miércoles, 13 de mayo de 2015

ESTANDO TODAS LAS INSTITUCIONES PODRIDAS, ¿VAN A SER LIMPIAS LAS ENCUESTAS?


Jaime Richart

Desde el momento que las encuestas dan un juego inusitado a políticos y, sobre todo, a los medios de comunicación, ya se convierten en un instrumento sospechoso por el juego mismo. Que dan juego es palmario, pues a los partidos les hace recapaci­tar y modificar sus estrategias, y a los medios de comuni­cación, miles de horas de cháchara y miles de  kilóme­tros de tinta, todo ello asociado a la publicidad: otro factor, quizá el principal, para hacernos ver que en las encuestas, su modo de confeccionarlas y el origen de las mismas hay gato encerrado.

Que hay gato encerrado no debe extrañarnos. Lo hay en todo en la democracia y mucho más en una democracia que tiene mucho más de simulacro que de realidad por la débil separa­ción de poderes, por la desigual fortuna del resultado en el escruti­nio que depara una ley electoral hecha a la medida de sectores sociales y económicos concretos y por otras razones largas de enumerar. Que hay gato ence­rrado, porque por una ley social no escrita es imposible que estando todo contami­nado en este país, que siendo la corrup­ción el factor de desestabili­zación permanente de todo, pero también motor po­tente de la pervivencia y potencia de los medios de comunica­ción, del trabajo de los periodistas y fuente de ingentes ingre­sos para todos y para la publicidad, las encues­tas, los sociólo­gos y las técnicas no estén de algún modo corrompidos tam­bién. Sería un milagro.

De entrada hay que tener en cuenta dos cosas: las encuestas se hacen telefónicamente, y concretamente a través del teléfono fijo, y en segundo lugar la disposición a facilitar el trabajo con respuestas a los encuestadores es de presumir que sea muy dife­rente según el estado de ánimo de los que viven opresiva­mente y de los que viven opíparamente. En el primer caso, el telé­fono fijo lo tienen cada vez menos personas porque el móvil ha desplazado su importancia, y en todo caso lo tienen personas con la vida estable o estabilizada y por consiguiente bien humo­rada. En el segundo caso, en el supuesto de que una per­sona tenga teléfono fijo, si no le va bien o le va muy mal, lo más probable es que aborte el diálogo preciso para confeccio­nar la encuesta. Y si se hacen visitando casa por casa ¿cuántas viviendas y chabolas visitan los encuestadores?

El resultado es, ha de ser, necesariamente sesgado. Y como por otra parte y como digo al principio aquí, en España, por defini­ción no hay nada que se libre de sospecha esto de las en­cuestas que parece anodino, es poco probable que no esté condi­cionado; que no esté condicionado y dirigido técnica e ideológicamente, para ofrecer unos resultados trufados. A fin de cuentas las profusas encuestas y el manejo de las mismas dan de comer a muchos y durante largos periodos de tiempo.

Sería un pepita de oro en medio de un muladar que estando to­das las instituciones podridas: desde la justicia, pasando por la igle­sia y terminando en los partidos, las encuestas que se coci­nan, con los frutos y réditos que proporcionan y los efectos que sin duda producen en los votantes y en su intención estuvieran limpias de polvo y paja. Y si hay alguien que no esté conforme y contradiga esta exposición, que lo aclare y diga exactamente aquí cómo las confecciona ese Centro sociológico tan límpido y tan honesto para el que trabaja y me desmienta de manera convincente.

DdA, XII/3002

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