martes, 17 de febrero de 2015

MEMORIA DE FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS, CIEN AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE

Arturo del Villar

A la una de la madrugada del jueves 18 de febrero de 1915 falleció don Francisco Giner de los Ríos, apodado el Sócrates español, porque publicó muy poca obra, pero ejerció un inmenso magisterio, reconocido por personalidades como Unamuno, Ortega y Gasset, Azaña, Machado o Juan Ramón Jiménez. También le llamaban el santo laico, por la ejemplaridad de su vida ascética, y su compromiso con las causas de la libertad, la igualdad y a fraternidad, dentro del ideario republicano.

   Murió en la que amigos y discípulos denominaban su celda monacal, en el número 14 del paseo del Obelisco, en Madrid, sede de la Institución Libre de Enseñanza, conocida por sus siglas ILE, aquel reducto inconquistable de independencia frente al poder despótico de la monarquía y de la Iglesia catolicorromana, los dos organismos enemigos de las libertades públicas en todos sus alcances.

   Precisamente la ILE fue creada el 10 de marzo de 1876 por un grupo de profesores universitarios, expedientados por negarse a acatar el real decreto presentado por el ministro de Fomento, el ultrafundamentalista Manuel de Orovio, apodado Oprovio, en el que se imponía la censura de cátedra. Esto sucedía en marzo y abril de 1875, a poco de restaurada la dinastía borbónica tras el golpe de Estado del traidor general Martínez Campos contra la República, dado en Sagunto el 29 de diciembre de 1874. La verdad era que la República se hallaba militarizada desde que otro general traidor, Manuel Pavía, ordenó el asalto del Congreso en la madrugada del 3 de enero. Todo aquel año la República fue una caricatura de sí misma.

La monarquía contra la libertad

El sentimiento republicano permanecía en la conciencia de muchos españoles, y desde luego en la Universidad, por lo que el ministro Orovio, fiel lacayo de Alfonso XII, impuso la censura en las cátedras para impedir que se explicasen ideas contrarias a la monarquía y a la doctrina catolicorromana. Los profesores rebeldes a aceptarla fueron separados de sus cátedras, expedientados, encarcelados, deportados y multados, con privación de empleo y sueldo y de todos los derechos inherentes al ejercicio de la profesión. La monarquía borbónica ha seguido y sigue las pautas marcadas por el genocida Fernando VII: los opositores deben ser exterminados.

   Entre los expedientados se encontraban personalidades tan ilustres como Nicolás Salmerón, el que fuera presidente del Poder Ejecutivo de la República; Gumersindo de Azcárate, Augusto González de Linares  y Laureano Calderón, además de don Francisco, que el 1 de abril de 1875 fue encerrado en una mazmorra del castillo de Santa Catalina en Cádiz, una prisión militar para un profesor universitario incapaz de hacer ningún mal, hasta el punto de ser equiparado con su tocayo de Asís.

   Acordaron crear la ILE para desarrollar su vocación de pedagogos, en una institución privada ya que se les impedía ocupar la cátedra meritoriamente ganada en la Universidad estatal. Cuando la ILE se trasladó en 1884 a su tercer domicilio madrileño, en el paseo del Obelisco, don Francisco instaló allí su domicilio particular, junto con sus dos discípulos más íntimos, Manuel Bartolomé Cossío y Ricardo Rubio y Álvarez de Linera, acompañados por sus esposas e hijos respectivos.


Don Francisco permaneció soltero toda su vida, para ser fiel a sus ideales. Tuvo una novia, María Machado Ugarte, con la que no pudo casarse por oposición de la familia de ella, intransigente con un krausista anatematizado por la Iglesia catolicorromana. Obligado a elegir entre renunciar a su ideario intelectual o a su novia, decidió quedarse soltero y ajustarse al Ideal de la Humanidad para la vida, el tratado filosófico de Krause adaptado al castellano por Sanz del Río, y puesto en el Index librorum prohibitorum por los inquisidores catolicorromanos, enemigos del libre pensamiento. Ellos se han autoproclamado guardianes de la ortodoxia y sus únicos intérpretes autorizados, un plan politicorreligioso muy del agrado de los monarcas para defender su autoridad absoluta, que aseguraban tenía un origen divino (ahora ya no osan decirlo, pero actúan como si lo creyeran).

