viernes, 26 de febrero de 2016

ANTONIO ORTEGA Y EL EXILIO DE LA VIRGEN DE COVADONGA

 El retorno de la imagen de la Virgen de Covadonga a Asturias en 1939 fue celebrado con una larga peregrinación de semanas por las calles de las principales localidades de la región. En la foto se aprecia a un peculiar sacerdote con barba, del que dicen que no lo era, sin que se sepa por qué motivo se disfrazó de tal. Si alguien puede aportar alguna referencia, aquí estamos.

Félix Población

El diario El Comercio, de Gijón, publicó hace unos días un interesante artículo (Así "robé" la Santina) del periodista Antonio Ortega, que el 2 de julio de 1939 dio a conocer en la revista Bohemia de La Habana -durante sus años de exilio en Cuba-, en el que asegura que fue él quien personalmente llevó a un barco anclado en el puerto de El Musel la imagen de la Virgen de Covadonga, antes de que la ciudad fuera ocupada por las tropas franquistas. La imagen sería depositada en la embajada de la República Española en París hasta su posterior retorno a Asturias al término de la Guerra Civil el 27 de junio de 1939. Como el diario El Comercio inserta el artículo de Ortega sin dar más referencia que la de decir que era profesor de Ciencias Naturales y convencido republicano, creo oportuna ofrecer algunos datos más acerca del periodista. 
Antonio Ortega Jiménez (Gijón, 1903- Caracas, 1970) fue el primer director del diario socialista Avance, fundado por el Sindicato Obrero Minero de Asturias (SOMA), publicado en Oviedo, y cuyo primer número salió a la calle el 15 de noviembre de 1931. En ese primer número se puede leer la glosa de la entrevista que Ortega tuvo con Manuel Azaña en la que da cuenta de las palabras de salutación del jefe del Gobierno al nuevo periódico. Ortega era un activo militante de Izquierda Republicana, licenciado en Ciencias Químicas, que había sido catedrático de esa materia en los institutos de Tarragona y Oviedo, al tiempo que desarrollaba sus aficiones literarias. En la fecha en que fue nombrado primer director del periódico ya había obtenido algunos premios y había publicado también algunos libros de relatos. Su novela corta Yemas de coco había sido galardonada en el concurso convocado por el diario El Imparcial en 1930, rotativo que como se sabe contaba con sus reputadas páginas literarias Los lunes de El Imparcial. Otra novela suya, “Siete cartas a un hombre”, obtuvo en 1936 el premio Blanco y Negro, convocado por esta revista. Apunta Paco Ignacio Taibo, en lo que respecta a la dirección del periódico -en la que permaneció sólo unos meses- que a Ortega le gustaba la estructura reflexiva y editorialista más que la informativa, en la que la pasión no excluyera la elegancia, según el texto de su primer editorial.

El escritor Antonio Ortega nació en Gijón (Asturias) el 13 de noviembre de 1903. Su padre, Antonio Ortega Jiménez era médico y perteneció a la Real Academia de Medicina y su madre Rosa Fernández de la Granda y Álvarez de Buylla estaba emparentada con el republicano higienista Adolfo Álvarez Buylla, autor de El alcoholismo y tuberculosis (Oviedo, 1921). Estudió en el Instituto Jovellanos de su ciudad natal y alcanzó la licenciatura en Ciencias Químicas en la Universidad de Oviedo. El Doctorado lo obtuvo seguidamente en la Universidad de Madrid. Activo militante de Izquierda Republicana, fue propuesto para el cargo de Consejero de Propaganda. Lejos de rehuir esta responsabilidad, la aceptó y durante todo el período de resistencia en Asturias se mantuvo en su ciudad natal, muy castigada por los bombardeos franquistas. Asturias se rinde el 20 de octubre de 1937 y Antonio Ortega es uno más entre los numerosos combatientes republicanos que se ven obligados a escapar por el puerto del Musel, rumbo a Francia. Regresa pronto a España y se establece en Barcelona, donde es nombrado catedrático del Instituto Maragall, pero pronto, ante las adversas circunstancias que afronta el frente republicano, viste uniforme militar y a principios de 1938 ocupa el puesto de Comisario de Brigada del Ejército Republicano. Al final de la contienda ejerce como Ayudante del Comisario General del Ejército de Tierra. 
