viernes, 24 de agosto de 2018

PORTUGAL NO TUVO NUESTRO PROBLEMA: ENTERRÓ A SU DICTADOR EN EL OLVIDO*

 Franco, Oliveira Salazar y el ministro Martín Artajo en 1949

Félix Población

Una de las medidas que mediáticamente más se hizo notar, a la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa, fue el anuncio de la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos, que será decreto ley este viernes. La noticia dio paso, nada más conocerse, a una serie de reacciones por parte de los sectores afines al viejo régimen, que tuvieron su colofón en un manifiesto publicado en el diario La Razón y suscrito a posteriori por hasta seiscientos militares retirados y algunos más en situación de reserva. 

Contra ese manifiesto se dio a conocer recientemente otro, suscrito por tan solo veinte militares retirados, que denota según uno de sus firmantes la preocupante relación que ahora mismo se da a favor y en contra de Franco en el interior de la Fuerzas Armadas, como consecuencia de la mala educación democrática recibida en los últimos cuarenta años en las academias, en opinión de este mismo firmante (el capitán Maira).

Llama la atención que el necesario pero insuficiente desalojo de su mausoleo de los restos del dictador (el Valle de los Caídos es una gran fosa común donde yacen miles de sus víctimas), haya hecho aflorar en determinados platós de televisión voces redivivas del ideario franquista, como si los encendidos debates que se suscitan entre sus defensores y sus antagonistas incidieran positivamente en los índices de audiencia. Podría ser así en razón a la peculiaridad gritona y airada del espectáculo, a pesar del bochorno que suscita este por las barbaridades que propalan los devotos del viejo régimen.

Si ocurre esto, tendríamos que sentir, además de la vergüenza que comporta mantener y conservar durante cuatro décadas el mausoleo de Franco (caudillo por la gracia de Dios), una cierta indignación ante determinados medios y un periodismo que ni en Alemania, Italia o Portugal concedería imagen y palabra a quienes exaltaran a sus respectivos y fallecidos dictadores. En ninguno de esos países, ciertamente, cabe imaginar la permanencia de un monumento en homenaje a cualquiera de ellos después de cuatro décadas de democracia.

En lo que respecta a Portugal, habla la historia de la relación de conveniencia que mantuvieron durante sus respectivos y semejantes regímenes el general Franco y Antonio de Oliveira Salazar, con un apoyo decidido de éste al golpe de Estado de 1936. El dictador portugués autorizó que pasara por su país la ayuda prestada a Franco por Hitler y Mussolini. Nicolás Franco, que fue embajador de España en Lisboa desde 1938, ocupó ese cargo durante veinte años y coordinó desde la capital portuguesa las ayudas financieras de aquellos banqueros partidarios de su hermano. 

También es de subrayar que el gobierno de Oliveira Salazar mandó cerrar la frontera para impedir una avalancha de refugiados procedentes de España y evitar que Portugal se convirtiera en un corredor hacia el territorio republicano o hacia los países dispuestos a dar asilo a los perseguidos. Insensible a todo argumento humanitario, la dictadura de Oliveira devolvió incluso a una muerte segura a quienes habían conseguido burlar el cierre fronterizo y fueron hallados en suelo portugués, como leemos en Franquismo y Salazarismo unidos por la frontera: cooperación y entendimiento en la lucha contra la disidencia, de Juan Chaves Palacio. Es de recordar que Miguel Hernández fue detenido en el sur de Portugal y entregado a las autoridades franquistas después de haber sido interrogado por la PIDE (Policía Internacional de Defensa del Estado), que le abrió un expediente carcelario por indocumentado, descubierto hace un año por el escritor onubense Augusto Thasio. El poeta murió poco después en la prisión de Alicante.

Oliveira Salazar fue el fundador del Estado Novo, un régimen que presidió desde 1932 hasta 1968, sin que en Portugal se diera la gran sangría de un conflicto armado como el que desató el golpe de Estado de general Franco en España y llenó de muerte las cunetas y fosas comunes, en las que siguen hasta hoy más de cien mil republicanos. Se trataba, como la española, de una dictadura personal de partido único, la Unión Nacional, basada en el corporativismo -a imitación del fascismo italiano-, y que contaba con el apoyo confesional de la iglesia católica y la poderosa y expeditiva mano represora de la PIDE, capaz de sofocar todo asomo de oposición o disidencia.

 Tumba del dicador portugués en su localidad natal

A pesar de tan larga y similar dictadura, sería inimaginable en el vecino país, y más a estas alturas, que los canales de televisión abriesen sus platós a los nostálgicos de aquel viejo régimen. Mucho menos, que hasta seis centenares de militares retirados apoyasen un manifiesto de exaltación a Oliveira Salazar publicado en uno de los diarios nacionales. Cerca de Lisboa no hubo nunca un monumento en el que estuviera enterrado su dictador. Los restos de Oliveira Salazar, fallecido en 1970, están enterrados desde entonces junto a los de sus padres en una sencilla tumba, ubicada en el cementerio de Vimieiro, en Santa Comba Dao, la localidad en donde había nacido en 1889.

Hoy leemos en eldiario.es que el único militar en activo (cabo) que ha firmado el citado manifiesto antifranquista viene oyendo desde hace 19 años, al romper filas, el grito ¡Arriba España!, obligatorio durante la guerra entre los militares golpistas.
*Artículo publicado en elsaltodiario.com

DdA, XIV/3934

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