   En principio la dirección urbanística de la ILE era paseo del Obelisco, 8, pero después la numeración se cambió al 14 por exigencias de nuevas edificaciones. Allí don Francisco se reservó dos habitaciones: la mayor del edificio le servía de despacho, mientras la alcoba era pequeña, encalada y modesta, amueblada únicamente con una cama, una cómoda, un palanganero, un perchero, una mesa forrada de tela granadí, una silla de enea que fue de su madre, y una estera de junco. Allí transcurrió la vida del pensador más importante de España, el hombre  que más influyó sobre los intelectuales de su tiempo, una influencia que todavía recibimos y aceptamos por herencia de nuestros propios maestros, un siglo después de su muerte.

   Por su despacho pasaron todos los intelectuales con alguna repercusión en aquel tiempo, lo mismo profesores que poetas, científicos que novelistas. Buscaban el consejo amable y ponderado de don Francisco, presentado con palabras de afecto. En cambio, nunca pudo traspasar el umbral de la ILE el rey Alfonso XIII. Lo cuenta Alberto Jiménez Fraud, uno de los más próximos discípulos de don Francisco, quien lo eligió en 1910 para que creara y dirigiese uno de los organismos derivados de la ILE, la Residencia de Estudiantes, en su Historia de la Universidad española.


Portazo al rey


   De acuerdo con su relato, y con documentos complementarios, el tirano presuntuoso preguntó a su pintor de cámara, Joaquín Sorolla, muy amigo de don Francisco, qué era eso de la ILE, de la que había oído hablar elogiosamente. El pintor añadió su propia alabanza, y el monigote real le encargó que anunciase al director su real deseo de visitar las instalaciones. Suponemos la incomodidad de Sorolla cuando don Francisco le comunicó su rotunda negativa a permitir la entrada en aquel recinto dedicado a enseñar en libertad al representante de la monarquía saguntina impuesta por un golpe de Estado militar, sin consultar al pueblo su preferencia.

   Cohibido y atemorizado, el pintor se vio obligado a decirle a su empleador que tenía prohibida la entrada en el local en donde se alojaban las libertades populares. El déspota en encolerizó, y le ordenó a su sumiso pintor de cámara que anunciara a los institucionistas su real visita para determinado día. Se iban a enterar de quién mandaba en España. Venirle con prohibiciones a él, que podía mandar fusilarlos a todos si le daba la real gana, porque tenía la seguridad de ser obedecido por sus servilones militares, como la historia demuestra. Todavía faltaban unos años para que organizase el golpe de Estado fascista en 1923, para reinar sin Cortes con un dictador, pero su ideología se hallaba definida. Apuradísimo, Sorolla cumplió su encargo, y quedó más apurado todavía cuando le escuchó decir a don Francisco:
--La Institución tiene dos puertas, y cuando su majestad nos haga el honor de llamar a una de ellas, yo saldré por la otra.
De modo que el amo de las vidas y haciendas de sus vasallos no se atrevió a poner sus reales botas militares en aquel reducto de libertad, en el que se enseñaba a los alumnos a respetar la independencia del pensamiento, sin acatar las órdenes del altar y el trono cuando se enfrentaban a la conciencia. Aquel hombre menudito, calvo, delgado, de aspecto insignificante, demostró ser más poderoso que el autócrata opresor del pueblo español. Su voluntad era de hierro cuando atañía a su conciencia.


   El entierro laico


   Los amigos velaron su cuerpo en la severa celda monacal, envuelto en una sencilla sábana blanca, e introducido en un humilde ataúd de pino revestido de paño negro, sin ninguna clase de adorno o símbolo religioso. Lo había dispuesto así, y los discípulos cumplieron su voluntad, por lo que tampoco se hizo ninguna manifestación callejera de duelo, como era habitual en la época. Su vida y su muerte ofrecen un ejemplo de modestia.