En febrero de 1939, después de asistir a las últimas horas de la Barcelona republicana, se ve obligado a huir a Francia formando parte del masivo éxodo de militares y civiles que huyen de la represión franquista. “Después el éxodo, un terrible, lento, desesperado éxodo, entre guardias de asalto, ovejas, mulas y mujeres desgreñadas. Ya no había hombres. Solamente un verbo: huir. Y en esta sola palabra estaba condensado todo”. Llegó a Toulouse y desde allí pensó en viajar a América. Hostigado por la policía francesa, se vio obligado a escapar a Bordeaux, y desde allí, en el vapor inglés “Oropesa”, perteneciente a la Compañía del Pacífico, embarcó para Cuba. Con su arribada a La Habana, el 24 de marzo de 1939, comienza su largo y definitivo exilio en tierras de América. En aquellos años, Cuba gozaba de una paz política amplia. Se habían legalizado todos los partidos y la colonia española contaba con un sólido poder, tanto económico como social. En manos de españoles, principalmente gallegos y asturianos, se encontraban los comercios minorista y mayorista, y los llamados centros regionales poseían suntuosos palacios sociales e importantes centros docentes. 
Antonio Ortega, ayudado por amigos incondicionales como Luis Amado Blanco, se incorporó pronto a los diferentes medios culturales, y al poco de llegar, el 15 de abril, tomó la palabra en conmemoración del octavo aniversario de la República, con comunistas cubanos y el novelista venezolano Miguel Otero Silva. Pronto dictó cursos y conferencias, relacionadas con la biología, en distintas instituciones, y entró en contacto con la prestigiosa revista Bohemia, donde publica diversos trabajos y consigue algunos premios. Pero las labores periodísticas no lo alejan de la creación literaria y en el mismo año 1939 publica en la revista Nueva España la narración “El evadido”. También,  estimulado por los amigos y colegas, escribió una novela que apareció en 1946 con el título de Ready. 
Como combatiente republicano exiliado, Antonio Ortega reafirmó en La Habana sus posiciones antifranquistas, a través de sus escritos y con su participación activa en agrupaciones políticas. Así, al celebrarse en la Universidad de La Habana la rimera reunión de Profesores Universitarios Españoles Emigrados, en 1943, convocada por Gustavo Pitaluga, se desempeñó como secretario de la Sección Tercera, presidida por Mariano Ruiz Funes y dedicada al estudio de los problemas económicos y jurídicos de la dictadura en España. Por entonces era miembro del Círculo Republicano Español y en 1946 fue fundador y primer presidente de la Agrupación de Izquierda Republicana en el exilio, filial cubana de la organización central, que radicaba en México, y tenía como principales dirigentes a José Giral y Diego Martínez Barrios. 
En la década de los cincuenta, Antonio Ortega  se introduce en el recién nacido cine cuban, y junto con la periodista Anita Arroyo escribe diálogos para el film Siete muertes a plazo fijo, del director Manolo Alonso, y es designado director de la prestigiosa publicación Carteles. El fin de la dictadura de Fulgencio Batista en 1959 es saludado con alborozo por Ortega, según comenta Jesús Aller en un artículo publicado en Rebelión hace unos años, y así lo hace constar desde las páginas de la citada publicación, pero con el progresivo acercamiento a la Unión Soviética del gobierno revolucionario comienzan las discrepancias. Así que cuando Miguel Ángel Quevedo, director de Bohemia, le propone instalarse en Venezuela, acepta el ofrecimiento.
