sábado, 28 de febrero de 2015

MÁS SOBRE EL PERIODISMO EN ESPAÑA Y EL DEBER DE OPINAR

Los colegios profesionales y sus códigos deontológicos no pa­rece que hagan gran cosa para evitar la noticia a menudo tergi­versada, ni opiniones deliberadamente fundadas en noti­cias mentirosas, deformadas o exageradas


Jaime Richart

Vengo escribiendo últimamente sobre el periodismo y los pe­rio­distas, y no precisamente para elogiarles. No deseo cons­ti­tuirme en su azote, pero desde luego si políticos y eco­nomistas que se expresan como oráculos de la democracia de­ben mirár­selo por razones varias, el periodismo es la pri­mera superestructura de poder que debiera encabezar los cam­bios de mentalidad y prácticas que este país necesita para integrarse en un espíritu auténticamente europeo. No está a la altura.

A menudo se oye decir que en este país tenemos a los gober­nantes que merecemos, y desde luego la decisión de los votan­tes, reforzada por una lamentable ley electoral, así lo viene de­mostrando, pues pese a conocer la pésima índole de muchos políticos la gente les ha seguido votando. Y esto es muy grave. Grave, como ha de serlo para un psiquiatra que el paciente an­tes que un plato de comida apetitoso pre­fiera la bazofia. Por eso digo ¿tenemos el periodismo y a los periodis­tas que merece­mos? Porque es mucho suponer en Es­paña que, te­niendo una corrupción de unos niveles descono­cidos en otro país del sistema, tengamos un perio­dismo y a unos periodistas de ta­lla. Que los hay, vaya si los hay, pero a menudo en un se­gundo plano. En primer plano están otros, esos que fabulan, difunden libelos y maquinan.

Los Colegios profesionales y sus códigos deontológicos no pa­rece que hagan gran cosa para evitar la noticia a menudo tergi­versada, ni opiniones deliberadamente fundadas en noti­cias mentirosas, deformadas o exageradas. Sabemos que sólo existe la realidad que leemos,mos y vemos a través de los soportes del periodismo. Pero también, que la realidad es a menudo más la fabri­cada por ciertos periodistas que la reali­dad "real". Unas veces por­que se la inventan, otras porque desorbitan los hechos, otras por­que la ocultan a conciencia y otras por­que la dosifican en fun­ción de intereses de grupos so­ciales y de poder.

Los periodistas, como todo el mundo, tienen derecho a opi­nar y a tener su propia ideología. Faltaría más. Pero servirse de la profesión que pone en conocimiento de la ciudadanía los hechos relevantes o hace relevante, sin más, una minucia para debilitar la causa de los adversarios políticos y al tiempo mane­jarla como propaganda de la personal ideología del periodista que opina, no es propiamente periodismo, por no decir que es una bajeza. Desde luego es tan miserable que no merece homolo­garse con el de otros países europeos.

Entre otros muchos aspectos desde los que tratar al perio­dismo está el consabido mantra del deber de informar. Pero algunos periodistas "estrella" carecen de la perspectiva de sí mismos. Por eso no se percatan de que lo mismo que ellos dicen que los gobernantes nos toman por ton­tos, ellos también nos toman por lo mismo. Pues es evi­dente que aparte de ese deber de informar, eje del perio­dismo, se atribu­yen otro de mucho ma­yor calado: el deber de opinar. Y además, en estos tiempos de gigantesco avance tec­noló­gico, un "deber de opinar" desde cajas de resonancia (radio y televisión) cuyo impacto en la opinión pública va mucho más allá que el efecto que causa la prensa impresa abocada por des­gracia a la caduci­dad cercana.

Sabiendo como sabemos que el "deber de opinar" significa po­ner en marcha corrientes de opinión, los periodistas que no se ci­ñen al principaldeber de informarse convierten en predi­cadores y en ocasiones en telepredicadores de pensa­miento neoliberal. Y a veces periodistas de campanillas con esa agresividad más propia del policía dedicado a sacar a gol­pes en un cala­bozo al detenido verdades donde no las hay, que no hacen periodismo sino sevicia. De campanillas, por cierto, por­que una de­terminada televisión, una cadena de radio, o todo el emporio mercantil y mediático al que pertene­cen se las han puesto gra­tuitamente a su servicio para que den rienda suelta a sus veleida­des y a prolegómenos intro­ducto­rios de su mentalidad ultralibe­ral.