   A las nueve de la mañana siguiente fue enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, junto a sus maestros don Julián Sanz del Río y don Fernando de Castro. Fue un acto sobrio, a tono con el espíritu de la ILE. Don Francisco creía en Dios, pero no toleraba los dogmas y anatemas de la Iglesia catolicorromana, colaboradora de la monarquía en la persecución de las libertades públicas. Uno de sus antiguos alumnos, don Manuel Azaña, anotó en un “Cuadernillo de apuntes” que iba componiendo como diario, un dato  demostrativo del salvajismo característico de la montaraz clerecía española:

 Junto a la casa de la Institución Libre hay un convento. Cuando murió don Francisco en olor de laicismo, las monjitas no se cansaban de decir que un señor tan bueno no podía ser que hubiese ido al infierno; tan bien conocían sus virtudes. El confesor de las monjas, alarmado, intervino haciéndoles varias pláticas terribles encaminadas a demostrar que Giner ardía ya en los profundos, que no podía ser de otra manera y que era pecado dudarlo.
 Así entienden los clérigos españoles todavía hoy la llamada caridad cristiana, totalmente opuesta a la predicación de Jesucristo. En España nunca ha dejado de existir la Inquisición, aunque fuera abolida legalmente. Sería uno de los motivos que inspiraron a Antonio Machado un verso rotundo, en la elegía que dedicó el día 21 al maestro: “¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!”

   Tras la muerte de don Francisco se encargaron los discípulos de continuar su obra. La enseñanza del maestro fructificó en las mentes de quienes convivieron con él y observaron su comportamiento intachable. Al proclamarse en 1931 la República Española hubo que buscar un presidente, y muchos diputados pensaron en Manuel Bartolomé Cossío, pero él rechazó la propuesta por encontrarse gravemente enfermo, inválido a temporadas. La historia de España probablemente sería muy distinta de como lo es si hubiera podido asumir la presidencia.

   Lo que sí aceptó fue presentarse candidato por la conjunción republicano—socialista a las elecciones generales, y resultó elegido. En 1934 fue proclamado ciudadano de honor de la República. Cuando falleció el 2 de setiembre de 1935 el Gobierno quiso organizar un entierro solemne, pero su hija Natalia se opuso, porque deseaba cumplir las instrucciones que le había dado: un entierro sencillo e íntimo, en el antiguo Cementerio Civil, entonces llamado Municipal porque la República puso fin a la separación entre muertos catolicorromanos y los restantes.


Objetivo: destruir la ILE


   Al triunfar en 1939 los militares monárquicos sublevados, se incautaron de las instalaciones de la ILE y de la Residencia de Estudiantes, y se las entregaron a la secta diabólica del Opus Dei. Los esbirros del nazionalcatolicismo se dedicaron a borrar cualquier vestigio, físico o intelectual, de lo que representaba la ILE. Uno de sus numerarios organizó la quema de la valiosísima biblioteca de la ILE, en la que además de libros de alto interés científico y cultural se encontraban los ejemplares dedicados a don Francisco por sus autores, las primeras figuras de la inteligencia europea en su tiempo. Si no respetaban las vidas humanas, por qué iban a respetar sus ideas. Y todo lo hacían a la mayor honra y gloria de su dios. Cometieron el horror histórico imperdonable de tirar al patio todos los volúmenes de la biblioteca y quemarlos. Es una vieja costumbre de la Inquisición española, pintada por Berruguete, según puede contemplarse en el Museo del Prado, actualizada por los nazis alemanes en los años treinta del triste siglo XX. Los totalitarismos son enemigos de la cultura, por saber que una persona formada e informada va a oponerles resistencia en nombre de la libertad. Los fascistas quieren matar a la inteligencia, como le gritó un energúmeno militar a Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936

   Sin embargo, la dictadura respetó las instalaciones requisadas, utilizándolas para su uso, lo mismo que hizo con el Ateneo, con el Lyceum Club, y con todas las organizaciones consideradas izquierdistas, y por ello contrarias al fascismo. En cambio, la monarquía del 18 de julio instaurada por el dictadorísimo ha culminado su obra destructiva de la inteligencia derribando los edificios de la ILE cargados de historia y de cultura. La disculpa empleada ha sido que eran viejos. Según esa explicación, en cualquier momento será derribada la Alhambra de Granada, que es mucho más vieja.

   El odio de los extremistas de derechas a la cultura es patológico, lo llevan en sus genes. Y lo malo es que a las gentes de izquierdas no les inquieta su destrucción. Muchas de ellas no han oído hablar nunca, no digamos leído, nada sobre la ILE. Por eso se ha perpetrado ese crimen de lesa cultura, sin que se haya producido una protesta callejera contra los culpables. La polémica que ahora divide a la opinión pública madrileña se refiere a la remodelación del estadio de fútbol del Real Madrid. Eso sí es un asunto de real  magnitud.  