En Caracas fundan los dos amigos una nueva revista, Bohemia Libre, que  fracasa comercialmente. La experiencia acaba con el suicidio de Quevedo. Sin trabajo ni ahorros, Antonio Ortega sobrevive difícilmente hasta que encuentra un modesto empleo en una empresa de publicidad. Apenas escribe en esta época, pero en 1969 su relato "Lauri" gana el premio Lena de cuentos en su Asturias natal, organizado por el Ayuntamiento de Pola de Lena y creo que todavía vigente. Poco después de ese último testimonio de reconocimiento en su tierra a una labor literaria oscurecida por el exilio, el escritor y periodista fallece en Caracas el 18 de marzo de 1970.
Tal como afirma Jesús Aller en el artículo antes mencionado, las ediciones originales de los libros de Antonio Ortega son hoy curiosidades de bibliófilo. Afortunadamente, sin embargo, y coincidiendo con el centenario de su nacimiento, un par de editoriales españolas decidieron dar a conocer una parte importante de su obra. Es el caso de Llibros del Pexe (http://www.trea.es/colecciones.php?editorial=2), que preparó en 2003 una edición de Ready, la única novela de Ortega. Este libro es difícil de encontrar en las librerías, pero se puede adquirir en la página web de esta editorial gijonesa, algo que me permito aconsejar. Asimismo el sello Renacimiento (http://www.editorialrenacimiento.com) de Sevilla ha incluido una selección de cuentos de Antonio Ortega en su benemérita y más que valiosa"Biblioteca del exilio" con el título Chino olvidado y otros cuentos (2003). La edición e introducción de estos libros se debe, respectivamente, a José Ramón González, de la Universidad de Valladolid, y Jorge Domingo Cuadriello, del Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana.Algún día espero tener la oportunidad de hablar de alguna de estas ediciones en este DdA. Ahora pasemos al artículo de Ortega, publicado el pasado 21 de febrero en el diario El Comercio, y que inserto tal cual apareció en este periódico. Cuando el ator dice C.A.M.B.S.A. supongo que se refiere a los depósitos de CAMPSA bobardeados por la aviación franquista.
ASÍ "ROBÉ" LA SANTINA
Antonio Ortega
La prensa de Franco dio días pasados la noticia de la feliz arribada a San Sebastián, rumbo a Asturias, de la Virgen de Covadonga. De ello deducirá todo espíritu honrado que la Virgen de Covadonga no había sido quemada por la «horda roja», como se había asegurado repetidas veces, sino que se se encontraba en la Embajada de España en París, sana, salva y lejos de la morisma.
A muchos lectores ingenuos, tendrá que sorprenderles esta noticia como otras muchas de las que se irán enterando poco a poco.
Para ciertas personas ha de ser sin duda doloroso el tener que rectificar a estas alturas ciertos criterios que hasta hace días permanecían firmemente agarrados, como percebes, sobre la dura roca de un convencimiento más bien sentido que razonado –y por ello doblemente firme–, pero ya va siendo hora, para toda persona que se juzgue veraz y decente, de ir revisando muchos de estos juicios a la vista de los hechos que la propia prensa franquista no tiene más remedio que publicar.
No hace mucho, el actual director del Museo del Prado –ignoro su verticalidad– tuvo que reconocer noblemente que todas las colecciones de dicha pinacoteca estaban intactas. Si la memoria no me es infiel, me parece recordar que para cierta prensa, numerosos cuadros del Museo del Prado habían sido vendidos en el extranjero por la «canalla marxista», otros regalados a Malotov y Stalin y los más sustraídos personalmente por ése o aquel prohombre republicano. ¡Qué lástima! El hecho no es cierto así lo asegura el actual director del Museo del Prado «las colecciones están intactas, aunque algunos cuadros se hallen ligeramente deteriorados debido al traslado de dichos lienzos de un lugar a otro».
De haber quedado dichos cuadros en Madrid –y esto, claro está, ya no lo dice el actual director del Museo del Prado–, no quedaría ni una sola pulgada cuadrada de dichos lienzos, ya que la aviación genuinamente española –«nacionalista»– de Italia y Alemania se habría encargado, en su santa cruzada contra el bolchevismo, la impiedad, la masonería y el judaísmo, etc., de acabar asépticamente con todos ellos.
