miércoles, 17 de diciembre de 2014

RECUERDO DE PALACIO, PRIMER ALCALDE DEMOCRÁTICO DE GIJÓN

 Francisco Álvarez 

Al chófer del vehículo que usaba el alcalde para sus desplazamientos le hacían poca gracia los viajes a Madrid, y ello no era debido a las horas que tenía que pasar al volante (porque, a fin de cuentas, ese era su trabajo), sino a un pequeño detalle que en aquellos tiempos le confesó a alguno de los periodistas que cubrían la información municipal: «Es que cada vez que vamos a Madrid el alcalde me deja el asiento de atrás lleno de migas de bocadillo y luego tengo que andar limpiándolas». El alcalde no era otro que José Manuel Palacio y aquellas eran las migas de la austeridad, porque el regidor gijonés despachaba el almuerzo en los largos viajes de ida y vuelta en el día a la capital con un humilde bocadillo que se llevaba de casa o que compraba en algún bar de carretera de la Meseta para comerlo en el coche mientras repasaba informes y documentos. Sus estancias en Madrid eran poco menos que una gimcana institucional, iba por los ministerios de puerta en puerta, pidiendo que lo recibiera el ministro o el director general de turno para arrancarle el compromiso de financiar alguna dotación o infraestructura o para que le cedieran algún terreno estatal que necesitaba su ciudad, nuestra ciudad. En ocasiones aparecía sin haber pedido cita previamente y sin haber anunciado siquiera su visita, así que le decían eso tan recurrente de que el señor ministro o la señora ministra no iba a poder recibirle porque tenía la agenda completa. Y entonces Palacio daba la respuesta propia de quienes se sienten seguros y orgullosos de lo que son y de la gente a la que representan: «Dígale al ministro que está aquí el alcalde de Gijón».
José Manuel Palacio Álvarez (1930-2005) fue, con todas las luces y las sombras que iluminaron y que oscurecieron su labor política, el único alcalde progresista que ha tenido Xixón bajo el régimen del 78. Y uso el término progresista en toda la pureza que le otorga la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española: «Persona con ideas avanzadas y con la actitud que eso entraña». Añadiría que fue también el único alcalde cabal, porque después de él desfilaron por la Alcaldía de Xixón un faraón megalómano de la dinastía de la FSA, una profesional de la política buscando el puente hacia la jubilación y una despistada con ademanes políticos propios de un elefante en una cacharrería. Y de todos esos polvos han venido estos lodos en los que chapotea actualmente el concejo más poblado de Asturies.
Con los votos del PSOE y del PCA, Palacio se convirtió en 1979 en el primer alcalde gijonés elegido en las urnas tras la dictadura fascista de Francisco Franco. Cuatro años más tarde fue reelegido, en esa ocasión con mayoría absoluta, pero al final del segundo mandato la Agrupación Socialista de Gijón le echó a un lado para colocar en el cartel a un ambicioso candidato llamado Vicente Alberto Álvarez Areces. Una de las explicaciones más grotescas que dieron entonces por los pasillos los portavoces de la casta del socialismo local para justificar el relevo fue que Palacio no tenía ‘glamour’ y que era un político «triste» («el alcalde de la triste figura», según la definición que acuñó y que repitió machaconamente un viñetista con poco talento en un periódico gijonés). Nunca quedó claro si para la casta del socialismo gijonés Palacio era honesto pero triste o si en realidad les resultaba triste por ser honesto, porque en aquellos tiempos la ética ya comenzaba a supeditarse a la estética en el partido de Felipe González.
La última vez que vi al único alcalde progresista que ha tenido Xixón bajo el régimen del 78 fue unos meses antes de su muerte. Estaba tomándose una botella de sidra con un par de amigos en un chigre de El Llano. Lo recuerdo con aquella ropa aburrida y sencilla (colgó la corbata al dejar la Alcaldía), con las manos en bolso y ese aire de timidez y distracción que tienen quienes en realidad se enteran de todo. Aquel hombre ofrecía la imagen de lo que en verdad era: una de esas personas que entra en política con vocación de servir y que, cuando llega el momento, se va de la política con el mismo dinero y con la misma honradez con la que llegó a ella. En su etapa de alcalde era fácil verlo en un bar que había frente al Ayuntamiento tomándose un pincho de tortilla y un vino peleón a mediodía, y cuentan que en una ocasión un ciudadano que lo vio echó mano a la cartera y le dijo al camarero: «Oiga, póngale a ese señor un Rioja, que no consiento que el alcalde de mi ciudad beba vino barato».
Palacio acabó su carrera política en la oposición, como concejal y portavoz de Unidad Gijonesa, exigiendo transparencia y decencia en la gestión del Ayuntamiento. No diré esa ‘boutade’ de que si hoy viviera estaría en el proyecto político de la gente decente que el próximo mes de mayo va a entrar en las instituciones, pero tampoco lo descartaría. En realidad, pongo en juego su recuerdo para resaltar la hermosa paradoja del alcalde triste que le dio alegría a esta ciudad, que contribuyó en gran medida a que Xixón saliera de la grisura del asfalto y del franquismo, dignificando los barrios, creando zonas verdes, pateándose las calles para escuchar a la gente, cediendo terrenos municipales para construir escuelas, ganando para la ciudadanía espacios que pertenecían al ejército, tejiendo lazos de solidaridad internacional, abriendo la ciudad al mundo…
Hoy, lo recordaba hace unos días el compañero Xandru Fernández en un acto de Somos Asturies, «en Xixón la gente camina mirando al suelo porque en esta ciudad lo hemos perdido casi todo: el sector naval, la industria, hasta las ganas…». Ha llegado la hora de recobrar lo que la corrupción y la desidia, el despotismo y el mal gobierno nos han expropiado a las gijonesas y gijoneses. Xixón se merece volver a tener un alcalde o una alcaldesa progresista y, junto a él, un equipo de gobierno formado por «personas con ideas avanzadas y con la actitud que ello entraña», gente honesta, sencilla y trabajadora que quiera y que sepa mirarle a los ojos a la ciudadanía de este concejo. En mayo, estoy convencido, un nuevo Xixón florecerá en las urnas.