martes, 17 de marzo de 2015

CONTROL DE CALIDAD PARA EL PERIODISMO

La entrevista-masaje del locutor al presidente de Gobierno no pasó desapercibida en las redes sociales; escasas horas antes de que se consumara se presentó a la vicepresidenta como artífice de su fichaje por la emisora episcopal por seis millones de euros. Carlos Herrera se ‘entregó’ a Rajoy mientras se filtraba el OK del Gobierno a su desembarco en COPE (El Plural)

Félix Población

No ignoro que la utilización del término “control” en todo cuanto se refiera a los medios de información tiene muy mala prensa, pero estoy con Pablo Echenique en que no estaría de más etiquetar los contenidos de los informativos que se ofrecen en los distintos canales de televisión a fin de velar por la calidad del periodismo que en ellos se ofrece. La medida podría extenderse también a todos los medios en general, en sus distintas facetas radiofónica, audiovisual, electrónica e impresa.

Es comprobable que a lo largo del periodo que abarca el régimen político de 1978, la profesión periodística ha pasado casi de la mitificación al desprestigio, tal como señala las encuestas. Desprestigio compartido con el de los políticos, tan vinculados a los medios de información y a quienes los hacen. Si esto ha ocurrido con unos y otros, es hasta cierto punto lógico que tanto en uno como otro campo los ciudadanos estén deseando un control de calidad. Algo de esto ya es constatable de modo relevante en la inclinación de muchos por determinadas y nuevas alternativas políticas, así como por nuevos medios de información digitales.

La independencia informativa está muy devaluada en España, tal como nos demuestran sobre todo las televisiones autonómicas -con la estatal a la cabeza- y la mayoría de los periódicos, pero también la cualificación deontológica y profesional de algunos hacedores de ruido, instalados con ficha fija en los platós de las televisiones en calidad de tertulianos. Estos tipo no son noticia por lo que aportan a los debates, sino por el escándalo que puedan suscitar en los mismos a costa de afrentar u ofender a alguno de los intervinientes, sobre todo si son del partido que concita sus fobias.

Con tal de sumar audiencia, vale todo, hasta hacer de la discusión un patio de parvulario lleno de mala baba y en ocasiones grotesco, del que más vale ausentarse para eludir la sensación de que con gente así este país solo puede estar donde está. ¿No hay en España otros profesionales con más criterio, rigor, formación y respeto a los puntos de vista del otro que algunos de los que estamos hartos de ver en nuestros televisores?

Puntos de Página


DdA, XII/2950