Otro de los criterios-percebe que es preciso desarraigar por mucho que nos duela, es el de aquello que en España las tropas franquistas eran auténticamente españolas. Yo, la verdad, casi había llegado a creerlo y a dar por burdas imitaciones de la Subsecretaría de Propaganda de la República a los soldados italianos, moros y alemanes hechos prisioneros por el Ejército republicano. Y había casi llegado a creerlo cuando a un honorable alto jefe del ejército sublevado –el general Yagüe, el de Badajoz– le oí jurar por su honor asomado al brocal de un micrófono burgalés, «que si en el Ejército Nacionalista hubiera un solo soldado extranjero, él se consideraría deshonrado y se pondría al lado de los ‘rojos’ para defender la Patria invadida».
Cuando yo oí tan rotunda y patriótica afirmación de labios de tan eximio general –Yagüe, el de Badajoz– creí que fueran alucinaciones de mis sentidos los italianos y alemanes que mis ojos habían visto, y llegué a creer que los blondos germanos o lo prietos ítalos que de vez en cuando se descolgaban del cielo, conminados urgentemente a posarse en nuestro campo por una ráfaga de ametralladora, eran simplemente honrados ciudadanos de Utrera, los morenos o pacíficos habitantes de Mondoñedo, los rubios, empeñados en la ingrata y española tarea de de civilizar a catalanes y madrileños comunizados lastimosamente por el oro de Moscú.
Pero resulta ahora que mis primeras sospechas no eran infundadas, que al general Yagüe (no puedo creer otra cosa) le estaban engañando lastimosamente, que el Ejército sublevado había unidades enteras de los ejércitos de Italia y Alemania.
Aún dudo si esto podrá ser cierto, no sé si estaré de nuevo alucinado, pero es el caso que he visto –en el cine, claro– robustos teutones, a los que ningún mal había hecho la República española, desfilando en Madrid ante el Generalísimo el día de la Victoria (¡menguada victoria!) con esa rúbrica rubia bárbara. Y vi también a bárbaros ítalos jactanciosos, y a moros sucios y feos, y a pobres portugueses desharrapados... Y en cantidad tal que excluía para siempre la sospecha piadosa de que fueran agregados militares a las embajadas de sus respectivos países, como parece ser le habían hecho creer al general Yagüe...
Los periódicos alemanes cantaron las proezas de la Legión Cóndor, integrada, según Goebbels, por rollizos y sonrosados mocetones de Prusia, Baviera y Silesia, y no por campesinos de Estella y de Betanzos, como en un principio le habían dicho al general Yagüe. La prensa italiana agotó su provisión de superlativos en punta. ¡Qué se creían los alemanes! También ellos habían mandado miles de hombres a España a luchar por la civilización occidental. Y si bien era cierto que habían sido alemanes los que perpetraron las proezas del Norte, que culminaron en el arrasamiento integral de Guernika y Cangas de Onís, pongo por caso, no era menos verdad que los que destrozaron valientemente por «apasionamiento» a siete mil metros de altura, los «objetivos militares» de Barcelona, Valencia, Ortosa, Tarragona, Gerona, etc., fueron aviadores italianos, aunque al general Yagüe le hicieran creer otra cosa para evitarle disgustos innecesarios.
Asimismo, nos ilustra la prensa de ambos países sobre el número extra de involuntarios que enviaron a España: Alemania, unos diez mil agregados militares a su Embajada en Burgos, e Italia unos ochenta mil agregados a su legación en Salamanca.
Todo esto no lo dice ahora la Subsecretaría de Propaganda de la extinta República española; lo dicen los ministerios de Propaganda de Italia y Alemania.
