

Por otro lado, dada la complejidad de la vida social, profesional y económica, se da con frecuencia una desconexión cada vez mayor entre la maduración física de los individuos y su madurez personal. Observamos a veces cuerpos enormes con mentes bastante infantiles, así como personas entradas en años con espíritus un tanto subdesarrollados, y es que la madurez está muy lejos de ser un producto que adviene automáticamente tras una alimentación rica y equilibrada o la sucesiva celebración de cumpleaños. 

Quizá vivimos en un mundo donde la madurez, como tal,  tiene cada vez menos valoración, pues apenas otorga “rango social”, y se admira más un cuerpo bien desarrollado en el gimnasio, joven, vigoroso. Hoy “vende” primordialmente la apariencia, el aspecto externo y nos quieren vender sobre todo la imagen del “triunfador”. 

Sin embargo, la madurez  hunde sus raíces en regiones recónditas de uno mismo, allá donde sólo se oye nítidamente el silencio de la vida, donde todo reposa en sí mismo, con la máxima aspiración a vivir con intensidad y coherencia. La madurez trabaja cada día por mantener relativamente intacta el alma, por rechazar dueños, por ser dueña solo de sí misma. La madurez desea lo óptimo desde la perspectiva de las posibilidades reales y a la vez repasa sin reproches cada línea de su propia biografía.

Sin embargo, la vida espanta a veces por su dureza. No siempre es así, claro está, pero basta con mirar las hondas cicatrices marcadas a veces en la carne del corazón y la carne del alma, como decía Lorca, para cerciorarnos de su aspereza. Alguno, llegado a una determinada edad, no gana para sustos y sobresaltos cada vez que se coloca ante el espejo: las primeras canas, las primeras arrugas, los primeros achaques, las primeras agujetas... Le invade el miedo a envejecer, a dejar de ser joven. Quisiera detener el tiempo, negar el devenir, borrar la muerte, ahuyentar el catabólico proceso.

El miedo a envejecer encubre otros sufrimientos y zozobras: se tiene la impresión de tener en la vida un gran número de asignaturas suspendidas, pendientes, cuando, en realidad, es cada uno, en el rincón más profundo de su interior quien se castiga por haber “fracasado” (aún tanto por hacer, tanto por conseguir, tanto por ser, tanto por tener, tanto por llegar, tanto por demostrar...).

Deberíamos ser capaces de amar entrañablemente cada arruga dibujada en nuestro rostro. Son huellas en la historia de cada persona, besos de la vida (amorosos, traicioneros, apasionados, cicateros, rutinarios, intensos...), testimonios imborrables de tantas tragedias y comedias que han desfilado ante nuestros ojos o abrasado nuestras entrañas, de las risas y de los llantos, del dolor insoportable, del miedo, del fuego, del placer ilusionado... Cicatrices indelebles, que nos han regalado jugosas e insospechadas perspectivas, la comprensión sin ira, la vibración de las emociones tranquilas, la sabiduría poliédrica de la realidad.

En cada etapa de nuestra vida podemos vivir el instante, succionar su médula, acariciar su núcleo, dejarlo prendido para siempre en nuestra frente. De hacerlo así, sea cual fuere nuestra edad, será señal de que estamos avanzando por las sendas de la madurez inacabable...

DdA, XII/2943