La desvergüenza de quienes controlan el reino es ilimitada. Hoy mismo, 16 de febrero, se ha demostrado en el acto de entrega de los premios nacionales de Cultura, presido por sus majestades los reyes católicos (aunque abortistas) de España. El rey ha sido capaz de leer de un tirón el discurso que le había redactado el escriba de turno, para intentar hacernos creer a los vasallos que es todo un intelectual de cultura universal.

   Tal vez lo pensáramos de no haber leído el libro que ha dedicado a la pareja el primo favorito de la reina, David Rocasolano, en donde describe su enteca biblioteca y su grandiosa bodega mantenida a temperatura perfectamente controlada con arenas traídas de una playa del Índico, a costa de los impuestos pagados por los vasallos, a quienes nos corresponde subvencionar las diversiones de cama, mesa, joyas, automóviles y demás lujos de nuestros señores, porque para eso lo son, si no por la gracia de Dios, como se decía antes, sí por las armas de sus policías y militares. Pues bien, en la última filípica destaca este párrafo leído campanudamente: La cultura es, de hecho, sustento irrenunciable de una sociedad fuerte y sana, pues es un elemento que –permitidme decirlo así-- hace más humana a la humanidad.

Tiene razón el escriba de turno. Para que una sociedad sea fuerte y sana debe ser culta, debe honrar a sus intelectuales y conservar el patrimonio histórico que nos legaron. Por eso la sociedad borbónica, decadente y enferma, derriba los pabellones de la ILE, con el propósito de culminar la tarea destructiva iniciada al término de la guerra.


Insulto a Miguel Hernández


   Y además se atreve a deshonrar el nombre de los intelectuales que fueron sus enemigos. Los premios nacionales de Cultura llevan como título una modalidad, excepto el de poesía joven, al que osan dar el nombre de Miguel Hernández, el poeta comunista que luchó en el heroico 5º Regimiento contra los militares monárquicos sublevados, el propagandista de la Unión Soviética, el que padeció la destrucción de su libro El hombre acecha por una comisión depuradora fascista al terminar la guerra, el combatiente condenado a muerte por los militares rebeldes y muerto en una de sus cárceles sin renunciar nunca a sus ideales republicanos, comunistas y ateos, a pesar de las promesas de libertad que se le hicieron si renegaba de ellos.

   La Fundación Cultural que lleva su nombre en Orihuela debiera protestar para impedir que se use por las gentes a las que combatió, y que causaron su muerte a los 31 años. No lo hace, y es comprensible. Hay miedo a hablar en público, porque los jueces lacayos expedientan a los atrevidos. Aquí “siempre se ha de sentir lo que se dice”, como escribió Quevedo intemporalmente, mientras haya una monarquía contra el pueblo.

   Las dos españas siguen enfrentadas, y la de “cerrado y sacristía”, como la definió Machado, continúa aplastando a la “de la rabia y de la idea”, porque controla el poder militar, económico y político. Las campanas siguen sonando para convocar a la misa. El altar y el trono mantienen su alianza contra el pueblo. Es imposible así que se cumpla aquel sueño de don Francisco que relató Machado, “un nuevo florecer de España”. Hubo un florecimiento efímero en 1931, cuando el pueblo puedo expresarse con libertad, pero quedó cortado por los militares monárquicos sublevados, y costó las vidas de un millón de españoles. Ninguno de los cómplices del genocidio ha sido juzgado, los que juraron lealtad a las leyes ilegales de la dictadura y fidelidad al dictadorísimo son tenidos por héroes. 

   Yo pensaba proponer al Gobierno nazional que apruebe la edición de una antología de escritos de don Francisco y otro de opiniones sobre su figura intelectual, destinados a facilitar a los españoles el conocimiento de su ideario, pero para qué perder el tiempo. Un Gobierno integrado por integristas del partido fundado por el archifascista Manuel Fraga, en el que figuran ministros pertenecientes a la secta satánica del Opus Dei, nunca será capaz de aprobar semejante idea.

DdA, XII/2923