Empezamos porque el deber de informar y comunicar se compadece con el deber de opinar que además aspira a conver­tirse en corriente de opinión en materias generalmente muy gra­ves. Y aquí el periodista patina a menudo con la per­cepción general que el conjunto de la ciudadanía tiene res­pecto a los pre­ceptos deontológicos. Si al ciudadano y a la ciudadana sólo se le diera la información puntual sobre un hecho o aconteci­miento concreto sin ampliarlo con el punto de vista editorial del medio que lo divulga, la ciudadanía se haría una idea neutra de lo transmitido como noticia. Pero si a renglón seguido de la noticia el periodista opina, dada la proyección e influencia que tiene todo parecer expresado por megafonía de los potentes me­dios audiovisuales, la opinión se convierte a su vez en un ins­trumento no sólo de influencia sino también de poder di­recto.

Soltar en el espacio un libelo es fácil y cuesta muy poco, por ejemplo. Otras veces es el libelo que hay en un adjetivo. Por­que ¿por qué, por ejemplo, con qué bases, con qué criterio deontológico un periodista califica de indeseablea un jefe de gobierno de otro país o denigra a un sistema polí­tico según la noticia de agencia o las denuncias transmitidas a esa agencia por la oposición sin escrúpulos de ese mismo país? ¿No es más cierto que España misma, vista por la oposi­ción política y por el conjunto de la ciudadanía como pueblo podría ser vista como una democracia tercermundista o un sistema totalitario por la mayoría absoluta? ¿No es evi­dente para el periodismo preponde­rante que "esto", lo de Es­paña, pueda ser visto desde fuera como un gobierno repre­sor, amigo de los ricos y enemigo del pueblo? ¿No está en juego una ley electoral que ha venido favoreciendo la agrupa­ción de las ideas políticas sólo en dos blo­ques férreos? ¿No se ve que el abuso de poder durante déca­das y las mayorías absolutas logradas con engaños del partido de este gobierno han sido instrumentos de enriquecimiento (lícito e ilícito) de minorías concretas, que a su vez ha empo­bre­cido o arruinado a medio país y perseguido a los oposi­to­res en la calle, en los parlamentos y en los despachos? ¿No se supone que el periodista agota su deber de información con la noticia, y quienes en su caso han de adjetivarla son los lectores, los radioyentes y los televidentes? Porque todo lo que de pésimo sucede en España es debido al protagonismo de dema­siadas gentes indeseables. Y no ver la viga en el ojo pro­pio y resaltar constantemente la viga en el ajeno no es pro­pio de un periodismo de altura, sino de un periodismo al nivel de la mentalidad de hace por lo menos medio siglo...

Por otro lado, un estrecho corporativismo obliga a periodis­tas que incluso ya están fuera de la oficialidad y se sostienen a du­ras penas en medios digitales alternativos no sólo a dar por buena la noticia de supuesta relevancia de otro colega. Por lo que vemos, también obliga a seguir la misma estela de las exi­gencias inusitadas formuladas a un político de nuevo cuño para que acredite extremos que hasta ahora a ningún otro político o gobernante de los dos principales, ese mismo periodista había exigido con semejante saña y denuedo.

Concluyo con lo siguiente: Primero, que es palmario que los Colegios profesionales del pe­riodismo no son exigentes con la forma de actuar de cier­tos pe­riodistas que mienten directamente, o indirectamente con me­dias verdades; o bien sobredimensionan datos relativa­mente acreditados que las convierten en mentira.

 Segundo, que forma parte de los detestables monopolios y oligo­polios mercantiles mantener en constante primera fila a pe­riodistas "estrella" que brillan más por su mala catadura que por el rigor y la calidad de sus noticias y opiniones, ce­rrando el paso a la promoción de nuevos periodistas con ideas más apertu­ristas y avanzadas y menos gremiales y en­dogámicas.

Tercero, que ciertos periodistas justifican su exigencia  a de­res de formaciones que ni por asomo han gobernado to­davía, la misma ética que ellos exigen a los gobernantes y políticos de hoy y de ayer. Sin embargo esos "algunos" perio­distas españo­les pisotean los principios éticos de la con­tención, del rigor y de la excelencia.

En todo caso, se parte de un supuesto incontestable, cual es que el nivel de democracia de un país se mide por el grado de in­de­pendencia entre de los tres poderes del Estado que en Es­paña es casi ficción. Pues bien, en España el cuarto (o pri­mero), el pe­riodismo, habida cuenta la manifiesta pasividad en materia ética y moral de sus Colegios profesionales, lo mismo que los que viven al borde de la ley, parece confor­marse en términos ge­nerales con el mínimum del mínimo mo­ral que es el Código penal... Sí, hay que reestructurar la Deuda, pero tam­bién recons­truir de arriba abajo a toda Es­paña…

DdA, XII/2934