Lo que no nos dicen –y sería harto interesante el conocer esos datos– es el número exacto de prisioneros rusos que han hecho a los republicanos españoles, aunque tal omisión es perfectamente explicable, ya que el número de prisioneros de esta nacionalidad deben ser tantos que estarán todavía clasificándolos, y es probable que tengan labor para varios años.
A pesar de todo esto yo sé que no han de ser muchas las personas que rectifiquen noblemente esos sus criterios equivocados. Se opone a ello un modo de ser muy español, una especial manera mística de reaccionar ante la evidencia, una terca y cerril postura negadora ante la vida.
Particularmente significativo a este respecto es un caso sucedido en España no hace muchos años y que da fe de este sentimiento a que me refiero: el caso del pastor Grimalados. Recordémoslo:
El pastor Grimaldos era un pobre hombre analfabeto de un pueblecito castellano, Osa de la Vega. Un buen día, el pastor desapareció. El sargento de la Guardia Civil del puesto, presintió que había sido asesinado e inmediatamente receló de dos vecinos del lugar. Los llevó a su presencia y les ‘interrogó hábilmente’. Claro está, cantaron de plano. Ellos los habían asesinado en unas eras y luego habían quemado el cadáver junto al río. Exactamente lo que sospechaba el sargento. Los asesinos fueron a la cárcel: veinte años de presidio.
Llevaban ya doce años en la prisión, cuando un buen día apareció por Osa de la Vega el pastor Grimaldos, el asesinado que se había marchado del pueblo, sin decirle a nadie nada, impulsado por un oscuro afán viajero muy corriente en los pastores, en los perros hambrientos y en los ciudadanos ingleses. Aquellos pobres vecinos de Osa de la Vega eran inocentes, por tanto, del crimen por el que llevaban doce años en la cárcel. Fueron puestos en libertad, y el Ayuntamiento madrileño les nombró jardineros del municipio.
Pero hubo entonces un periodista curioso que hizo lo que no hizo la Justicia: buscar al sargento de la Guardia Civil que había ‘interrogado’ a aquellos desgraciados. Lo encontró, pero ya no era sargento: era teniente. Lo encontró y le preguntó su parecer sobre aquel tremendo error judicial; le habló patéticamente del caso de aquellos dos infelices, le expuso las torturas en la cárcel: la muy terrible duda de uno y otro sobre su compañero respectivo, ya que cada uno se sabía inocente ante su propia conciencia... Finalmente, le dijo que no había duda posible de que no se tratara de un error, por cuanto el asesinado no había sido asesinado. Pero ¡ay!, el teniente de la Guardia Civil no podía dar su brazo a torcer; él estaba perfectamente convencido de que aquellos hombres habían asesinado al pastor Grimaldos, y si ahora aparecía el pastor Grimaldos no era culpa de él, y no iba, por tan pequeña contingencia, a modificar un criterio pacientemente elaborado y admitido durante doce años. Así es que encarándose con el periodista, dejó caer de su boca estas inefables palabras:
–No me cabe la menor duda de que ellos no han asesinado a Grimaldos. Pero tengo la íntima convicción de que si no asesinaron a ése habrán asesinado a otro.
Y dio por terminada la entrevista.
Pues bien, en la guerra de España está sucediendo algo parecido: la mentalidad del teniente de la Guardia Civil abunda más de lo que pudiéramos sospechar. Aunque la Virgen de Covadonga o haya sido quemada por la «horda roja», fue quemada por la «canalla marxista». Y se acabó; no vale la pena discutir.
Ahora bien, como yo me creo culpable, en parte, del forzado exilio de la Virgen de Covadonga al extranjero, y aunque estoy perfectamente convencido de que mi relato no edificará a nadie, ni nadie modificará su criterio por lo que diga, voy a contaros desapasionadamente cómo ‘robé’ la Virgen de Covadonga, aun exponiéndome a que exista algún teniente de la Guardia Civil que me diga con voz cavernosa:
–Bueno, bueno... Usted no habrá robado la Virgen de Covadonga, pero cuando menos, algún cuadro del Greco..., ¡eso sí que lo robó!
