Víctor Claudín
En su día, mis padres me comunicaron que
habían donado sus cuerpos a la facultad de Medicina de la Universidad
Complutense de Madrid cuando murieran. No sólo lo entendí, sino que
aprobé su decisión y me prometí que también sería la mía. A poco más de
siete años de su muerte, pudiera ser que sus restos permanezcan
“hacinados sin control” en el Departamento de Anatomía II de la Facultad
de Medicina, junto a 250 cadáveres que tenían que haber sido
incinerados hace ya tiempo, porque al parecer el período útil de esos
cadáveres es de unos dos años.
Cuando uno toma la decisión de donar su cuerpo a la ciencia sabe lo
que está haciendo. Sabe que tras la muerte no hay nada. Sabe que el
catolicismo y la tradición han convertido ese momento inevitable en un
repugnante fantástico negocio. Sabe que el duelo, el tener a tu ser
querido de cuerpo presente unas horas machaca mucho cuando ya todo es
inútil. Sabe que lo que queda suyo en el mundo, un cuerpo sin vida, va a
ser objeto de manipulación impúdica. Sabe que lo único que vale es el
recuerdo de la vida pasada.
Tengo grabado en la parte de mi memoria donde guardo lo más
dramático, el momento en que cada uno de ellos terminó. Yo mismo tuve
que agarrar sus cuerpos y ayudar al único funcionario que vino a
recogerlos a meterlos en el coche donde se los llevó. Ellos ya no eran
salvo lo que permanecían en quienes les habíamos sobrevivido.
De repente esta noticia publicada ayer me removió por dentro y fui
incapaz de ver las escenas y las fotos, sólo la esquina de una de ellas,
aquella mano apergaminada, me encogió el corazón. Sinceramente, sabía
que su desnudez iba a someterse al escrutinio de estudiantes y
profesores, y me removía algo, pero lo aceptaba, contando que se
tratarían como lo hace al parecer el otro departamento de anatomía de la
misma universidad: seguir un protocolo de higiene, de control y, me
parece, de respeto.
Un funcionario prejubilado, cabronada de recortes como realidad o
como excusa, un horno en malas condiciones, un sindicato que no atiende
toda la problemática, una facultad que miente descaradamente al
confirmar en un comunicado las contradicciones, una dirección inhumana o
ignorante… Asco, eso es lo que sentí ayer. Y naturalmente, nadie será
culpable de que se les haya robado la poca dignidad que merecen tener
esos restos que sólo representan algo etéreo y magnífico a sus seres
queridos.
Por la tarde hice una crónica para Radio Ciudad de Buenos Aires,
interesados y asombrados por la noticia, y al preguntarme por los
familiares, me presenté como uno posible. Hablamos del tema, luego me
derrumbé. Seguramente no están ahí, pero es lo que menos importa, sentí
como si estuvieran porque de no ser estos, tal vez hayan tenido similar
trato. Un trato miserable. Me preguntaron qué iba a hacer. ¿Qué voy a
hacer? Yo se los entregué a ellos, y no puedo hacer nada, salvo clamar
para que se corrija inmediatamente esta situación, para que se traten
con el máximo de corrección y decoro, para que estos temas no vuelvan a
salir a la prensa. Los estudiantes no sólo tienen que aprender ciencia,
también humanismo, valores sociales que se pierden desconsideradamente.
Prensa que, por cierto, saca una noticia dramática y horrenda, que
afecta a un puñado de familiares, con un relato desconsiderado y zafio.
Pero claro, esta prensa de hoy ha perdido toda la profesionalidad, todo
el decoro y todo el sentido humano.
Un daño colateral ha sido enterarme que ahora hay gente que toma la
decisión de la donación del cuerpo por motivos económicos, porque no va a
tener dinero para enterrar o incinerar a sus muertos. Mis padres lo
hicieron por convicción, así lo haré yo, pero esa otra perspectiva, ¿no
es terrible?, ¿no refleja el camino que está siguiendo nuestra sociedad?
¡Malditos sean!
DdA, XI/2.706
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