viernes, 14 de noviembre de 2014

EL CAMARERO DEL DÉCIMO DE LOTERIA

David Torres

La gran noticia de esta semana es que la Unión Europea ha logrado aterrizar una sonda en un cometa después de un viaje de 12 años a casi 40.000 kilómetros por hora y con una precisión alucinante. Bueno, la gran noticia excepto en España, donde lo que de verdad lo petaba era el estreno del anuncio de la lotería, que suele ser la película más vista del año. Aunque en la pasada edición el éxito vino gracias al género de terror, la insigne institución todavía no se decide a lanzar lo que podría ser el comercial definitivo: Carlos Fabra en sustitución del calvo de la lotería, vestido con una bata de adivino vendiendo décimos a voces por el aeropuerto de Castellón. Hay lotería, oiga.

A la espera de semejante obra maestra, de momento hemos tenido que conformarnos con un homenaje a Frank Capra en el que subliminalmente se desliza una referencia a la gestión de gobierno: un pobre hombre que no ha podido comprar el décimo de Navidad en el bar de siempre recibe un sobre en diferido, como si fuese un gurteliano cualquiera que va a tomar café al aeropuerto de Castellón. “Ventiún euros” protesta el pobre hombre, lo mismo que podía haber contestado Zapatero si un día hubiese entrado por error en una cafetería. Sin embargo, aparte del café y de ese insignificante artículo de papelería, no hay ninguna otra mención a los dos grandes partidos que hasta el día de hoy han ordeñado a gusto los impuestos indirectos de la lotería. El resto es un homenaje a la amistad y a los buenos sentimientos.

Mucha gente dice que el anuncio es falso, que ningún camarero iba a guardarle un décimo premiado a un cliente por muy amigo suyo que fuese. Es lógico que mucha gente piense así, torcido y mal, puesto que de algún sitio han tenido que salir los votos que le han dado la mayoría absoluta a esta banda de cuatreros. Por lo demás, es el mismo reproche que la crítica ha lanzado siempre contra las películas de Capra: la idea de que esa buena gente, honrada y generosa, no ha existido jamás. No me parece tan inverosímil que un camarero le guarde a un amigo en paro como regalo de Navidad un décimo que, por pura chiripa, sale premiado. Al fin y al cabo, la historia popular madrileña está repleta de taxistas que han devuelto joyas extraviadas en el asiento de atrás y de transeuntes anónimos que han llamado a casa de un completo extraño para devolver una cartera forrada de billetes.

A lo mejor peco de ingenuo, pero no sólo creo en la existencia de esas buenas personas sino que me he tropezado con más de una a lo largo de mi vida. Uno de ellos, para colmo, también es camarero: mi amigo Kiko, a quien desde que ha trasladado su Taberna 1929 al pueblo de Guadarrama, muy lejos del radio de acción de mi hígado, hace demasiado tiempo que no veo el pelo. Pasé muchas horas felices con Kiko y con Feli en su local de Moncloa, y no me refiero únicamente a las tapas o a la espuma de cerveza, sino a esa comunión íntima en la que un bar, en ciertos momentos de la vida, se convierte en refugio, capilla y hospital de campaña. Puede fallarnos el amigo, la esposa, el médico y el cura, más o menos por ese orden, pero la fe en un camarero debe permanecer intacta hasta el último trago.

Hemingway escribió uno de sus relatos más hermosos a propósito de esa confianza inalterable en el oficio, la historia de un insensato aviador franquista que increíblemente va a tomar copas a Chicote en plena guerra civil. Hemingway lo ve desde el otro lado del bar y de inmediato advierte que un viejo camarero, que les sirvió copas a ambos en tiempos más felices, también lo ha visto. “Pero cómo se atreve” le murmura el camarero a Hemingway mientras le sirve la primera copa de vino, mientras que el escritor, junto al atrevimiento, admira el valor suicida del antiguo amigo que se ha vuelto enemigo. A la segunda copa, el camarero le dice que habría que denunciarlo y Hemingway replica que él no piensa hacerlo de ningún modo, aunque sólo sea por los viejos tiempos. Al final el camarero insiste y Hemingway le da un número de teléfono y un nombre, el de otro con quien compartieron copas y abrazos antes de la guerra. Termina el vino y se va; en la puerta se cruza con unos hombres de gabardina, eficaces y letales. Busca la primera cabina de teléfono y llama al mismo número, los dos hombres comentan el coraje y la estupidez de su amigo aviador; por último Hemingway le pide que, cuando le interroguen, antes de fusilarlo, le diga al viejo amigo común que fue él quien lo delató. Intercambiaron una mirada en el bar, añade, no le costará creerlo. El amigo le pregunta por qué y Hemingway responde que es mejor así, que ningún hombre debería morir pensando que lo ha traicionado un camarero.


+@El bar de Antonio, por Miguel Barrero

Público  DdA, XI/2842