La Virgen de Covadonga fue mandada a retirar de sus altares cuando la Basílica –que no fue quemada– y los hoteles próximos –que no habían sido saqueados– fueron transformados en hospitales de sangre e infecciosos. Una dama asturiana y ‘roja’ –cuyo nombre no doy, por razones fáciles de sospechar– mandó guardar las imágenes de la Virgen y el Niño juntamente con sus vestidos. (El de la Virgen era blanco, de raso bordado en oro, y llevaba por dentro un letrerito dorado con los nombres de los donantes del vestido, un matrimonio de apellido irlandés cuyos nombres no me acuerdo). La imagen quedó guardada en casa de una buena mujer, socialista por más señas.
No es cierto que la Virgen tuviera sus joyas mal, pudieron por tanto ser robadas: solamente llevaba consigo, en la muñeca de su mano derecha, una pulserita de oro con su nombre, María, que apenas si valdría cinco duros. El resto de sus adornos –la corona, etc.–, que era lo que verdaderamente tenía valor en dinero, es decir, precio, estaba en Oviedo, en los sótanos del Monte de Piedad, en la Plaza de la Catedral, donde estaba también, por cierto, el original –la copia de Per Abbat– de ‘Poema del Mío Cid’, de la colección de Pidal. Dichas joyas estaban en Oviedo desde el año 1934 (?), cuando fueron rescatadas de la colección particular de un súbdito alemán –no por ello culpo a Hitler– que se había apropiado violenta e indebidamente de ellas. En Covadonga estaba el tríptico de plata, que fue mandado fundir en Santander dado su escaso valor artístico. Y digo esto del escaso valor artístico exponiéndome a las iras de mis familiares, ya que dicho tríptico, como así mismo la corona, habían sido hecho por un hermano de mi madre, el sacerdote y orfebre Granda y Buylla.
La Virgen estuvo en casa de esa buena mujer socialista hasta que el Departamento de Propaganda del Consejo de Asturias y León, del que fui consejero, creyó oportuno traerla a Gijón para exhibirla en el Ateneo Obrero, juntamente con otra serie de objetos religiosos –Cristos, aras, cuadros, etc.– de indudable valor artístico. Y hacia mediados de febrero de 1937 –a veinticuatro kilómetros de la lucha– la Virgen de Covadonga estuvo expuesta hasta primeros de marzo en los salones del Ateneo Obrero de Gijón, en ese mismo Ateneo que, meses más tarde, fue incendiado con toda su valiosa biblioteca por las tropas ‘libertadoras’ del Ejército ‘nacionalista’. Toda Asturias vio la Santina en el Ateneo. Nadie la molestó en lo más mínimo; ni se le hubiera tolerado a alguien que se hubiera atrevido a ello.
Fui yo, personalmente, a recogerla cerca de Covadonga. Nunca la había visto ‘en persona’; sólo en fotografías. Es pequeñita –«pequeñina y galana», que dice el cantar–; poco más de un metro debe de medir, si es que mide el metro. En una de sus manos tiene espetado un Niño Jesús desmontable. En la otra, una rosa metálica, dorada. No es de oro esta flor, como hacían creer a las ingenuas beatas, sino de latón. Su vestido verdadero –no el que le regalaron sus devotos, de rico raso y oro– está tallado en la madera de su cuerpo: un vestido aldeano de amplias haldas de toscos floripondios, por bajo del cual asoman unas botas enormes. La primitiva imagen, según me dijeron, ardió a fines del siglo XVIII, en un incendio casual, y fue restaurada, sobre todo, su rostro, en dicha fecha. La cara es una cara gordezuela, sonrosada y simpática de campesina astur. Artísticamente, no vale nada.
La envolví en una sábana y la llevé para Gijón. No hizo ningún milagro en señal de protesta, antes al contrario, por lo que luego se verá, parecía singularmente encantada de que que fuera un gijonés el que la llevara, con toda clase de consideraciones, al Muelle de Gijón, a ver a su amigo Don Pelayo, al que ella ayudara a guerrear contra los moros, los antepasados de otros moros que ahora –1937– alaridaban a las puertas de los puertos de Asturias. Mil doscientos veintiún años mediaban entre fecha y fecha. Mil doscientos veintiún años entre Alcamah y Aranda.
Durante el trayecto de Covadonga a Gijón, Juan, mi chófer, que también estaba tallado en roble y que era espontáneo, fresco y alocado como un acabado producto de Dios y dado a la improvisación política, canturreaba este ‘cantarín’ que le había brincado de pronto –le había nacido– allá en las ‘cotoyas’ de su cerebro:
La Virgen de Covadonga
non quiere ver a los moros,
por eso marcha a Gijón
a pelear con los ‘rojos’.
Para los que les agrade especular en torno a la casualidad –alrededor del ubicuo azar vital– y sacar conclusiones metafísicas de los bandazos de la suerte, no está de más el poner en su conocimiento que estando la Virgen de Covadonga en el Departamento de Propaganda de Gijón –Álvarez Garaya, 8, un inefable salón árabe propiedad de un súbdito alemán llamado Bachmaier– cayeron dos bombas teutonas sobre el edificio, dos soberbias bombas especialmente dedicadas al «objetivo militar» que eran Gijón y sus alrededores, sin que ninguna de ellas hicieran explosión.
Atravesaron el edificio de arriba abajo y quedaron empotradas en los cimientos de la casa. Allí deben de estar.
Para un amigo mío, fervoroso creyente, éste fue un auténtico milagro de la Virgen de Covadonga –dos auténticos milagros–. Por eso me atreví a anticipar antes que la Virgen había ido a Gijón ligera de ánimo y satisfecha de corazón, ya que de no ser así hubiera aprovechado aquella ocasión que le brindaba el Wotan nórdico para transformar en harina lacteada a unos cuantos ‘rojos peligrosos’ que allí nos encontrábamos.
Para Juan, mi chófer, que como buen astur era un perfecto volteriano, la explicación de todo aquello había que buscarla en el fondo fangoso sobre el cual se apoyaban los cimientos de la casa. Que cada cual crea lo que le parezca.
Desde los primeros días de marzo hasta fines de agosto de 1937, la Virgen de Covadonga continuó siendo huésped de honor del Departamento de Propaganda. A principios de septiembre, y después del incidente relatado, la saqué de allí para mejor resguardarla de los bombardeos. Como a los ‘nacionalistas’ de Asurias «sólo les interesaba el solar», creer en las manifestaciones inalámbricas del eximio general Queipo de Llano, opté por esconder a la Virgen en un sótano que me merecía más garantías a fin de pretender evitar que se transformara en escombros. Lo conseguí.
Aquel que no haya sido nunca un ‘objetivo militar’, le podrán parecer excesivas y superfluas ciertas precauciones; pero para los que hayan sido ‘objetivos militares’ una sola vez en su vida –y yo lo he sido muchas veces–, les parecerán pocas todas las medidas precautorias que se tomen en estos casos. Porque ¿qué es un objetivo militar? Realmente, es difícil acertar con una definición exacta. Por lo que pude observar en la guerra de España, objetivo militar lo mismo puede ser una central hidroeléctrica que una niñita de seis años, una batería del quince y medio que una vaca.
Si un oscuro ciudadano anónimo, probando unas pistolas, pega un tiro a un semejante, es casi seguro que el juez le procese como un homicida por imprudencia. Ahora bien, si este oscuro ciudadano realiza esta proeza no inconscientemente, sino queriendo y no con una pistola sino desde un avión a siete mil metros de altura y con cien kilogramos de trilita, y no mata a un solo individuo, sino que despachurra a doscientos cincuenta y tres, entonces es digno de ser recibido entusiásticamente en Milán y Hamburgo, como esforzado paladín de la civilización occidental. La vida es así de absurda.
Pues bien, sabiendo por amarga experiencia que cuando los aviones alemanes tiraban sobre la C. A. M. B. S. A. gijonesa caían las bombas indefectiblemente en la calle Corrida, fue cuando decidí trasladar a la Virgen de Covadonga a un lugar más seguro.
Ya estaban en plan de solar –faltaban las ortiguitas tan sólo, porque no habían tenido tiempo de crecer– los objetivos militares del Teatro Dindurra, el palacio del conde de Revillagigedo y unas cuarenta casas del Llano. Por fortuna, no dieron con el refugio donde tenía la Virgen de Covadonga; de ser así, hubieran sido los ‘rojos’ los que la hubieran quemado después de haberle saltado sus ojos de porcelana, pongo como patética suposición.
Y llegó el principio del fin. Llevaba Asturias peleando sin descanso durante catorce meses en una terrible lucha desigual. Como cuando Pelayo, los hombres defendían su tierra con los dientes, con las uñas... Defendían su derecho a ser libres, su dignidad de hombres. Igual que en el 716, lo mismo que cuando Enrique el de Trastámara, como en 1808... El asturiano es vanidoso, díscolo y muy amante de su libertad. En aquel septiembre se disponía aún de 24.000 hombres para un frente de 450 kilómetros. Cinco ametralladoras Oerlikon por todo material antiaéreo. Hasta fines de mes hubo una escuadrilla de monoplanos y algunos biplanos de caza. Luego, ni eso. Las municiones escaseaban; faltaban por completo para el cañón 75 Ansaldo, para el cañón 77, para el fusil de 11 mm, para los de 8 mm. Apenas si había espoletas. Se volaban los puentes con bombas de aviación y de fortificaba con bombas de mano. Los hombres de cuarenta y tres años estaban en el frente para vengar a sus hijos muertos. Diariamente se tienen más de quinientas bajas. Los cañones estaban descalibrados; los fusiles hacían explosión al disparar los cartuchos recargados. Es entonces cuando ochocientos hombres se plantan en los riscos de Mazuco y detienen durante ocho días a más de nueve mil enemigos. Cuarenta trimotores se renuevan constantemente en el cielo azul, desesperadamente azul. Se les bombardea desde el mar. Los facciosos pasan pasan el Sella por Cangas, que adquiere entonces la categoría de ‘solar’ para satisfacción espiritual del descendiente del conde de Toreno. Otras cuatro columnas avanzaban por el sur de Asturias.
¡Qué iba a hacer la Virgen de Covadonga en Gijón! Pelayo estaba allí, en el Muelle, frente al destrozado palacio de Revillagigedo: pero fundido en bronce, helado e irresoluto. Avanzaba la morisma sucia –los que hoy llaman ‘caballeros moros’– ansiosa de botín. ¡De qué servían las piedras de los riscos de Covadonga contra un trimotor!
Se habían recibido órdenes del Gobierno de salvar todo el tesoro artístico. Se acababa septiembre. Olía el aire a crisantemos: a otoño. «El calendario minero, de octubre en octubre salta...». Yo mismo la llevé al Musel. Salió en un barco cualquiera, entre pobres mujerucas temblorosas, mocetones mutilados y niños pequeñitos y que ya no lloraban. Marchó para Francia...
Esta es toda la verdad del forzado exilio de la Virgen de Covadonga.
Para las personas que tienen mente de sargento de la Guardia Civil, la Virgen de Covadonga habrá sido quemada por los ‘rojos’, pero para un puñadito de hombres sensatos, de personas capaces de de modificar honradamente sus opiniones cuando se les demuestra que están equivocados, yo sé que ha de ser conveniente saber esta verdad, cuando menos para contrastar con lo que sobre el particular se había dicho.
Pues bien, para esas personas escribo estas líneas.

DdA, XII/3224

2 comentarios:

Cefalópodo dijo...

Gracies por recordar y enseñar el camino a mucha gente de hoy en día...

Lazarillo dijo...

La memoria nos mueve. Sin ella no hay razón, corazón ni vida.

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